jueves, 13 de abril de 2017

El mito de Skorzeny (I)




Cuando yo era niño (en el siglo pasado, hace muchísimo tiempo) ya me interesaba por la historia contemporánea en general y por la Segunda Guerra Mundial en particular. Recuerdo bien que por entonces la figura de Otto Skorzeny se hallaba completamente envuelta por un aura de leyenda. Era el prototipo de hombre de acción, una especie de Rambo al servicio de Hitler que había llevado a cabo espectaculares y arriesgadísimas acciones de comandos dignas de superproducciones de Hollywood y tal y cual. Hoy sabemos, sin embargo, que su biografía está plagada de mitos difundidos en su día por él mismo y también por otros. Unos mitos que por lo visto todavía hoy muchos se siguen creyendo.



Hace un año Skorzeny volvía a estar de actualidad debido a una investigación que sacó a la luz que el tipo no solo trabajó para el Mosad, allá por los años sesenta -una noticia que, por otro lado, no es nueva-, sino que además tuvo un papel estelar en la Operación Damocles, una serie de acciones terroristas israelíes destinadas a intimidar a los científicos exnazis integrados en el programa de cohetes egipcio para que lo abandonaran. Por lo visto, el austriaco incluso llegó a asesinar a uno de ellos, Heinz Krug. El problema es que, a la vez que se relatan estos interesantes hechos, se siguen repitiendo las mismas falacias de siempre relativas a las actuaciones de Skorzeny en la guerra.

Es indudable que Skorzeny continúa siendo un personaje que despierta fascinación y polémica, motivo por el que se sigue investigando su ajetreada biografía sobre la que cada no mucho tiempo aparecen nuevos datos y publicaciones. Pero aquí estamos para desmitificarlo, así que vamos a ello.


SCARFACE


Otto Skorzeny nació en Viena, en 1908. Su temprana afición al duelo de espadas (Mensur) le dejó para siempre la cara marcada de cicatrices, aunque de esto él siempre estuvo la mar de orgulloso. Se unió a los nazis austriacos en 1931. En 1938 parece ser que tuvo cierto protagonismo durante el Anschluss, al impedir que el presidente de Austria, Wilhelm Miklas, fuese asesinado por sus camaradas nazis. O al menos eso cuenta Skorzeny en su autobiografía, titulada "Vive peligrosamente", unas memorias, por otro lado, plagadas de hechos rocambolescos, como cuando relata que mató a un tigre en Burdeos. Ingeniero de profesión y con una estatura de casi dos metros, en 1939 trató de ingresar en la Luftwaffe, pero no pudo al ser considerado demasiado viejo. Entonces acabó en las Waffen-SS con las que combatió hasta diciembre de 1941, cuando fue evacuado tras caer enfermo en el Frente Oriental, donde había sido condecorado con la Cruz de Hierro. En abril de 1943 fue ascendido a capitán de las SS (SS-Haupsturmführer) e ingresó en el SD, el Servicio de Seguridad de las SS, donde fue puesto al mando de una unidad de comandos denominada primero "Oranienburg" y más tarde "Friedentahl". Después de una misión fracasada en Irán en la que perdió algunos hombres (él se salvó porque no fue), a Skorzeny le llegó el momento de hacerse famoso con el rescate de Mussolini.



El 25 de julio de 1943 el Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini y este, al día siguiente, fue detenido por orden del rey Víctor Manuel III. El motivo fue la marcha de la guerra, que estaba siendo desastrosa para Italia: ese mismo mes los Aliados habían desembarcado en Sicilia. El Duce fue sustituido por el mariscal Pietro Badoglio, que inició unas conversaciones secretas con los Aliados para buscar un armisticio, el cual llegaría a comienzos de septiembre.

En cuanto se dio a conocer la caída de Mussolini, Hitler consideró la ocupación de Italia (temiendo que el país cambiase de bando, como efectivamente terminó ocurriendo) y la liberación del Duce. Decidió dar prioridad a lo segundo, pues de momento el gobierno de Badoglio prometía seguir combatiendo al lado de Alemania. La Operación Roble -Unternehmen Eiche, así se denominó la liberación de Mussolini- fue encargada al general de paracaidistas (Fallschirmjäger) Kurt Student, que dirigía el XI. Fliegerkorps (XI Cuerpo Aéreo). El papel de Skorzeny era secundario. Así lo relató el propio Student:

Fui sorprendido por una llamada del cuartel general del Führer (Wolfsschanze) estando en Nimes el 26 de julio de 1943 por la tarde. Debía presentarme inmediatamente ante él. Rápidamente volé hacia Rastenburg (en Prusia Oriental) y allí recibí por parte de Hitler la orden de marchar a Roma con todas las tropas paracaidistas disponibles. En caso de capitulación italiana debía ocuparme de conservar Roma. Se me encargó como misión especial la liberación de Mussolini. En el viaje de regreso me acompañó alguien desconcido por mí hasta entonces: el SS-Haupsturmführer Otto Skorzeny. Me fue adjudicado junto a un comando SS para ayudarme en la búsqueda de Mussolini y para la realización de algunas labores policiales. Hitler nos había ordenado que mantuviéramos el encargo en el más estricto secreto. Comenzamos pues con una intensa búsqueda del escondrijo de Mussolini. Finalmente una pista "caliente" nos condujo hasta el Gran Sasso. Eso ocurrió el 8 de septiembre, el día de la caída de Italia. En este serio acontecimiento debí dejar para más tarde la acción de Mussolini, y disponer de todas las fuerzas para mi principal tarea, es decir, la conservación de Roma en nuestro poder.


Student


Efectivamente, lo primero que tuvieron que hacer los alemanes fue buscar al Duce, al que los italianos habían trasladado de un sitio a otro desde su detención: primero lo llevaron a la isla de Ponza, luego a la de La Maddalena, y finalmente, el 28 de agosto, al hotel Campo Imperatore, un edificio de estilo racionalista italiano que fue inaugurado en 1934 en el macizo del Gran Sasso, en los Apeninos, para promocionar el turismo (durante su cautiverio, Mussolini recibió por su 60º cumpleaños las obras completas de Nietzsche dedicadas por Hitler, y de parte de su mujer, Donna Rachele, algo de dinero, ropa limpia y un ejemplar de Vida de Jesucristo, de Giuseppe Ricciotti). La pista "caliente" de la que hablaba Student venía de Herbert Kappler, jefe del SD en Roma, que había interceptado y descifrado un mensaje dirigido al jefe de la policía italiana en el que se hablaba del Gran Sasso ("la prisión más alta del mundo", en palabras del propio Mussolini, pues el hotel se encontraba a dos mil doscientos metros de altura).




El hotel Campo Imperatore en 1943 y en la actualidad


Mientras tanto, a comienzos de septiembre los Aliados empezaron a desembarcar en el sur de la península itálica y el día 8 se hizo pública la capitulación de Italia. La descoordinación entre los Aliados y las autoridades italianas hizo que los alemanes pudieran ocupar fácilmente casi todo el país, lo que daría lugar a una sangrienta y absurda campaña que se prolongaría durante más de un año y medio. El Gobierno italiano y el rey huyeron a la zona controlada por los Aliados.

El 11 de septiembre Student encargó la misión de rescate al Major (comandante) Harald Mors, de 32 años de edad, veterano de Creta y del frente oriental, y jefe del I./FJR7 (primer batallón del 7º regimiento de paracaidistas): tenía que liberar a Mussolini al día siguiente. Pero Mors, no Skorzeny. El austriaco estaba metido en el ajo, pero en actividades de espionaje.



Mors, un tanto agobiado por tener que planificar algo así de un día para otro, concibió la operación en dos fases: una aerotransportada, con planeadores que aterrizarían en la meseta del hotel Campo Imperatore, cuyos tripulantes liberarían al Duce; y otra terrestre, que sería el grueso de batallón transportado en vehículos y que bloquearía el acceso al hotel. Participarían en total trescientos ochenta hombres que se retirarían a Roma al finalizar la acción. La mejor baza de los alemanes era la sorpresa (o eso pensaban ellos).

El traslado de Mussolini después de la liberación se realizaría en un Fieseler Fi-156 "Storch" (Cigüeña), un avioncito muy ágil y maniobrable capaz de aterrizar en un pequeño terreno, como el que había delante del hotel. A los mandos del "Storch" iría el Hauptmann (capitán) Heinrich Gerlach, piloto personal de Student.

Obviamente a partir de este momento la presencia de Skorzeny no era necesaria, pero se le agregó a la misión, con dieciséis de sus hombres de las SS, como reconocimiento a su labor de inteligencia en la búsqueda y localización del paradero del Duce. Skorzeny teóricamente estaba a las órdenes de Mors, que dirigía toda la operación, como ya he dicho. Sin embargo, el austriaco cuenta en sus memorias que Hitler le encargó a él planificar y dirigirlo todo. Que él estuvo al frente del rescate del Duce en todo momento, incluso por encima de personas de mayor graduación que él.

Aparte, en aquel momento Student y Mors pensaron que Skorzeny podría acompañar a Mussolini una vez este fuera liberado. Los motivos que tenían era que Skorzeny era vienés y podría ser útil en la escala que haría en la capital austriaca el avión que trasladaría al Duce y, ante todo, que conocía a Hitler en persona. Pero aún no quedó nada decidido al respecto.


007 AL SERVICIO DEL FÜHRER


Desde hace tiempo se ha acusado a Skorzeny de apropiarse de los méritos del rescate de Mussolini, y de hecho yo mismo pretendo demostrar en esta entrada que así lo hizo, pero lo cierto es que, por un motivo u otro, todos contaron con él desde el principio: tanto en las labores de inteligencia y búsqueda del Duce, como al permitirle volar e uno de los planeadores y asignarle la tarea de acompañar a Mussolini hasta el cuartel general de Hitler. De esa manera, todos contribuyeron a que el austriaco terminase siendo la persona más beneficiada con aquella operación, aunque en aquel momento nadie consideró importante tal cosa. Al fin y al cabo, Skorzeny había recibido el encargo personal de Hitler el mismo día que Student.

Por iniciativa de Skorzeny, en los planeadores iría un general italiano, Fernando Soleti, para evitar que los guardianes italianos abrieran fuego ante la llegada de los alemanes. Detenido por los nazis tras la caída de Mussolini, el pobre Soleti fue obligado por los SS a formar parte de la expedición, aunque trató en vano de suicidarse antes de subir al planeador.

El 12 de septiembre, la primera compañía del 7º regimiento de paracaidistas, al mando del Oberleutnant (teniente) Georg Freiherr von Berlepsch, despegó del aeródromo de Pratica di Mare, cerca de Roma. Los alemanes iban en diez planeadores DFS 230 remolcados por aviones Henschel Hs 126. Cada planeador transportaba a nueve soldados y el piloto, es decir, en total viajaban cien hombres. Skorzeny, sus hombres y el general Soleti ocupaban dos planeadores, así que parte de la compañía se tuvo que quedar en tierra para hacerles sitio. En el grupo iban también dos corresponsales de guerra.

Los planeadores volaban hacia Campo Imperatore pasando por Tívoli cuando de pronto, como si fuese una carrera, el que transportaba a Skorzeny se puso en cabeza. Parece ser que el tipo había hablado con el piloto del avión que remolcaba su planeador para que lo colocara al frente de la formación y que así aterrizara el primero. Aunque las argucias del austriaco no se quedaron ahí. El general Student había prohibido aterrizar en picado, indicando que si no era posible una toma de tierra en condiciones cerca del hotel, los planeadores deberían hacerlo en el valle de Assergi. Pero Skorzeny decidió desobedecer la orden: a pesar de que él era solo un invitado en la operación, y de que el terreno visto de cerca no parecía muy recomendable, conminó al piloto a que aterrizara en picado poniendo así en peligro la misión entera. El resto de planeadores lo siguieron y, de hecho, uno se accidentaría al tomar tierra y varios de sus tripulantes resultarían heridos. Skorzeny estaba dispuesto a lo que fuera con tal de llegar hasta Mussolini antes que nadie.

Los aviones remolcadores soltaron amarras con los planeadores a cuatro kilómetros del objetivo y estos tomaron tierra a unos cien o ciento cincuenta metros del hotel. Todos aterrizaron sin problemas salvo el planeador mencionado que sufrió un accidente. Mientras tanto, el resto del batallón, con Mors al frente, había partido de Frascati y llegó al cabo de unas horas a Assergi. Allí los alemanes tomaron la estación de teleférico y cortaron la línea telefónica para aislar el hotel después de un intercambio de disparos en el que murieron dos italianos: el guarda forestal Pasqualino Vitocco y el carabiniere Giovanni Natali, los únicos muertos de la Operación Roble. Poco después aparecieron los planeadores: la sincronización fue perfecta, como no podía ser de otra manera tratándose de alemanes, claro.




El guarda forestal Pasqualino Vitocco


Cuando los germanos salieron de los planeadores no hubo necesidad de lucha. Solo se oyó un detonación: la del cocinero de los paracaidistas al que se le disparó el arma por accidente. Los italianos (unos ochenta hombres, entre policías y carabinieri) entregaron las armas sin oponer la menor resistencia: probablemente estaban esperando a los recién llegados. Mussolini se asomó por una ventana y por lo visto hizo notar a gritos la presencia del general Soleti para que sus compatriotas no dispararan. Al cabo de unos minutos el Duce estaba en la entrada del hotel, rodeado de alemanes e italianos, con Skorzeny situado detrás de él. Mors subió al hotel en el teleférico y se presentó a Mussolini, al que encontró un tanto demacrado ("era un hombre en el que se podían leer las señales de la desilusión y del sufrimiento"). Este no paraba de repetir: "estaba seguro de que mi amigo Hitler no me abandonaría". Todo el mundo estaba contento: Mussolini porque lo habían rescatado, los alemanes porque habían triunfado y los italianos porque se habían quitado un peso de encima. Pero el más contento de todos era Skorzeny.




Mors y Von Berlepsch



A la derecha de Mussolini, y muy pegado a él, un sonriente Skorzeny. A la derecha de este, Harald Mors, también feliz y sin sospechar que el tipo que tiene a su lado le iba a arrebatar los méritos de la operación de rescate. A la izquierda del Duce, un cariacontecido Soleti.


El capitán Gerlach aterrizó con el "Storch" en la explanada, rodeada de montañas y precipicios. Skorzeny le pidió que le llevara con él junto a Mussolini, pero Gerlach lo rechazó alegando que el "Storch" solo tenía dos asientos y que además supondría un peso excesivo, lo que convertiría el despegue en algo de lo más arriesgado. Como Skorzeny insistía, Gerlach pensó que se le podría evacuar en otro "Storch" que se había preparado de reserva, pero se enteró por radio de que ese segundo avión estaba averiado. Finalmente Gerlach no tuvo más remedio que ceder a los deseos de Skorzeny, seguramente porque este le amenazó... en nombre del mismísimo Hitler. Skorzeny exhibía el encargo de Hitler como si se tratara de un salvoconducto y nadie se atrevía a contradecirle. En todo caso ya sabemos que ni Mors ni Student veían problema alguno en que Skorzeny acompañara a Mussolini.


Gerlach y Skorzeny discutiendo


Como el tiempo apremiaba, Gerlach decidió partir. Cuando Mussolini se acercó al avión y se percató del panorama, manifestó alguna reserva ("¿no podríamos ir por tierra?", recordemos que además de dictador era piloto). Una vez subidos los tres tripulantes al aparato, varios soldados sujetaron el avión por las alas. Con el viento de cola y sin apenas terreno para despegar, Gerlach dio la máxima potencia para lograr un efecto catapulta. El despegue fue espeluznante porque el avión se precipitó al vacío, pero con la caída aumentó la velocidad y el piloto pudo ascender. Fue la habilidad de Gerlach lo que salvó la situación. Al cabo de una hora el "Storch" aterrizó el Pratica di Mare. Allí Mussolini y Skorzeny subirían a un Heinkel He 111 que los trasladaría a Viena. Fue entonces cuando Hitler quiso felicitar personalmente por teléfono a Skorzeny y comunicarle que lo condecoraba con la Cruz de Caballero y lo ascendía a comandante de la SS (SS-Sturmbannführer). Después, en un Junkers Ju 52, irían a Múnich y de ahí a la Guarida del Lobo donde los recibiría Hitler. El resto de los alemanes evacuaron Campo Imperatore por tierra y los italianos fueron puestos en libertad.













En sus memorias, Skorzeny da una versión muy particular de los hechos. Para empezar, cuenta que los días anteriores estuvo supervisando toda la operación aerotransportada, cosa que no puede ser verdad porque, como ya he dicho, él era solo un artista invitado. Cuenta también que justo antes del despegue, el aeródromo de Pratica di Mare sufrió un bombardeo aliado y que posteriormente dos planeadores no pudieron partir porque capotaron "hundiéndose en un gran boquete abierto por las bombas". Otra trola, porque no hubo tal bombardeo. Es cierto que una formación aliada sobrevoló la base, pero su objetivo era otro. Si dos planeadores no pudieron despegar fue por otra causa. Siguiendo con su relato, Skorzeny y sus hombres fueron los primeros en llegar al hotel. Entraron en el edificio gritando "mani in alto!" y vieron a un telegrafista enfrascado en su tarea. Lo tiraron al suelo de una patada y destrozaron la radio a culatazos. La habitación no tenía acceso al interior del hotel de modo que salieron de nuevo. En ese momento, Skorzeny vio la inconfundible cabeza de Mussolini asomada a una ventana y le gritó al Duce que se apartara para que no le dispararan. Mientras se dirigían hacia la entrada principal, los tipos de las SS la emprendían a golpes con todos los italianos que se iban encontrando. Skorzeny subió raudo por unas escaleras hasta la habitación de Mussolini en la cual, además del Duce, encontró a dos oficiales italianos a los que "aplastó" contra la puerta. Se asomó a la ventana, vio aterrizar a otros planeadores e incluso contempló aterrorizado cómo uno de ellos se despeñaba por un acantilado "destrozándose en el abismo". En ese momento oyó disparos que atribuyó a que un puesto de italiano "se había obstinado en ofrecer resistencia". Conminó a los italianos a rendirse y entonces apareció un coronel de carabinieri con una botella de vino y se la ofreció diciendo: "¡Al vencedor!".



Este relato no estaría mal como parte de un guión cinematográfico, pero la realidad es algo diferente. La verdad es que ningún planeador se precipitó a un abismo, solo hubo uno que se accidentó al aterrizar pero, aunque hubo heridos, todos sus tripulantes sobrevivieron. Tampoco hubo disparos, salvo el tiro accidental que se le escapó al cocinero alemán. Y para finalizar, no había ningún coronel italiano: los oficiales de más alta graduación encargados de la custodia de Mussolini eran el inspector general de la policía Giuseppe Gueli y el teniente de carabinieri Alberto Faiola.

Para su antiguo compañero de armas Harald Mors, el comportamiento de Skorzeny fue "sin escrúpulos, egoísta y desleal" y "un desprecio hacia los paracaidistas". No niega sus méritos en las averiguaciones acerca del paradero de Mussolini, pero añade que "una acción tan delicada y compleja como la liberación de Mussolini, que exigía la máxima coordinación entre las fuerzas aerotransportadas y las terrestres en una zona difícil, no la habría confiado jamás Student a un hombre de las SS inexperto y casi desconocido". Otro de los paracaidistas, Nicolas Hoelscher, que conoció bien a Skorzeny tras la guerra, apoya las tesis de Mors. Eugen Dollmann, diplomático de la SS en Roma, asistente del mariscal de campo Albert Kesselring, y que llegaría a ser intérprete entre Hitler y Mussolini, explicó:

Según mi opinión, y también según la del mariscal de campo Kesselring, los verdaderos protagonistas fueron el general Student, el comandante Mors y el capitán Gerlach. La parte de Skorzeny fue la de participar como consejero, o mejor, como observador de la policía, en la búsqueda de Mussolini. Esta era su misión. El responsable exclusivo de la operación militar fue el general Student. Que se atribuyera a Skorzeny el éxito de la liberación fue algo que sorprendió hasta al mismo Kesselring. 

El propio Student también dio su versión:

La paternidad de la operación militar pertenece a quien elaboró el plan y a quien guió a las tropas para llevarlo a cabo. Y Skorzeny no tuvo que ver nada con el plan. La acción militar fue liderada por el comandante Mors. Él fue el encargado de liberar a Mussolini. Skorzeny era una persona dotada de gran vitalidad, inteligencia y valor; también con una imaginación poderosa; pero él no liberó a Mussolini. Mors, por el contrario, era el responsable de todos los paracaidistas empleados en la operación. Si la operación hubiera fracasado, Skorzeny se habría guardado bien de atribuirse la responsabilidad. En cambio, habrían aparecido los nombres de Student y Mors. Si yo mismo hubiera dirigido en persona a los paracaidistas sobre el Gran Sasso -algo que no fue posible-, no habría existido nunca la "leyenda de Skorzeny".

Y el historiador italiano Arrigo Petacco declaró en 1993 que Skorzeny era "sin duda un fanfarrón, un tipo de esos que en tiempos de paz puede ser un delincuente y en la guerra convertirse en un héroe. Estas cosas suceden a menudo".

El 14 de septiembre, la radio alemana difundió la voz del "liberador de Mussolini": Otto Skorzeny, que se autoproclamó como el planificador y comandante de la operación. Mors y Von Berlepsch montaron en cólera y exigieron una rectificación, pero el general Student le respondió a Mors que no quería "líos con Himmler" (jefe de las SS). Mors no se conformó y se quejó en Berlín, pero recibió un telegrama del Cuartel General del Führer que decía lo siguiente: "El Führer mismo ha ordenado difundir la noticia de este modo para demostrar al mundo que ha estado dispuesto a sacrificar la sangre de los mejores soldados alemanes por su amigo Mussolini".






El rescate de Mussolini según la revista alemana Signal, noviembre de 1943


Harald Mors y el resto de participantes en la acción del Gran Sasso también fueron condecorados como Skorzeny, aunque unos días más tarde que él. En 1945 Mors fue hecho prisionero por los Aliados, pero lo pusieron en libertad en septiembre dado que existía un informe de la Gestapo que lo calificaba como "políticamente sospechoso" por algún comentario que había expresado en contra del nazismo. Se integró en el ejército de la República Federal Alemana (Bundeswehr) y ocupó varios puestos en la OTAN. En 1961 fue ascendido a coronel y destinado a Madrid, donde por entonces también vivía Skorzeny. Aunque coincidieron en algún encuentro oficial, siempre evitaron dirigirse la palabra.

En 1973 el periodista David Solar entrevistó a Skorzeny y le preguntó acerca de la polémica sobre la acción en el Gran Sasso, de la que se cumplía por entonces el trigésimo aniversario. Según Solar, Skorzeny "en una o dos ocasiones, respondió con una retahíla de improperios en alemán y español contra quienes le calumniaban o contradecían" y terminó por dar así su punto de vista:

Hablar de memoria, al cabo de los años, no contribuye a aclarar las situaciones. Yo estaba en Italia enviado por Hitler y todos los funcionarios y soldados alemanes en Italia debían apoyarme en esa misión. Eso nadie lo niega. En nuestra embajada en Roma me comunicaron cuanto sabían; ellos me pusieron en la pista del Gran Sasso y yo la comprobé.

Kesselring, ocupado de contrarrestar la invasión aliada, se enteraría del asunto de refilón, cuando lo contaron los periódicos. El propio Student estaría mucho más preocupado por controlar la situación al sur de Roma que de esta pequeña operación, para la que prestó unos pocos hombres y medios mandados por Harald Mors. Al frente de los planeadores, en los que había gente mía y de Mors, estaba otro subalterno de Student, el teniente Berlepsch... Lógico: Student proporcionaba hombres y aviones, con sus mandos correspondientes... ¿Y qué? ¿Dónde estaba Mors a las 14 horas del domingo 12 de septiembre de 1943? Yo se lo diré: con sus hombres en la base del funicular. ¿Quién penetró en el hotel, quién entró en la habitación de Mussolini, quién obtuvo la rendición de sus guardianes...? ¡Menos mal, eso no me lo ha negado nadie!

La notoriedad de la operación, que los medios de comunicación personificaron en mí, fastidió a los demás. Pero eso pasa siempre: cuando un general gana la batalla nadie se acuerda de los planes del Estado Mayor, de las directrice generales de la guerra, de los oficiales que movieron las tropas, ni de quién fabricó los tanques... Se personifica en uno y, en esa ocasión, me tocó a mí, por la sencilla razón de que Hitler me designó a mí: yo la inicié, la perseguí y la rematé, con múltiples ayudas, claro.

La entrevista fue publicada en 2005 por Solar en su libro "La caída de los dioses. Los errores estratégicos de Hitler". Eso sí, cuando el autor narra la liberación de Mussolini, da por buena la versión de que fueron Skorzeny y sus comandos los verdaderos protagonistas de la acción.

La liberación de Mussolini fue ante todo una operación política, más que militar, y por eso supuso un triunfo de la propaganda y de las SS, en perjucio de la Luftwaffe. Skorzeny había sido recomendado ante Hitler por Ernst Kaltenbrunner, sucesor al frente del RSHA de Reinhard Heydrich. Tanto Kaltenbrunner, como Skorzeny y Hitler eran austriacos, de manera por podríamos decir que dentro del Partido Nazi existía una suerte de "mafia austriaca" que favoreció a Skorzeny. El asalto al Gran Sasso aparecía así como una hazaña excepcional realizada por un hombre de extraordinaria capacidad, un tipo que representaba a Hitler y a sus SS, la personificación del mito nazi del superhombre, vaya. Mussolini por su parte era al fin y al cabo el fundador del fascismo, y Hitler lo necesitaba a su lado por motivos propagandísticos, como "compañero de viaje". Ese mismo septiembre Mussolini proclamó que retomaba "el liderazgo al frente del fascismo" y creó en el norte de su país la República Social Italiana, que no sería más que un efímero Estado títere de Alemania.

Skorzeny vivió el resto de su vida cautivado por sí mismo y su leyenda. Antes he comentado que su relato del rescate de Mussolini parecía de película, y de hecho en 1959 llegó a terminar el guión de un largometraje basado en la acción del Gran Sasso. El film se debería haber titulado Special Mission y para ponerlo en marcha Skorzeny contactó con Warwick Film Productions Ltd., de Londres, con la editorial Robert Hale & Company y con la cadena estadounidense CBS, aunque los desacuerdos económicos impidieron que comenzara el rodaje.




Continuará...

miércoles, 1 de febrero de 2017

El Holocausto y el mito de la Gran Guerra Patria (IV)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existen una primera, una segunda y una tercera parte.



El judío eterno, de Fritz Hippler (1940)


Hitler no era un nacionalista alemán seguro de la victoria de su país que aspirara a ampliar el Estado alemán, sino un anarquista zoológico que creía que debía restaurar el orden natural de las cosas.

Timothy Snyder


La mayoría de los judíos del mundo se salvaron del Holocausto simplemente porque el poder germano no llegó a los lugares donde vivían y porque este no suponía ninguna amenaza para los Estados de los que eran ciudadanos. Los judíos con pasaporte polaco estuvieron a salvo en los países que reconocían el Estado polaco anterior a la guerra, mientras que fueron asesinados en los países que no lo reconocían. Los judíos estadounidenses y británicos estaban seguros, en principio, no solo en sus países, sino en todo el mundo. Los nazis no se plantearon asesinar a los judíos que disponían de pasaportes británicos o estadounidenses y, salvo contadas excepciones, no lo hicieron. La supervivencia judía dependía pues de la estatalidad. Como hemos visto, el genocidio se acercó al 100% de judíos asesinados en las zonas en las que el Estado fue doblemente destruido por los soviéticos y los nazis (Polonia y los países bálticos, que sufrieron una doble ocupación) y fue de un porcentaje muy elevado en las zonas de la URSS prebélica ocupadas por Alemania. El exterminio tendía a consumarse en el extremo de la destrucción del Estado y apenas ocurría en el otro extremo, el de la integridad del Estado, que fue el caso de Dinamarca. En el resto de países que fueron aliados de Alemania o que resultaron ocupados por ella (o ambas cosas), los nazis no lograron completar la Solución Final. Dichos países estaban en la zona intermedia entre los dos extremos que he mencionado, y la política alemana establecía que los judíos residentes allí tenían que ser extraídos, deportados y ejecutados. A pesar de que en esos países se exterminó a una cantidad espantosa de judíos y de que estos corrían una suerte mucho peor que sus conciudadanos, la tasa no fue tan alta como en la zona de no estatalidad. La escala del sufrimiento del pueblo judío -uno de cada dos fue asesinado- sobrepasa la de cualquier otro colectivo durante la Segunda Guerra Mundial. Con todo, la diferencia con la tasa de asesinatos en la zona de no estatalidad -aquí, de cada veinte judíos diecinueve fueron asesinados- es enorme y merece ser observada con atención.


viernes, 27 de enero de 2017

Cuatro




Ayer este mi blog cumplió cuatro añitos. Cuatro, como los elementos, como las esquinas, como las estaciones, como los Beatles y Queen, como los Jinetes del Apocalipsis, como las muelas del juicio.

Pues con este blog y un cuatro, aquí está mi retrato.




jueves, 26 de enero de 2017

Ecologismo y comunismo



Campaña china de las Cuatro Plagas


Hace unos años, José María Aznar decidió soltar una de sus míticas frases lapidarias y proclamó aquello de que el ecologismo es el nuevo comunismo. Lo que está claro es que, en general, el ecologismo es algo que le toca bastante las narices al poder, pero en esta entrada pretendo demostrar que, al menos desde el punto de vista histórico, el ecologismo en realidad tiene muy poco que ver con el comunismo.

Resulta paradójico que hoy muchos ecologistas centren sus ataques en el capitalismo, alegando que este es indefectiblemente dañino para el medio ambiente, cuando tradicionalmente han sido los regímenes comunistas los más antiecológicos del mundo con sus brutales colectivizaciones de la agricultura y sus industrializaciones forzadas (que además provocaron la muerte de millones de personas). Nada más lejos de mi intención que negar los males del capitalismo, pero una cosa no quita la otra. Así por ejemplo, la desecación y la contaminación masiva del mar de Aral comenzaron en tiempos de la Unión Soviética, y se realizaron de forma completamente intencionada.




Más. Durante la Guerra Fría, los soviéticos llevaron a cabo cientos de pruebas nucleares en la isla de Nueva Zembla, incluyendo la de la bomba del Zar, la mayor explosión provocada por el hombre de la historia. Esta actividad provocó una alta contaminación nuclear del mar de Barents, al norte de Rusia. 



Fue también en aquel mar donde, en los años sesenta, los soviéticos introdujeron el cangrejo rojo gigante para proporcionar un nuevo alimento a la población local. Aunque el animal es apreciado por su carne, como especie invasora está amenazando el ecosistema al devastar los fondos marinos de la zona, y además se está extendiendo por la costa noruega hacia el sur.



Si a comienzos de los años treinta las colectivizaciones en la URSS provocaron millones de muertos (en especial en Ucrania) y destrozaron el campo, entre 1958 y 1961 algo similar ocurrió en la China de Mao Zedong, pero peor. La versión china de la política estalinista de colectivizar (es decir, requisar la comida a los campesinos) e industrializar a marchas forzadas se llamó Gran Salto Adelante, y causó una hambruna que mató a decenas de millones de personas. Fue la mayor hambruna de la que se tiene constancia a lo largo de la historia.




Como Mao seguía el modelo del bueno de Stalin, también aplicó las teorías de un charlatán estalinista con título de ingeniero agrónomo llamado Lysenko, que defendía que la genética no era más que una mentira burguesa y que hizo encarcelar y asesinar a cientos de científicos provocando un atraso considerable en las ciencias soviéticas. Los métodos de Lysenko, impuestos a los campesinos chinos, se revelaron desastrosos y arruinaron la agricultura.


Lysenko


Centrándonos en el tema del ecologismo (o mejor dicho, del antiecologismo), dentro del despropósito general del Gran Salto Adelante podemos destacar la llamada Campaña de las Cuatro Plagas, en la que el Gobierno chino decretaba el exterminio de cuatro especies animales que consideraba letales para las cosechas: mosquitos, moscas, ratones y gorriones. Los gorriones eran los más fáciles de matar, así que se convirtieron en la principal víctima de la campaña. Según el brillante razonamiento de las autoridades chinas, como los gorriones se comían el grano de las cosechas, cuantos más se mataran más gente se podría alimentar. Se movilizó a toda la población en la guerra contra los gorriones a los que se mataba de todas las formas imaginables: con veneno, destruyendo sus nidos, por agotamiento al asustarlos para que no pudieran dejar de volar, etc. Obviamente no solo morían gorriones, también otras aves. Eso sí, en unos meses los gorriones fueron prácticamente exterminados en China.





En 1960, científicos de la Academia Nacional de Ciencias de Washington publicaron un estudio que demostraba que los gorriones se alimentaban más de insectos que de grano, pero Mao decidió ignorarlo al provenir de un país capitalista, prefiriendo aferrarse al aforismo ren ding sheng tian ("el hombre debe derrotar a la naturaleza"). No obstante, el exterminio de gorriones supuso una grave alteración del ecosistema al desequilibrar la cadena trófica. Es decir, al desaparecer los gorriones, que eran depredadores de los insectos, estos proliferaron de forma masiva. Y en especial lo hicieron las langostas, que devastaron las cosechas agravando notablemente la hambruna. Entonces Mao se dio cuenta de su error y ordenó detener la matanza de gorriones, aunque un poco tarde y sin reconocerlo.



Tratando torpemente de enmendar su error, Mao importó en secreto 200.000 gorriones de la Unión Soviética tras apelar al internacionalismo socialista, pero el daño ya estaba hecho. Desde entonces, los campesinos chinos han continuado la tradición de matar gorriones hasta el punto de que en 2001 se declaró al ave animal protegido en el país.

La población de gorriones continúa descendiendo hoy en China debido a la contaminación y los pesticidas.

En Corea del Norte se llegó a elaborar un "Plan Trienal para Castigar a los Gorriones" pero, viendo los catastróficos resultados que había dado la campaña en China, Kim Il-sung decidió no ponerlo en práctica.

Hasta los años ochenta (es decir, hasta después de la muerte de Mao), las autoridades chinas achacaban la hambruna del Gran Salto Adelante sobre todo a una serie de catástrofes naturales y, en mucha menor medida, a errores de gestión. La realidad era exactamente la contraria, pero la mentira criminal ha sido siempre inherente a los regímenes totalitarios.


Mao con Jrushchov en 1958. "Es probable que media China tenga que morir", dijo el primero en aquel mismo año.


En el siglo XX los seres humanos cazaron casi tres millones de ballenas, la mayoría en la segunda mitad de la centuria. Es quizá la mayor matanza de animales de la historia en términos de biomasa total. En 1946 se creó la Comisión Ballenera Internacional (CBI) para regular la caza y el comercio de los cetáceos, y en 1986 la CBI prohibió la caza de ballenas con algunas excepciones. Durante las cuatro décadas que van de una fecha a otra, la Unión Soviética mató más de 534.000 ballenas, pero declaró ante la CBI un número bastante inferior (¿he dicho que la mentira es inherente a los regímenes totalitarios?). Así por ejemplo, los soviéticos declararon haber cazado menos de 3.000 ballenas jorobadas en el océano Antártico cuando en realidad mataron casi 50.000, amenazando con extinguirlas. La verdad de esta siniestra historia no se ha sabido hasta fechas muy recientes.




Lo absurdo del asunto es que la URSS, al contrario que otros países balleneros como Japón o Noruega, no obtenía casi beneficios de la caza de ballenas. A menudo, en los balleneros soviéticos se separaba la grasa de los animales muertos para transformarla en aceite y se abandonaba el resto del cuerpo en el mar. Como la industria ballenera en la URSS era estatal, la caza masiva se hacía solo por aumentar la producción, no importaba si era sostenible porque daban igual los beneficios. Se trataba de cumplir los planes estatales sin más, y se premiaba a los que lograban cazar más ballenas como si fueran héroes. Y claro, hablamos de la Unión Soviética, así que también se castigaba a los perdedores, que a veces eran las mismas personas. A un tipo llamado Aleksandr Dudnik, pionero de la industria ballenera soviética, lo condecoraron en 1936 con la Orden de Lenin, y dos años después, cuando no alcanzó los objetivos de producción, lo encarcelaron acusándole de ser un agente japonés.

Para terminar, habría que añadir que el accidente de Chernóbil, ocurrido en la Unión Soviética en 1986, es junto al de Fukushima (Japón, 2011), el accidente nuclear más grave sucedido hasta ahora (y esperemos que siga siéndolo), y uno de los peores desastres medioambientales de la historia.

En resumen, los regímenes comunistas, como el de la URSS o el de China, llevaron a cabo crímenes ecológicos masivos que además eran de lo más estúpidos. De todas formas no deja de tener su lógica por lo que decía antes: la mentira constante y la huida hacia adelante siempre han formado parte intrínseca de esas dictaduras.

Y luego ya se inventó el ecosocialismo.


Más información:

-AAVV, "El libro negro del comunismo", Planeta/Espasa, 1998.

-Chang, Jung y Halliday, Jon,  "Mao, la historia desconocida", Taurus, 2006.

http://www.digitalmx.net/cuando-matar-gorriones-le-costo-la-vida-a-mas-de-20-millones-de-personas/

http://spo.nmfs.noaa.gov/mfr761-2/mfr761-21.pdf

https://psmag.com/the-most-senseless-environmental-crime-of-the-20th-century-9594972483d1#.qx0a9v6fu




lunes, 2 de enero de 2017

An Gorta Mór: la Gran Hambruna irlandesa




Mucho se habla de los crímenes nazis, o del fascismo en general. También con frecuencia se mencionan los del comunismo, haciendo especial hincapié en las hambrunas. Yo mismo en este blog me refiero una y otra vez a todo ello, pero hoy quiero dedicar esta entrada a otras maldades menos conocidas, las del capitalismo, de las que ya hablé de forma genérica en otra ocasión. Mencionar los crímenes del capitalismo puede traernos a la cabeza en primer lugar al imperialismo estadounidense, un fenómeno asimismo muy trillado, sobre todo en círculos izquierdistas. Pero los responsables de lo que vamos a hablar hoy no son tampoco los yanquis, sino los británicos.

El Reino Unido, que al fin y al cabo es la cuna del capitalismo y de la Revolución Industrial, tiene tras de sí un largo historial imperialista y de crímenes de masas. Dejando aparte su sangrienta relación con Irlanda, de la que me ocuparé después, y por poner algunos ejemplos, resulta que la política colonial británica provocó una serie de hambrunas en la India que se llevaron por delante a decenas de millones de personas. La época victoriana fue en realidad un largo y oscuro periodo plagado de episodios que compiten entre sí por su brutalidad. El Imperio Británico fue el primer gran narcotraficante de la historia, pues en el siglo XIX extendió el consumo de opio por China, y lo hizo a la fuerza, gracias a dos guerras. El lado mafioso del Imperio Británico quizá tuvo un exponente muy claro durante la Guerra de la Triple Alianza. Con el objeto de beneficiar sus intereses económicos, parece ser que la diplomacia británica azuzó en 1864 un conflicto contra Paraguay que se saldó con la devastación de este país y un genocidio: el de casi todos sus varones mayores de doce años, un desastre demográfico del que tardaría en recuperarse. Ya en el siglo XX, los británicos tuvieron un papel estelar en los orígenes del conflicto árabe-israelí. En plena descolonización, los británicos llevaron a cabo un genocidio en Kenia que se saldó con cientos de miles de personas asesinadas después de que se encerrara a un millón y medio en campos de concentración. Y en tiempos más recientes, el Reino Unido participó muy activamente en la absurda invasión de Irak liderada por el presidente de EEUU, George W. Bush, que contribuyó notablemente al auge del islamismo radical en la zona.

Pero vamos con Irlanda. A mediados del siglo XVII, las tropas inglesas comandadas por Oliver Cromwell consumaron la conquista de aquel país, que fue despiadada y sangrienta a más no poder. Las consecuencias de estos hechos fueron absolutamente criminales. Hasta el siglo XIX, y a través de las Leyes Penales, los católicos irlandeses -que eran más del 80% de la población- tuvieron prohibido estudiar, votar, ocupar cargos políticos o puestos de funcionarios, ingresar en un gremio profesional, vivir en una ciudad o a menos de ocho kilómetros de alguna, y poseer tierras. Los irlandeses eran parias en su propia tierra. Al llegar el siglo XIX la situación mejoró, pero la gran mayoría de los católicos irlandeses vivían en condiciones de pobreza y tres cuartas partes de los trabajadores estaban en paro, mientras la población crecía de forma exagerada. Casi todos los representantes de Irlanda en el Parlamento británico eran terratenientes ingleses o de origen inglés, y a su vez, la mayor parte de las tierras eran de estos terratenientes. Muchos campesinos irlandeses trabajaban en esas tierras, cuyos propietarios en no pocos casos vivían en Inglaterra. Los alimentos y las rentas obtenidos de las tierras se enviaban entonces a Inglaterra, en un prolongado saqueo inhumano, organizado e institucionalizado. Los campesinos subsistían casi exclusivamente a base de patatas obtenidas en la huerta familiar. Las bases para una catástrofe estaban bien asentadas y solo era cuestión de tiempo que esta ocurriera.

Y el cataclismo llegó en 1845 en forma de organismo microscópico: un protista, similar a un hongo, llamado Phytophthora infestans, que destruyó tanto las plantas de la patata como los tubérculos almacenados. Parece ser que el microorganismo iba en el guano que transportaban los barcos desde Sudamérica al resto del mundo para ser utilizado como fertilizante. Precisamente el guano era el producto más importante del comercio entre la costa sudamericana e Irlanda.

Escribe el catedrático de Biología Celular José Ramón Alonso que "Phytophthora podía haber causado un daño menor pero las políticas de los dirigentes ingleses se movieron en un rango que va de la crueldad a la ineptitud pasando por la arrogancia, el desprecio y la codicia. Según el escritor e independentista irlandés Henry Mitchel: «Dios mandó el hongo, pero los británicos mandaron el hambre»."

La respuesta de las autoridades británicas ante el hambre que comenzó a asolar Irlanda fue criminal. Las patatas se pudrían, pero los trigales no se veían afectados. No obstante, los irlandeses no podían acceder al trigo, pues pertenecía a los ingleses y se continuaba exportando desde Irlanda a pesar de la hambruna. Los barcos con víveres tardaban meses en llegar y muchos terratenientes expulsaban a sus aparceros para no tener que ayudarlos o porque estos no podían pagar el arriendo. El Gobierno británico, dirigido desde 1846 por John Russell, y sobre todo Sir Charles Trevelyan, encargado de administrar la ayuda a Irlanda, decidieron aprovechar la hambruna para poner en práctica las ideas sobre el libre mercado, el laissez faire y las teorías malthusianas sobre la superpoblación. De esa forma, se limitó severamente la asistencia a Irlanda, puesto que las autoridades británicas estaban en contra de cualquier intervención del Estado y opinaban que debían ser los propios irlandeses quienes costeasen las ayudas que necesitaran gracias a la iniciativa privada. Vaya, que tenían que apañárselas solitos para salir del entuerto. Como los campesinos que poseían alguna tierra dejaron de recibir ayudas, tuvieron que malvenderlas a los grandes señores para que sus familias no murieran de hambre. En palabras de Trevelyan, la hambruna era "una calamidad enviada por Dios para enseñar a los irlandeses una lección".


Sir Charles Trevelyan


Nada como unos seres inferiores -en este caso los irlandeses, desde el punto de vista inglés- para experimentar con ellos. Parece bastante claro que las autoridades británicas decidieron llevar a cabo una limpieza étnica como Dios manda en Irlanda por motivos racistas.

La hambruna se prolongó hasta 1852, mató a un millón de personas en Irlanda e hizo emigrar a otros dos millones, la mayor parte a EEUU y Canadá. El país perdió así más de un cuarto de su población.

La Gran Hambruna irlandesa fue el culmen de la colonización inglesa de la isla. Resultó ser la consecuencia lógica de la larga y brutal explotación de Irlanda en todos los terrenos: económico, social, político y biológico. Recordemos, por cierto, que antes de la colonización, Irlanda estaba poblada de bosques que fueron diezmados por los ingleses para construir barcos y por el uso de la madera como carbón vegetal durante la Revolución Industrial. Esta masiva deforestación alteró radicalmente el ecosistema y la apariencia física de Irlanda. Además, muchas de sus especies animales como el lobo fueron cazadas hasta su extinción. 

La hambruna supuso un punto de inflexión en la historia de Irlanda. Sus efectos cambiaron para siempre el panorama demográfico, político y cultural de la isla. Quedó grabada a fuego en la memoria colectiva de los irlandeses y potenció su nacionalismo (hago un inciso para resaltar la extrema demagogia de quienes igualan las motivaciones de ciertos nacionalismos españoles con la del irlandés: ni el País Vasco, ni Cataluña, ni Galicia han recibido jamás un trato ni remotamente similar al de Irlanda).


Monumento conmemorativo en Dublín


En 1997, con motivo del 150º aniversario del desastre y en el marco del conflicto norirlandés, el primer ministro Tony Blair reconoció tímidamente la inacción del Gobierno británico durante la hambruna de la patata. Tony Blair, que tres años más tarde participaría de forma entusiasta en la invasión de Irak, y por lo que a su vez también pediría disculpas en 2015. En fin.

Por fortuna, en esta aterradora historia también hay algún espacio para la bondad. Cuando tuvo noticias de la hambruna, el sultán turco Abdülmecid I mostró su intención de enviar 10.000 libras de ayuda a los campesinos irlandeses, pero la reina Victoria le pidió que mandara solo 1.000, pues ella no había donado más que 2.000. El sultán así lo hizo, pero envió a escondidas tres barcos llenos de comida. Los tribunales británicos trataron de bloquearlos, pero los marineros turcos se saltaron las instrucciones, llevaron la comida al puerto de Drogheda y la descargaron, jugándose una posible estancia en la cárcel. Este relato viene muy a cuento en una época como la actual, en la que desde el Occidente cristiano se criminaliza todo lo que provenga de los incivilizados países musulmanes.

Y hubo también por entonces otro pueblo de salvajes que mostró bastante más humanidad que los supuestamente civilizados británicos. Los choctaws son unos indios norteamericanos que en 1831 fueron obligados por el Gobierno estadounidense a abandonar sus tierras ancestrales, cruzar el Misisipi y establecerse en el oeste. Las condiciones del viaje fueron terribles, de forma que de los 17.000 hombres, mujeres y niños que iniciaron el viaje, entre 2.500 y 6.000 murieron de agotamiento, hambre, enfermedades y frío. Hay que decir que en esos años hubo otras tribus que corrieron la misma suerte que los choctaws, en lo que se conoce como el Sendero de Lágrimas (Trail of Tears). Pues bien, dieciséis años después, los choctaws se enteraron de la hambruna en Irlanda, se identificaron con aquellos campesinos que estaban muriéndose de inanición y juntaron todo lo que pudieron para ayudarlos. Reunieron en total 710 dólares. En 1995, Mary Robinson, por entonces presidenta de Irlanda, hizo un homenaje en agradecimiento a la nación Choctaw.

Y termino recogiendo de nuevo con unas palabras del catedrático José Ramón Alonso:

"Phytophthora infestans sigue causando un daño a las cosechas de patata estimado en unos 5.000 millones de euros anuales y es necesario seguir buscando medios para hacer a las patatas más resistentes o para tratar la infección pero es que además, a veces, la estupidez, la avaricia o el racismo, hacen que el daño sea aún mayor."


Más información:

-Alonso, José Ramón y González, Yolanda, "Botánica insólita", Next Door Publishers, 2016.

https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_hambruna_irlandesa




viernes, 23 de diciembre de 2016

Sí, la historia se repite (por desgracia)




Andrea Levy Soler es una joven abogada y política española, diputada en el Parlamento de Cataluña por el Partido Popular. A raíz del reciente atentado en Berlín, que ha dejado doce muertos y decenas de heridos, resulta que Levy ha responsabilizado nada menos que a toda la civilización islámica de este tipo de ataques terroristas. Su compañera de partido Lola Merino ha ido más lejos y ha aprovechado para arremeter contra los refugiados. Según el escritor Jorge M. Reverte, Levy no anda muy lejos de la verdad.

En fin, me parece muy preocupante que esta clase de juicios de valor sea cada vez más habitual entre los políticos y analistas varios, sobre todo teniendo en cuenta el auge generalizado de la xenofobia que vivimos últimamente. Por desgracia es muy cierto eso de que la historia se repite, no sé si por ignorancia de la gente, como apuntaba Santayana, por estupidez o por ambas. En su día se criminalizó a los armenios, a los burgueses, a los enemigos del pueblo, a los judíos, a los comunistas, a los tutsis y a tantos otros. Ahora toca hacerlo con los musulmanes, los refugiados, los inmigrantes, y ya se está empezando a identificar a todos ellos con el fanatismo y el terrorismo, igual que hace no mucho se identificaba a los judíos con los temibles comunistas. El resultado siempre es el mismo: cientos de miles o millones de inocentes que vienen muy bien como chivos expiatorios, una masa de desgraciados a los que responsabilizar de los problemas del mundo y así quedarnos tranquilas y satisfechas las personas de bien.

Luego las generaciones venideras se preguntarán cómo fuimos capaces de cometer semejante barbaridad y bla, bla, bla... hasta que la caguen igual con otro enorme grupo de gente.

Dejo un enlace por si interesa, aunque bueno, ahora no conviene recordar por ejemplo que el concepto de "guerra santa" lo inventó el papa Urbano II, promotor de la Primera Cruzada:

Diez errores que cometemos cuando hablamos del islam




jueves, 24 de noviembre de 2016

Por nuestro bien




Si el líder dice de tal evento esto no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Esta perspectiva me preocupa mucho más que las bombas.

"1984", de George Orwell


El otro día supimos que hace cuarenta años el por entonces presidente del Gobierno español, Adolfo Suárez, no sometió a referéndum la monarquía porque las encuestas decían que perdería. Se lo confesó a la periodista Victoria Prego en 1995, eso sí, tapándose el micrófono para que no se le oyera. Pero se le oyó.

Resulta que Felipe González y los líderes extranjeros presionaban al presidente del Gobierno para que hiciera un referéndum sobre monarquía o república, pero como las encuestas decían que la monarquía perdía, Suárez decidió colarla en la Ley para la Reforma Política de 1977 y así evitar tener que hacer la consulta. Aquella ley, que supuso la transformación de la dictadura franquista en un régimen democrático, sí se sometió a referéndum, claro, porque la alternativa era que las cosas siguieran como estaban, y se aprobó. Y con ella se aprobó de forma implícita la monarquía metida con calzador. Hecha la ley, hecha la trampa, como se suele decir. La noticia no es que en la Transición  hubiera reforma en lugar de ruptura, algo harto conocido, ni que llevemos cuarenta años con una monarquía que al fin y al cabo restauró Franco, no, la noticia es que por lo visto y según las encuestas, si le hubieran dado a elegir la gente habría preferido ruptura, es decir, república. Y entonces se optó por no preguntar a la gente no fuera que las encuestas acertaran y se votara lo que no se debía votar. Al menos esto es lo que dijo Suárez hace veintiún años.

Y bueno, no ha pasado nada. Los medios en general han reaccionado quitándole importancia al asunto. Victoria Prego ha defendido que no se emitieran las declaraciones de Suárez en su momento y, aunque reconoce que sí, que tras la muerte de Franco un referéndum le habría dado el triunfo a la república, a la vez justifica la monarquía porque está en la Constitución. Y punto. Pedro G. Cuartango, director de El Mundo, despacha las palabras de Suárez alegando que en 1995 el hombre ya estaba demenciado y por tanto no sabía lo que decía, y achaca el revuelo al "revisionismo en las redes". Pero quiero detenerme en este artículo, "Larga vida a la monarquía", de Víctor Lapuente Giné, aparecido en El País, porque creo que no tiene desperdicio. El autor se pregunta si los españoles estaríamos mejor con una república, añadiendo que los países mejor gobernados del mundo están encabezados por monarquías constitucionales. Dejando aparte que es una afirmación harto discutible de por sí, confunde además el término constitucional con parlamentaria, pues los ejemplos que pone (de las antípodas a Canadá, pasando por los países nórdicos) son más bien monarquías parlamentarias, es decir, aquellas en que los reyes no gobiernan y a los que por tanto difícilmente se les pueden adjudicar los méritos de sus administraciones. Al final se contradice y da a entender que precisamente lo bueno de estos reyes es eso, que no gobiernan. Según pone, las repúblicas entrañan más riesgos que las monarquías constitucionales. Los jefes de Estado elegidos en las urnas pueden caer en la tentación de extralimitarse en sus funciones, dice. Menos mal que un rey constitucional solo puede vivir a cuerpo de sí mismo (junto a su familia, amantes y amiguetes varios), con varios palacios a su disposición y organizando cacerías de osos y elefantes por el mundo. Todo ello pagado con el dinero de los contribuyentes, claro. Supongo que esas son sus funciones, aunque de todas formas un rey constitucional puede hacer lo que le venga en gana porque, total, tiene inmunidad jurídica, tal y como recoge la sacrosanta Carta Magna. Y el último argumento que esgrime contra la república es sacar a colación las actuales Italia y Grecia, que le parecen al autor poco ejemplares. Seguramente sus ciudadanos no sabían lo que hacían cuando eligieron en sendos referéndums echar a sus respectivos reyes. Con lo felices que vivían los italianos con su rey constitucional Víctor Manuel III, que aceptó que el país se convirtiera en una dictadura fascista que los acabó metiendo en la Segunda Guerra Mundial del lado de los nazis. En 1946, con todo el país arrasado por la guerra, los italianos estaban mucho mejor que ahora, hombre, dónde va a parar. Los monarcas constitucionales griegos, por su parte, también aceptaron la instauración de dictaduras, faltaría más. Como hizo Alfonso XIII en España, sin ir más lejos.

Un artículo para enmarcar, vaya.

Me parece muy probable que una consulta celebrada en 1976 le hubiese dado la victoria a la opción republicana, no solo por lo que dijeran las encuestas, sino por los propios resultados de las elecciones generales de 1977. Si nos fijamos, la suma de votos de UCD y AP -los partidos que presuntamente defendían la monarquía- es inferior a la de los del PSOE -hasta entonces rupturista- más los del PCE, del partido socialista de Tierno Galván y de los nacionalistas catalanes y vascos. Incluso si añadimos al lado monárquico a los democristianos de Ruiz-Giménez y Antón Cañellas, la mayoría sigue estando de parte de los republicanos.

Parece bastante claro que la tan ensalzada Transición resulta cada vez menos modélica. Volviendo al ejemplo de Italia, en 1946 el fascismo había sido derrotado en aquel país, pero en la España de finales de los setenta definitivamente no. Lo que ha salido a la luz es la prueba definitiva de que hace cuarenta años hubo en España un nuevo despotismo ilustrado, un pasarse por el forro la voluntad de la gente porque es boba y no sabe lo que le conviene. Suárez, el jefe de gobierno modelo de nuestra democracia, actuó de forma completamente injustificable desde el punto de vista democrático. Es, en definitiva, un problema ético de dimensión nacional. Pero no pasa nada. Es más, el tono dominante es defender a Suárez y al rey. Luego todos nos llevamos las manos a la cabeza cada vez que aflora un nuevo caso de corrupción, pero claro, si nos parece aceptable olvidarnos de la ética en un caso tan obvio y tan grave como el que nos ocupa... pues no sé de qué nos quejamos. Dejemos a los políticos que sigan haciendo lo que les salga de las narices y ya está.

Habla, pueblo, se decía por entonces, cuando el lema honesto habría sido Habla, pueblo... pero hasta cierto punto, no te pases. Y en esas seguimos.