sábado, 18 de octubre de 2014

Memoria del nazismo en las dos Alemanias (II)


Antes de nada, hay que tener en cuenta que existe una primera parte.


RFA



Konrad Adenauer (1876-1967), primer canciller de la República Federal Alemana, siempre fue partidario de Occidente. Tan es así que en los años veinte, mientras era alcalde de Colonia, se mostró  a favor de la creación de un Estado renano separado de Prusia. Para Adenauer, Occidente y todo lo que según él representaba (cristianismo, civilización, democracia, libertad), se detenían en el Elba. Ni los romanos ni Carlomagno habían llegado apenas más allá, y por tanto al este del Elba estaban los bárbaros, la tierra de la tiranía y la guerra: "Asia". Según decía en aquella época, cuando viajaba en el tren nocturno de Colonia a Berlín y cruzaba el Elba, ya no podía dormir. La Alemania que Adenauer consideraba como propia era, por tanto, la Occidental.


Las ideas de Adenauer coincidían con las del filósofo húngaro Aurel Kolnai, que en su libro The War Against the West, publicado en 1938, adoptaba la definición de Occidente de los griegos: "Para los antiguos griegos, "Occidente" (o "Europa") eran las sociedades libremente constituidas y autogobernadas, con reglas reconocidas; en otras palabras, el lugar donde imperaba la ley, mientras que "Oriente" (o "Asia") eran las sociedades teocráticas, gobernadas por monarcas erigidos en dioses, a quienes sus súbditos servían "como esclavos"".

En ese sentido, tanto el Tercer Reich como la URSS pertenecían a "Oriente" (o "Asia").

Con esa mentalidad, Adenauer fue el canciller alemán perfecto para los Estados Unidos en los primeros años de la Guerra Fría, ya que le interesaba mucho más la alianza con Occidente, la integración en la OTAN y en la futura CEE, que la unidad de Alemania. Del mismo modo, aquel contexto le vino bien a Adenauer para poner en práctica sus ideas.



A los soviéticos, sin embargo, no les ocurría lo mismo. Stalin era partidario de una Alemania unida y neutral, de modo que en 1949, ante la creación de la RFA, tuvo que autorizar con poco entusiasmo la formación de la RDA. La desgana del dirigente soviético era lógica: la URSS había desmantelado las fábricas de Alemania Oriental, de modo que casi toda la industria germana que quedaba, y la mayor parte de la población, estaban en el lado occidental. Los capitalistas se quedaban con casi todo el pastel y los comunistas tenían que conformarse con una región, en aquel momento, básicamente agrícola.

En 1952 Stalin insistió: propuso a Occidente reunificar Alemania y que ésta permaneciera neutral, de igual modo que ocurriría con Austria, que también tuvo cuatro zonas de ocupación tras la guerra y que se convertiría en un Estado neutral en 1955.

A los líderes occidentales la oferta soviética no les gustó nada, y a Adenauer menos. Pensaban que Stalin no era sincero y que su propuesta no era más que una argucia para terminar controlando toda Alemania.




Lógicamente, tenían mucho más que perder que los soviéticos. En vista de ello, supeditaron la reunificación alemana a la celebración de unas elecciones libres en todo el país. Aquella contrapropuesta occidental fue rechazada por los comunistas, que temían no contar con demasiado apoyo popular en Alemania y que, por tanto, todo el país en bloque terminara en el otro bando.

De esa forma, Alemania permaneció dividida, y la memoria del nazismo también.

Los nazis más importantes fueron juzgados en Núremberg, tras la guerra, pero seguramente los alemanes no habrían tomado conciencia de los crímenes del Tercer Reich si no hubiera habido bastantes años después otros procesos. En la época en que se celebraron los Juicios de Núremberg, los alemanes vivían en un país arrasado y estaban hambrientos, es decir, tenían otras cosas de qué preocuparse. Además, en cierto sentido esos juicios tuvieron un tono de venganza, porque los vencedores de la contienda, que se habían erigido en jueces, también podían ser acusados de unos cuantos crímenes: el recuerdo de los bombardeos aliados y de las atrocidades soviéticas estaba muy fresco en Alemania. Lo que diferenciaba a los nazis de sus enemigos era el Holocausto, el genocidio que habían cometido, pero aquello no había sido en absoluto el motivo del esfuerzo bélico aliado ni el principal objeto del tribunal de Núremberg. Asimismo, los crímenes nazis se habían castigado sólo después de la guerra y por causa de ésta, como si el Holocausto no se hubiera originado antes. Para colmo, la mayoría de la población alemana adujo ignorancia respecto a dichos crímenes tras la contienda.

Para que  los Juicios de Núremberg y otros procesos celebrados por los vencedores inmediatamente después de la guerra no parecieran simplemente propaganda o venganza a ojos de los alemanes, y para que el Holocausto se incrustase definitivamente en su conciencia colectiva, fueron fundamentales otros procesos posteriores que, esta vez, celebraron los propios germanos. El segundo juicio de Auschwitz, celebrado en Fráncfort entre 1963 y 1965 (el primero fue en Polonia, en 1947, y todavía hubo un tercero celebrado también en Fráncfort, en 1977), y el tercer juicio de Majdanek, celebrado en Düsseldorf entre 1975 y 1981 (los dos anteriores fueron en Polonia, en 1944 y entre 1946 y 1948, respectivamente), tuvieron una repercusión mucho mayor para los alemanes occidentales que los procesos llevados a cabo por los Aliados, incluyendo los de Núremberg.



Wilhelm Boger durante el segundo juicio de Auschwitz, en Fráncfort. Fue condenado a cadena perpetua debido a su especialidad: torturar a los prisioneros. Murió en prisión en 1977.



Hermine Braunsteiner durante su juicio en Düsseldorf tras ser extraditada de los Estados Unidos. Trabajó en el campo de exterminio de Majdanek. Se la apodaba La Yegua porque tenía unas botas con refuerzos metálicos con las que acostumbraba a patear a las presas hasta matarlas. Participó en las selecciones de mujeres y niños que eran enviados a la cámara de gas. Condenada a cadena perpetua en 1981, fue puesta en libertad  en 1996 por problemas de salud. Murió en 1999.


En los años sesenta el milagro alemán ya era un hecho, Alemania Occidental se había recuperado con creces y una nueva generación había crecido tras la guerra. Esa nueva generación prestó mucha más atención a los procesos contra los nazis que la que habían prestado sus padres a los Juicios de Núremberg. Además, pasaba otra cosa. Los procesados en Núremberg habían sido grandes dirigentes hacia los cuales era fácil para la gente corriente establecer distancias. Pero los procesados en Fráncfort y Düsseldorf eran precisamente gente corriente, personas mediocres y estúpidas a las que se les había dado un poder ilimitado sobre miles de esclavos. Mirando a la cara de Boger, Braunsteiner y otros criminales juzgados entonces, cualquiera se podía dar cuenta de que en otras circunstancias podían haber sido unos vecinos más o esas personas con las que uno se cruza por la calle cada día.

No obstante, los juicios no facilitaban la tarea de entender a los criminales, en ellos no se buscaba explicar por qué las circunstancias habían llevado a esas personas a cometer unos actos tan brutales. Los juicios separaban los crímenes de su contexto histórico y sólo tenían en cuenta los primeros, de modo que no servían como lecciones de historia. Pero contribuyeron enormemente a despertar las conciencias del pueblo alemán.

Paralelamente a los procesos de los criminales nazis, se llevaron a cabo una serie de operaciones más o menos encubiertas que ponen de manifiesto la hipocresía de la política de los Estados Unidos y el bloque occidental: hoy sabemos que gracias a la Guerra Fría muchos nazis se fueron de rositas.

Los intentos de las fuerzas de ocupación para "desnazificar" Alemania empezaron a diluirse a finales de los años cuarenta, cuando el comienzo de la Guerra Fría fijó otras prioridades (la carrera en busca de los científicos e ingenieros alemanes expertos en armamento comenzó antes incluso de la rendición germana). Esto hizo que para los propagandistas de la RDA, su homóloga occidental, olvidadiza, capitalista y próspera, fuese en realidad la continuación del Tercer Reich. De vez en cuando se publicaban en Alemania Oriental listas con nombres de antiguos nazis que estaban prosperando en el Oeste. Muchas de esas listas eran asombrosamente exactas.

No se decía nada, sin embargo, de los miles de ex nazis que encubrieron las autoridades comunistas.

Ya hablamos anteriormente de Hans Globke, pero entre los nazis que hiceron carrera en Occidente gracias a la Guerra Fría es también muy conocido el caso de Reinhard Gehlen.



Durante la Segunda Guerra Mundial, el general Gehlen fue jefe de una agencia de inteligencia de la Wehrmacht llamada Fremde Heere Ost (FHO, Ejércitos Extranjeros Este) dedicada a reunir información sobre los soviéticos. Para ello contaba con una amplia red de agentes tras las líneas enemigas, que seguía operativa en 1945 (la campaña del Frente del Este ha sido la mayor guerra de servicios de inteligencia de la historia contemporanea). Gehlen se dio cuenta de que la guerra en el frente oriental estaba perdida, entre otras cosas por la brutal política de ocupación nazi que estaba eliminando el entusiasmo que habían tenido no pocos soviéticos al principio de la campaña al creer que los alemanes venían a liberarlos de la tiranía de Stalin. Cada vez más antihitleriano, estuvo en contacto con los conspiradores que trataron de matar al Führer, pero nunca llegó a comprometerse con ellos, lo que le libró de ser detenido por la Gestapo. En abril de 1945 fue destituido por Hitler después de que entregara unos informes "derrotistas" (o sea, realistas) sobre el Ejército soviético.

Anticipándose a la Guerra Fría y previendo que sus conocimientos sobre la URSS podrían ser muy útiles a los estadounidenses en un futuro inmediato, Gehlen hizo microfilmar los archivos de FHO y enterró todo el material en los Alpes.

En mayo se entregó a los yanquis y les hizo su oferta: sus archivos sobre la Unión Soviética y su cooperación a cambio de su libertad y la de sus colaboradores. Los acuerdos de Yalta obligaban a los aliados occidentales a entregar a la URSS cualquier información sobre la misma que hubieran obtenido de los servicios de inteligencia del Eje, pero el gran interés que mostraron los soviéticos por Gehlen convenció a los estadounidenses de que no debían hacerlo ya que quizá ellos podrían sacar provecho de esa fuente. Allen Dulles, por entonces perteneciente a la OSS y futuro director de la CIA, se mostró a favor de emplear los archivos de Gehlen.



A finales del verano de 1945, Gehlen y sus colaboradores llegaron a los Estados Unidos. Los yanquis tenían interés en la información sobre los soviéticos, pero se resistían a montar una red de espionaje contra quienes todavía eran sus aliados. La resistencia mostrada por la URSS a desocupar Irán durante la crisis que hubo en ese país a inicios de 1946 (resistencia debida al afán soviético de obtener allí concesiones petrolíferas), marcó un punto de inflexión en la percepción estadounidense de su, hasta hacía poco, aliado soviético. La crisis de Irán fue una de las primeras tensiones entre EEUU y la URSS tras la Segunda Guerra Mundial. La Guerra Fría ya era una realidad.

En julio de 1946, Gehlen regresó a Alemania y empezó a trabajar con cerca de 350 hombres, la mayoría de ellos antiguos colegas recogidos de varios campos de internamiento. "Ignoro si es un canalla", se cuenta que dijo Dulles. "Hay pocos arzobispos en el espionaje. Él está en nuestro bando y esto es lo único que importa, no es necesario que Gehlen sea admitido en el club de uno". En esa época se creía que era legítimo "utilizar a Belcebú para eliminar a Satanás", en palabras del historiador Trevor-Roper.

El acuerdo entre Gehlen y los yanquis incluía la promesa de que no contratase a antiguos miembros de las SS o del SD para su organización, ya que esas personas eran consideradas criminales. Finalmente, contrató a antiguos miembros de las SS y del SD. En poco tiempo, su organizción, conocida como la "Org", se convirtió en un refugio de ex nazis. Con su cuartel general en Pullach, al sur de Múnich, la Org encubrió sus operaciones bajo la legalidad de una empresa para el desarrollo industrial del sur de Alemania. Llegó a contar con más de 4.000 agentes.

La CIA continuó manteniendo a Gehlen hasta abril de 1956. En ese momento, la Org se convirtió en el Bundesnachrichtendienst (BND), el Servicio Federal de Información, o sea, el servicio de inteligencia de la República Federal Alemana. Gehlen fue su primer presidente.

En los años sesenta se descubrió que los soviéticos se habían infiltrado en el BND a través de algunos ex nazis que habían actuado como agentes dobles y se habían dedicado a suministrar información falsa a sus jefes occidentales. Esto terminó forzando a dimitir a Gehlen en 1968, eso sí, con una condecoración, una pensión del gobierno federal alemán y otra (supuesta) de la CIA.

Murió en 1979 a los 77 años.

Desde luego no se puede negar que fue un tipo inteligente que consiguió todo lo que se propuso, incluyendo el empleo de la Guerra Fría en beneficio propio.



Entre los nazis más famosos -y a la vez más despreciables- reclutados por la Org de Gehlen estuvo el austriaco Alois Brunner.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Brunner dirigió el campo de concentración de Drancy, en Francia, y se convirtió en la mano derecha de Adolf Eichmann. Se encargó de las deportaciones de judíos de Francia, Eslovaquia, Austria y Grecia. Responsable de la muerte de decenas de miles de personas, Brunner es uno de los peores criminales nazis.


Condenado por sus crímenes a muerte in absentia en Francia en 1954, encontró refugio entre el personal de la Org, que lo envió a Siria. Allí, bajo el seudónimo de Georg Fischer, se convirtió en consejero del régimen, que siempre lo protegió de los investigadores y los cazadores de nazis. En 1961 y 1980, un par de sendas cartas bomba que le envió el Mosad hicieron que perdiera un ojo y varios dedos.

En los años ochenta fue entrevistado un par de veces. No sólo no se arrepintió de sus crímenes, sino que además se lamentó de no haber asesinado a más judíos y aseguró que lo volvería a hacer.

En 1996 surgieron rumores de que había muerto, pero hoy sigue en busca y captura (en 2012 habría cumplido cien años).

Actualización de febrero de 2017: parece ser que Alois Brunner murió en un calabozo sirio en 2001.



Sin embargo, los tratos de los yanquis y el BND con otro criminal nazi fueron aún más repugnantes, si cabe.

Klaus Barbie,  el "Carnicero de Lyon", fue jefe de la Gestapo en dicha ciudad desde diciembre de 1942 hasta mediados de 1944. Desde aquel puesto, deportó a miles de personas a los campos de exterminio, incluidos los famosos cuarenta y cuatro niños de Izieu.

Además, fue responsable de la tortura y la muerte de otros miles de personas, entre las que destaca Jean Moulin, líder de la resistencia francesa.



Tras la guerra se escabulló en Alemania, pero en 1947 fue reclutado por el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército de los Estados Unidos (CIC). Los yanquis, que sabían perfectamente de todo lo que era responsable, lo protegieron con el argumento de que su "valor como informante supera cualquier utilidad que pueda ofrecer en prisión". Esto se supo en Francia, un país que tenía bastantes cuentas pendientes con este señor y que pidió su extradición. En vista de ello, en 1951 el CIC facilitó la huída de Barbie y su familia a Argentina, con la ayuda de un sacerdote croata ustacha llamado Krunoslav Draganović. Dicho sacerdote se dedicó tras la guerra a conceder salvoconductos a través del Vaticano a unos cuantos fascistas yugoslavos, incluyendo el dictador croata Ante Pavelić. Paradójicamente, Draganović terminaría viviendo en la Yugoslavia de Tito a quien brindó unos calurosos elogios en una rueda de prensa celebrada en 1967.



Klaus Barbie, ahora llamado Klaus Altmann, pasó de Argentina a Bolivia. Allí, protegido por sucesivos dictadores, llevó una oscura vida en la que se le relaciona con el narcotráfico, el tráfico de armas e incluso con la captura y muerte del Che Guevara. Por lo visto, en esa época también fue reclutado por el BND de Gehlen.

En 1971, Barbie fue localizado en Bolivia por los cazadores de nazis Serge y Beate Klarsfeld, y Francia consiguió por fin extraditarlo en 1983. Fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 1987 por crímenes contra la humanidad. Murió en prisión en 1991.



Precisamente en ese año se descubrió que Barbie no había sido el único criminal nazi que había trabajado al servicio de los Estados Unidos. No había sido una excepción.

La Operación Overcast, más tarde Paperclip, tuvo como fin emplear a, como máximo, 350 grandes científicos alemanes, como ayuda en la lucha contra Japón. Más tarde, cuando la tensión con la URSS aumentó, el programa se amplió. Finalmente fueron más de 700 científicos nazis y sus familias los que se trasladaron a los Estados Unidos.

Todos conocemos a Wernher von Braun, el hombre que llevó a los EEUU a la Luna. Durante la Segunda Guerra Mundial, él y su equipo fueron responsables del desarrollo del misil balístico alemán V-2, que se lanzó principalmente contra Londres y Amberes matando a miles de personas. Sin embargo, se dice que murieron aún más personas construyendo estos misiles en la fábrica subterránea de Mittelwerk, donde procedentes del campo de concentración de Mittelbau-Dora fueron empleadas como esclavas.



En septiembre de 1945, justo después de Gehlen y sus colaboradores, Braun y un pequeño equipo llegaron también a los Estados Unidos con expedientes aseados. En los meses siguientes les siguieron más de cien técnicos en cohetes.

El doctor Hubertus Strughold es también conocido como el "Padre de la Medicina Espacial". Llegó a Estados Unidos en 1947. Por su trabajo allí, entre otros honores recibió la medalla de las Hijas de la Revolución Americana (DAR), ocupó un lugar en la galería de personajes famosos de la investigación espacial del Museo de Historia Espacial de Nuevo México, y la biblioteca de la Escuela de Medicina Aerospacial, en la base de la Fuerza Aérea de Brooks, Texas, llevó su nombre.

Murió en 1986, pero en los años noventa se descubrió que para sus experimentos revolucionarios sobre la resistencia de los pilotos, los efectos de la aceleración, la presión, la falta de oxígeno, los cambios violentos de temperatura y otros peligros de la aviación, Strughold había empleado a los presos del campo de concentración nazi de Dachau.

Los honores le fueron retirados, los últimos en una fecha tan cercana como 2006.



Otto Ambros fue un prominente químico de IG Farben, la empresa fabricante del Zyklon B. Experto en armas químicas, bajo su dirección se desarrolló el gas sarín y el soman. También supervisó la fábrica de caucho sintético de Monowitz, que formó parte del complejo concentracionario de Auschwitz. Probó sus venenos y productos químicos en los presos y fue condecorado por los nazis.

En 1945 fue detenido por los estadounidenses. Juzgado y condenado a ocho años en Núremberg por esclavismo y asesinato en masa, en 1948, fue puesto en libertad en 1951 y se convirtió en asesor de empresas químicas y del propio Konrad Adenauer. Cuando murió, en 1990, la empresa BASF (que había formado parte de IG Farben) le dedicó un elogioso obituario: "Un impresionante empresario de gran carisma".



Y entre los nazis reciclados tras la Segunda Guerra Mundial no podemos dejar de mencionar a Otto Skorzeny, el famoso oficial de las Waffen-SS involucrado en operaciones especiales, entre las que estuvo el rescate de Mussolini, en 1943.



Juzgado tras la guerra, no se le pudo acusar de ningún crimen.

En 1948 escapó (según él con ayuda de los propios estadounidenses, que lo habían mantenido preso hasta ese momento) y terminó instalándose en España, desde donde coordinaba las operaciones de la organización ODESSA, que prestaba auxilio a antiguos nazis, mientras aparentaba ser un próspero hombre de negocios. Sus buenas relaciones tanto con el régimen franquista como con el matrimonio Perón facilitaron la huida a Sudamérica de cientos de nazis.

Como miembro de la organización de Gehlen, Skorzeny fue enviado a Egipto en 1953 donde, junto a otros nazis, entrenó a combatientes egipcios y palestinos (entre los que estaba un tal Yasir Arafat) y se convirtió en asesor de Nasser. Paradójicamente, años más tarde trabajaría para el Mosad, seguramente a cambio no ser perseguido por Israel, como otros antiguos nazis.

En Madrid dio amparo a la organización neonazi CEDADE. Murió en dicha ciudad en 1975.

En 1999, durante la presidencia de Bill Clinton, el Gobierno de Estados Unidos creó un grupo de trabajo denominado The Nazi War Crimes and Japanese Imperial Government Records Interagency Working Group (IWG), destinado a investigar las conexiones entre los servicios de inteligencia nacionales y los antiguos nazis. Hasta 2005, el IWG analizó unos ocho millones de documentos procedentes de diferentes servicios de inteligencia y llegó a la conclusión de que cinco antiguos colaboradores de Adolf Eichmann habían trabajado para la CIA, otros 23 conocidos nazis habían sido reclutados por la misma agencia y alrededor de un centenar de la Org de Gehlen habían pertenecido a la SD o la Gestapo.

Además, tanto la CIA como el BND tuvieron constancia durante los años cincuenta de que Eichmann se encontraba en Argentina, pero prefirieron ocultarlo.

En su libro Alliance of enemies (traducido en España como "Alianza contra Hitler"), Agostino von Hassell y Sigrid MacRae explican esta realpolitik característica de la Guerra Fría de la siguiente manera:

Harry Rositzke, el otrora jefe de las operaciones secretas en la URSS, lo expresó como sigue: "Sabíamos lo que estábamos haciendo ... utilizábamos a cualquier hijo de puta con tal de que fuera anticomunista." Se seguía un enfoque estrictamente utilitarista que "implicaba que uno no inspeccionara sus credenciales muy al detalle". Cuando incluso una mirada superficial revelaba algo que no se deseaba conocer, por ejemplo un pasado nazi particularmente desagradable, el anticomunismo lo borraba todo de un modo eficaz. Y había otras alternativas. En los casos de los científicos deseados con un pasado nazi ferviente o brutal, el nombre del "activo" simplemente se borraba de las listas de los internos en los campos norteamericanos en Alemania. Con esta artimaña, el científico o "cerebro selecto" captivo o bien ya no existía o bien seguía desaparecido.

Entonces el nombre del científico, o del activo deseado en cuestión, podía aparecer en una nueva y limpia solicitud de visado para conseguir un empleo en Estados Unidos a través de una red clnadestina que servía para introducir a agentes en las zonas conflictivas o sacar de las mismas a los fugitivos. Como es lógico, la presión para mantener esas operaciones en secreto era considerable. Algunos científicos americanos habían protestado, y podría cundir el pánico entre la ciudadanía si trascendiera que en el país vivían nazis conspicuos. Era conveniente correr un tupido velo sobre estos casos. Este secretismo en parte todavía persiste.


Continuará...

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