jueves, 29 de enero de 2015

Las violaciones masivas soviéticas y la "liberación" de Auschwitz




Auschwitz (Polonia) es el más famoso de los campos de exterminio nazis. En realidad no se trató de un campo sino de un complejo de campos, y es un auténtico símbolo de la barbarie y la maldad. Allí se enviaron a cerca de un millón trescientas mil personas, de las que murieron un millón cien mil, en su inmensa mayoría (90%)  judías.

El 27 de enero se conmemoró el 70º aniversario de la liberación de Auschwitz. Aquel triste lugar en realidad fue ”liberado”, sin prisa, por el Ejército Rojo. Parece ser que dicha liberación se produjo casi de casualidad, pues los militares soviéticos que llegaron allí no tenían orden alguna al respecto. Es más, ignoraban la existencia del campo de exterminio. Encontraron a unos 7.500 supervivientes.


En enero de 1995, durante la celebración del 50º aniversario, Vasily Petrenko, perteneciente a una de las divisiones soviéticas que llegaron al campo del horror, pronunció estas palabras:

“El plan de ataque contemplaba la toma de Katowice. Pero sorprendentemente para nosotros, no había ninguna orden, ninguna mención siquiera en las cartas y planos militares, sobre el campo de exterminio. Y era claro que en Moscú lo sabían, sobre todo cuando después he sabido que había ya informes, desde el año 42, de la Inteligencia, que hay cartas de Roosevelt y Churchill comunicando sobre ello. Sabían incluso que allí había 12.000 prisioneros soviéticos, que están calificados como traidores en los informes por haberse dejado apresar. He encontrado pruebas de que en el “círculo interno” de Stalin se trató la cuestión de Auschwitz... y quedó desechada. Primero, porque no tenía ningún interés militar ni económico: lo que les interesaba era tomar la industria de Katowice; y, segundo, porque eran antisemitas y en eso los nazis les hicieron el trabajo sucio.”

Voy a explicar entonces por qué entrecomillo la palabra “liberación.

Es sabido que cuando los soviéticos entraron en Alemania, en las últimas etapas de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una oleada de violaciones generalizadas. No pocas de las víctimas eran además mutiladas y asesinadas. Acerca del número de mujeres alemanas violadas por el Ejército Rojo, dice Catherine Merridale que “la cifra más exhaustiva, que procede de Barbara Johr, es un total de dos millones en toda Alemania”. La cifra de los dos millones, que incluye niñas y ancianas, también es apoyada por otros autores, como Antony Beevor en su libro sobre la caída de Berlín. Unas doscientas mil murieron como consecuencia de las violaciones.



En su libro “La guerra de los ivanes”, Merridale cuenta con el testimonio de algunos antiguos componentes del Ejército Rojo. Así, Leonid Ravichev, por entonces oficial, cuenta:

“Mujeres, madres e hijas, yacen a derecha e izquierda a lo largo de la ruta, y delante de cada una de ellas se halla un ruidoso ejército de hombres con los pantalones bajados. A las mujeres que sangran o pierden el conocimiento se las aparta a un lado, y nuestros hombres disparan a las que tratan de salvar a sus hijas.”

Mientras tanto, había por allí un grupo de oficiales “sonrientes”, uno de los cuales estaba “dirigiéndolo, o, mejor dicho, regulándolo todo, con el fin de asegurarse de que todos los soldados sin excepción tomaran parte.”

Una noche Rabichev y sus hombres llegaron a un refugio alemán abandonado repleto de cadáveres de niños, hombres, mujeres y ancianos. “Evidentemente habían sufrido violaciones antes de morir”, dice. “Estábamos tan cansados que nos tendimos en el suelo entre ellos y nos quedamos dormidos”.



Al día siguiente, en otro edificio, encontraron cadáveres de mujeres con botellas introducidas en la vagina. Cuando los soldados estaban tan borrachos que no podían violarlas, las forzaban con botellas.

Y otro día, Rabichev fue “invitado” a elegir una chica alemana de entre un grupo de cautivas.

Otro testimonio es el del escritor y disidente Lev Kopelev, antiguo miembro de la Cheka y por entonces oficial soviético. Kopelev se quejó de los desmanes de sus compatriotas y fue arrestado por haber “incurrido en la propaganda del humanismo burgués que fomenta la compasión por el enemigo”.

En Neidenburg, Kopelev vio a una anciana sin vida: “Le habían arrancado la ropa, y entre sus huesudos muslos reposaba un auricular de teléfono”.

Cerca de la oficina de correos encontró a una mujer con la cabeza vendada, que apretaba la mano de una niña. Las dos lloraban, y las piernas de la niña estaban manchadas de sangre. Según le dijo la mujer, la niña era su hija y tenía trece años. Las habían sacado de casa a patadas, las habían golpeado y violado. A la niña la habían violado dos soldados, a la madre muchos más.

Otra mujer le pidió a Kopelev que le pegara un tiro.


Lev Kopelev


Marta Hillers, autora del libro autobiográfico “Una mujer en Berlín” y víctima también de una violación, cuenta la historia de un abogado que había permanecido junto a su mujer judía a lo largo de los años de gobierno nazi, negándose a divorciarse de ella a pesar de los riesgos que corría. Cuando llegaron los soviéticos le dispararon, y mientras se desangraba tres soldados violaron a su mujer delante de él.

Los soldados soviéticos violaban a las mujeres. De todas las edades, y no sólo a las alemanas o las húngaras (judías incluidas), también a las soviéticas, polacas, checoslovacas, rumanas o yugoslavas. 

El Ejército Rojo “liberaba” violando.

“No cabe duda de que las acciones de los hombres se vieron alentadas, si no orquestadas, desde Moscú”, escribe Catherine Merridale. Antony Beevor apunta que “en Moscú, Beria y Stalin sabían muy bien lo que estaba sucediendo. Cierto informe [Tkatchenko a Beria, GARF 9401/2/94] los puso al corriente de que “muchos alemanes declaran que todas sus compatriotas de Prusia Oriental que han quedado atrapadas en la región están siendo violadas por los soldados del Ejército Rojo”. Se referían numerosos casos de violaciones colectivas, “que incluyen a mujeres de menos de dieciocho años y ancianas”. De hecho, había víctimas de tan sólo doce años”.

El dramaturgo Zajar Agranenko, por entonces oficial de infantería de marina, escribió: “Los soldados del Ejército Rojo no creen en el “aleccionamiento individual” en lo referente a las mujeres alemanas. Nueve, diez u once hombres a la vez las violan de manera colectiva”.

Muchas mujeres se suicidaban.

No obstante, algo menos conocido, y más horroroso aún si cabe, es esto que cuenta Laurence Rees en su libro sobre Auschwitz:

“Nunca sabremos el número exacto de ataques sexuales perpetrados por los soldados soviéticos a medida que avanzaban a través de Alemania, así como el de los cometidos tras el final de la guerra, pero se trata de una cifra que con certeza ronda los centenares de miles. En años recientes, el sufrimiento de las mujeres alemanas en ciudades como Berlín ha recibido mucha publicidad. Sin embargo, la revelación de que mujeres que ya habían soportado toda clase de maltratos en Auschwitz y otros campos fueron posteriormente violadas por sus libertadores hace que toda la historia resulte aún más repugnante y asquerosa.”

Según relata Rees, Helena Citronova (quien, por lo visto, vivió una historia de amor con un tipo de las SS llamado Franz Wunsch) y su hermana Rozinka, presas judías liberadas de Auschwitz, escaparon de milagro a las violaciones y los asesinatos. Sobre los soldados soviéticos, cuenta Helena: “Iban borrachos, completamente borrachos. Eran como animales salvajes.” Los soldados entraban donde ellas dormían y “buscaban muchachas lindas para violarlas”. Ellas se salvaron porque parecían madre e hija, aunque Helena sufrió un intento de violación. A las demás mujeres “las oía gritar hasta que ya no tenían más fuerzas y se quedaban en silencio. Hubo casos de mujeres que fueron violadas hasta la muerte. Estranguladas. Yo volvía la cabeza porque no quería mirar y no podía ayudarlas. Tenía miedo de que nos violaran a mi hermana y a mí. Eran animales. No importaba dónde nos escondiéramos: ellos encontraban los lugares en los que nos ocultábamos y violaban a algunas de mis amigas; les hicieron cosas horribles. Hasta el último minuto no podíamos creer que sobreviviríamos. Pensábamos que si no nos habían matado los alemanes, nos matarían los rusos.”


Helena Citronova


Efectivamente, los violadores del Ejército Rojo no dudaban también en atacar a ex prisioneras de los campos nazis. Aunque para aquellas mujeres lo peor era provenir además de la URSS. Escribe Rees:

“Pese a lo terrible que sin duda fue la violación de las antiguas internas de los campos de concentración por parte de los soldados del Ejército Rojo, el sufrimiento que éstos infligieron a sus propios compatriotas a medida que “liberaban” los campos resulta particularmente inquietante. Stalin había dicho que los alemanes no tenían en su poder a prisioneros de guerra soviéticos, sino a “traidores a la patria”.

Por su parte, dice Beevor:

“Sin embargo, resulta aún más chocante el que los oficiales y soldados del Ejército Rojo violasen también a mujeres y niñas ucranianas, rusas y bielorrusas liberadas de los campos alemanes de trabajo forzado. Muchas de las jóvenes tenían tan sólo dieciséis años cuando las llevaron al Reich, mientras que otras no contaban más de catorce. Las violaciones generalizadas de mujeres arrancadas a la fuerza de la Unión Soviética socava por completo cualquier intento de justificar el comportamiento del Ejército Rojo en virtud de un deseo de venganza por la brutalidad demostrada por los alemanes durante su invasión. De este hecho no sólo dan fe los cuadernos inéditos de Vasily Grossman, sino que existe un informe mucho más detallado que va más allá”.

El informe, remitido a Malenkov por el Comité Central del Komsomol (juventudes comunistas) el 29 de marzo de 1945, habla de numerosas violaciones a prisioneras soviéticas supuestamente liberadas por sus compatriotas. Una de ellas, Maria Shapoval, llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército Rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de seguir con vida”. Otra, Klavdia Malaschenko, aseguraba: “Resultaba difícil vivir con los alemanes, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos tratan de un modo terrible, y nos hacen cosas espantosas”.

En el Ejército Rojo existía la idea generalizada de que las mujeres y niñas soviéticas prisioneras en Alemania “se habían vendido a los germanos”. Las llamaban “muñecas alemanas”, e incluso les dedicaron una canción:

Las jóvenes sonríen a los alemanes,
y se han olvidado de sus novios.
Cuando llegan tiempos difíciles olvidáis a vuestros halcones
y os vendéis a los alemanes por un mendrugo.

Eva Shtul tenía 19 años en 1945:

“Mi padre y dos de mis hermanos se alistaron en el Ejército Rojo al principio de la guerra. Los alemanes no tardaron en llegar y me trajeron a la fuerza a su país. He estado trabajando en una de sus fábricas, llorando y esperando el día de la liberación, hasta que llegó el Ejército Rojo y sus soldados me deshonraron. Lloré y le hablé al oficial superior de mis hermanos que servían en el ejército, y él me golpeó y me violó. Habría sido mejor que me hubiera matado”.

Aunque no padecieran violaciones, la suerte de los prisioneros soviéticos “liberados”, por lo general, dejaba bastante que desear. La primera prioridad que tenía el Ejército Rojo con respecto a ellos no era otorgarles los cuidados médicos, sino investigarles para castigar a los traidores. Y la segunda prioridad era la reeducación política para eliminar la contaminación foránea. Ante la gran necesidad de refuerzos que tenían los soviéticos, muchos fueron reincorporados al ejército e investigados de nuevo tras la guerra.

Tatiana Nanieva era enfermera del Ejército Rojo cuando fue capturada por los alemanes en 1942. Durante su internamiento fue testigo de múltiples violaciones de sus compañeras por parte de los nazis. En 1945, cuando fue a recibir loca de alegría a sus compatriotas, que venían a “liberarla”, dos oficiales soviéticos se le acercaron y uno de ellos, borracho, le gritó: “¿Así que os habéis dado la gran vida aquí, putas?”

Acusada de “traición a la madre patria”, fue condenada a seis años en el Gulag y otros tres de destierro y pérdida de todos sus derechos. Su “crimen” había sido dejarse capturar por los alemanes en lugar de suicidarse. Escribe Rees:

“Nos han enseñado que la segunda guerra mundial finalizó en Occidente en 1945. Aquel año los aliados acabaron con el nazismo y permitieron comenzar de nuevo. Pero para Tatiana Nanieva y millones de soviéticos como ella, 1945 no representó el fin del sufrimiento, sino el comienzo de la siguiente fase. No dejó de padecer por culpa de la guerra hasta que entregó su último aliento, en 1998.”

Pavel Stenkin, prisionero en Auschwitz desde octubre de 1941, escapó del campo en 1942 y consiguió volver a unirse al Ejército Rojo. Entonces fue interrogado durante semanas y después enviado al exilio en los Urales, donde le obligaban a trabajar durante el día y a responder a interrogatorios por las noches. Stenkin fue condenado a varios años de prisión, bajo falsas acusaciones, y liberado en 1953, tras la muerte de Stalin.

Como escribe Rees:

“Para los británicos y los estadounidenses, la segunda guerra mundial ha alcanzado casi la dimensión mítica de una batalla entre el “bien” y el “mal”. Sin embargo, aunque el nazismo fue derrotado y no hay discusión sobre lo mucho que el mundo se benefició de la desaparición de semejante azote, la historia de lo que siguió a continuación no es tan simple como el mito popular podría hacernos pensar. En el caso de los prisioneros soviéticos liberados por el Ejército Rojo –y, de hecho, en el de muchas otras personas en Europa oriental-, ciertamente los “finales felices” fueron pocos”.

Para Rees, más de un millón de soldados soviéticos fueron encarcelados dos veces, una por los alemanes y otra por sus compatriotas.

Según Antony Beevor, en diciembre de 1946 habían regresado a la URSS cinco millones y medio de personas “de los que 1.833.567 habían sido prisioneros de guerra. Más de un millón y medio de miembros del Ejército Rojo a los que habían capturado los alemanes fueron enviados o bien al Gulag (339.000 de ellos) o a los batallones de trabajos forzados de Siberia o del extremo norte, que apenas si eran mejores. Los civiles que habían sido llevados a la fuerza a Alemania eran “enemigos en potencia del Estado”, por lo que debían someterse a la vigilancia del NKVD. También se les prohibió acercarse a menos de cien kilómetros de Moscú, Leningrado o Kiev, y sus familiares siguieron siendo sospechosos. En una fecha tan reciente como 1998, los formularios que había que presentar para entrar en un instituto ruso de investigación contenían aún una sección en la que se preguntaba si algún miembro de la familia del solicitante había estado en un “campo de prisioneros para enemigos”.

Los acusados de colaborar con los alemanes que no fueron ejecutados y sobrevivieron a los trabajos forzados, no recuperaron sus derechos civiles hasta 1995.

Para acabar, voy a relatar la vida de una mujer cuyas tristes experiencias fueron paradigmáticas de toda esta historia.

Violeta Friedman nació en Transilvania, en 1930, en el seno de una familia judía. Vivió en España desde 1965 hasta su muerte, en el año 2000. Es conocida en nuestro país no solo por haber estado internada en Auschwitz, sino también por haber demandado en 1985 al antiguo oficial belga de las Waffen-SS, Léon Degrelle. Degrelle, también residente en España por entonces, había insinuado públicamente la inexistencia del Holocausto y de las cámaras de gas a la vez que hacía apología del nazismo. Después de un proceso que duró varios años y que se hizo muy famoso, en 1991 una sentencia del Tribunal Constitucional condenó a Degrelle a pagar una fuerte multa por atentar contra el honor de las víctimas del Holocausto. La sentencia sentó precedente para la reforma de nuestro Código Penal en 1995, cuando se tipificó la apología de los delitos de genocidio.

En 1995 Violeta Friedman, animada por la escritora Ángeles Caso, publicó sus memorias. Ahí relata cómo en 1944 ella y toda su familia fueron deportadas a Auschwitz junto a cientos de miles de judíos húngaros. Por entonces Violeta tenía 14 años. En el campo nazi perdió a sus padres, a sus abuelos, a su bisabuela, a varios tíos y a algunas amigas. De su familia solo su hermana Eva y ella sobrevivieron.

Poco antes de la llegada de los soviéticos al campo, ella y otras prisioneras fueron evacuadas por los nazis y abandonadas en una fábrica de ladrillos, aún en territorio polaco, donde las encontrarían los soldados del Ejército Rojo. Permanecieron sin un lugar al que ir o en el que encontrar comida (“tampoco los rusos nos hicieron sentir seguras: no nos mataron, es cierto, ni nos hicieron daño, pero tampoco nos ofrecieron su protección o su ayuda”). Violeta estaba enferma de tuberculosis ósea. Se instalaron en un pueblo cercano donde procuraban moverse siempre en grupo, ya que finalmente algunas de las prisioneras liberadas habían sido “violadas por soldados rusos”.

En abril de 1945, Violeta y las demás prisioneras liberadas fueron enviadas a un campo de concentración soviético en Polonia. Así lo cuenta en sus memorias, en unas líneas que no tienen desperdicio:

“A principios de abril se presentaron un día los rusos para decirnos que nos preparásemos: iban a llevarnos a un campo de concentración. Nosotras no comprendíamos por qué. Luego supimos que a todos los que habían trabajado para los alemanes, voluntariamente o a la fuerza, los consideraban colaboradores y, por lo tanto, enemigos. ¡Colaboradores de los nazis! ¡Nosotros, que habíamos sido secuestrados, despojados de todo, torturados, asesinados por los nazis, fuimos considerados por los rusos colaboradores suyos! Éste fue el trato que nos dieron a los supervivientes liberados por ellos.

Creo que no se ha hablado lo suficiente de este asunto. En esos días finales de la guerra, y después de terminada, empezaron a llegar a la Unión Soviética transportes con prisioneros de los nazis que eran condenados por los rusos a trabajos forzados. Eso fue lo que le ocurrió a mi primo hermano Ernö: él había sido reclutado para realizar trabajos forzados en el frente. Al avanzar los rusos, fue detenido junto a otros esclavos judíos húngaros. Los acusaron de colaboradores –precisamente ellos que habían sido aliados de Hitler- y los enviaron a la Unión Soviética a hacer trabajos forzados. Mi primo sólo pudo regresar a casa en 1948, tres años después del final de la guerra. No sé si fue por ignorancia o por mala fe y antisemitismo, pero ésa es la desdichada verdad.

En cambio, los supervivientes de los campos que fueron liberados por los aliados, norteamericanos, británicos o franceses, tuvieron mucha mejor suerte. Los americanos, especialmente, se ocuparon magníficamente bien de todos ellos, llevándolos a hospitales, alimentándolos y repatriándolos cuando fue posible.”

Recordemos que entonces Violeta tenía 15 años. A continuación reconoce que las condiciones de vida en el campo soviético, aunque precarias, no eran tan malas como en Auschwitz. Y que, sobre todo, allí no había cámaras de gas. No obstante, los prisioneros judíos compartían cautiverio con otros italianos y alemanes, y todavía allí tuvieron que aguantar de los segundos insultos e improperios.

Tras el fin de la guerra en Europa, Violeta logró fugarse del campo una noche con un grupo de mujeres judías. Consiguió volver a Rumanía y se instaló en casa de unos familiares. Debido a la implantación de las dictaduras comunistas en Europa del Este (o sea, en la que habían "liberado" los soviéticos), Violeta y los suyos huyeron a Canadá en 1948. Años después se afincó definitivamente en España.


Violeta Friedman


Como posdata, hay que señalar que Stalin fue “el primer negador del genocidio nazi” (en palabras de Martin Amis). Para los dirigentes de la URSS resultaba peligroso mostrar a los judíos como víctimas escogidas y concretas de una gran persecución, en primer lugar por el poder que eso les podría otorgar, y en segundo lugar porque muchos ciudadanos soviéticos habían colaborado con los nazis y participado en las persecuciones. Se prefirió entonces simplemente hablar del conjunto de las víctimas soviéticas del nazismo. Hasta 1989 ni el Museo de Auschwitz ni el monumento erigido en Majdanek ponían de relieve a las víctimas judías. De igual modo, el informe elaborado en Kiev por los soviéticos sobre la matanza de Babi Yar no hablaba de judíos, sino de la muerte de “pacíficos ciudadanos soviéticos”.


Más información:

-AAVV, “Crónica del Holocausto” (Libsa, 2002).

-Amis, Martin, “Koba el Temible” (Anagrama, 2004).

-Anónima (Marta Hillers), “Una mujer en Berlín” (Anagrama, 2005).

-Beevor, Antony, “Berlín. La caída: 1945” (Crítica, 2002).

-Friedman, Violeta, “Mis memorias” (Planeta, 2005).

-Merridale, Catherine, “La guerra de los ivanes: El Ejército Rojo (1939-1945)” (Debate, 2007).

-Rees, Laurence, “Auschwitz: Los nazis y la “Solución Final”” (Crítica, 2005).

-Rees, Laurence, “Los verdugos y las víctimas” (Crítica, 2008).



8 comentarios:

  1. Impresionante. Testimonio crudo de lo que el ser humano es capaz de llegar a hacer en una guerra. Las bestialidades que se llegaron a hacer son para hacer diez millones de películas y como siempre, lo has bordado.

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  2. ¿Alguna estimación del número de ciudadanas sovieticas violadas por los nazis? Por comparar...

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    1. Por lo que sé, y según escribe el historiador Norman Davies en su libro "Europa en guerra 1939-1945", "los soldados de la Alemania nazi perpetraron violaciones a escala masiva", y en el frente oriental seguramente fueron varios millones.

      Lo que no entiendo es la comparación: un crimen no anula otro crimen.

      Por otro lado, se supone que en este caso el papel asignado a cada ejército es distinto: todo el mundo sabe que la invasión nazi de la URSS tuvo un propósito de conquista y exterminio, ergo podemos esperar cualquier cosa de los soldados de Hitler. Sin embargo el Ejército Rojo tenía que servir para liberar a los pueblos del yugo fascista, no para violar en masa.

      Probablemente todos los ejércitos participantes en aquella guerra tuvieron violadores en sus filas, pero hubo dos que violaron por sistema: el japonés y el soviético. En el caso del segundo, y como pone arriba, no es posible excusar las agresiones alegando un afán de venganza por los crímenes cometidos por los alemanes, puesto que las mujeres violadas eran de múltiples nacionalidades, es decir, de todos los países que "liberaba" el Ejército Rojo, el cual además contaba con el aval de sus altos mandos. Así, cuando Milovan Djilas se quejó a Stalin de que los soldados soviéticos violaban a mujeres yugoslavas, este le respondió que qué tenía de malo divertirse un poco con una mujer después de pasar por los horrores de la guerra.

      En su libro "La tormenta de la guerra", el historiador Andrew Roberts escribe:

      "No fueron las mujeres alemanas las únicas que sufrieron. Con frecuencia, las polacas, las judías supervivientes de los campos de concentración, incluso las prisioneras de guerra soviéticas liberadas fueron violadas a punta de pistola, a menudo por hasta una docena de soldados. Dado que la orden n.º 227 decretó que los rusos que se hubieran rendido a los alemanes eran traidores, las violaciones en masa de prisioneras de guerra rusas estaban permitidas, incluso previstas de antemano."

      Finalmente, hay otro acontecimiento que echa definitivamente por tierra la excusa de la venganza: cuando en agosto de 1945 el Ejército Rojo invadió Manchuria, hubo violaciones masivas de japonesas y chinas. Y los soviéticos no tenían que vengarse de ningún crimen japonés... y menos aún chino.

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  3. Que pena saber hasta donde llega la mente de los que en ese entonces dirigían a estos soldados

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  4. No se... sabia de violaciones alemanas... pero ahora con esto.. mi prejuicio hacia los rusos es cada vez peor... son asquerosos, racistas, sexistas y Homofóbicos aun en pleno 2016 con la supuesta modernidad, me imagino que antes eran peor que animales.

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  5. Cómo que no es muy objetivo este post, osea y los 2 millones de violaciones por parte de los aliados (EE.UU) ??? hay un libro de una alemana que cuenta sobre su vivencia en berlin y de como no solo los rusos eran unos desgraciados sino que los otros libertadores también se comportaron de la misma manera

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    1. La cifra de dos millones de violaciones en Alemania se imputa al Ejército soviético. Como se cuenta más arriba, la documentó Antony Beevor en su obra sobre la batalla de Berlín, aunque procede de Barbara Johr. Solo en esa ciudad hubo cien mil violaciones. El libro del que hablas supongo que es la autobiografía de la periodista Marta Hillers, "Una mujer en Berlín" -del que también hablo arriba-, que publicó de forma anónima tras la guerra. Cuanta cómo ella y otras mujeres fueron violadas, pero no por los estadounidenses, claro, sino por los soviéticos, que fueron los que ocuparon la ciudad en 1945. Efectivamente hubo casos de violaciones por parte de los Aliados occidentales, pero en un número muchísimo menor (https://es.wikipedia.org/wiki/Violaciones_durante_la_ocupaci%C3%B3n_de_Alemania).

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