jueves, 23 de junio de 2016

El Holocausto y el mito de la Gran Guerra Patria (I)




En mayo de 1942, el alcalde ruso, el destacado jurista soviético Boris Menshagon, sugirió a los alemanes que la limpieza del gueto mejoraría las condiciones de vida de los rusos. Pocas semanas más tarde, los policías locales rusos ayudaron a los alemanes a asesinar al remanente de judíos de Smolensk.

Timothy Snyder


Hace 75 años, en el verano de 1941, Alemania invadió la Unión Soviética en la llamada Operación Barbarossa. Comenzó así lo que los soviéticos denominarían Gran Guerra Patria, una de las mayores, más brutales y más duraderas campañas terrestres de la historia. También en aquel verano, los nazis empezaron a asesinar en masa a los judíos, y lo hicieron precisamente en los territorios que iban ocupando de la URSS. Es decir, en ese momento empezó el Holocausto propiamente dicho. La coincidencia en tiempo y lugar de ambos trágicos acontecimientos no fue nada casual.





Vivimos una época de grandes desmitificaciones históricas, sobre todo referentes a hechos recientes. Así, en su reciente libro "Tierra negra" (Galaxia Gutenberg, 2015), Timothy Snyder da una visión del Holocausto bastante novedosa y más estremecedora, si cabe, que la que teniamos hasta ahora. Entre otras cosas, explica por qué los nazis empezaron a matar en masa a los judíos solo después de iniciar su invasión de la URSS, el 22 de junio de 1941. Efectivamente, hasta aquel momento los nazis se habían limitado a hacer la vida imposible a los judíos para que emigraran, tanto de su país como de los que se habían anexionado o invadido. O los habían encerrado en guetos, en Polonia, pero no habían comenzado a asesinarlos sistemáticamente. ¿Por qué el Holocausto empezó con la Operación Barbarossa? Las causas que apunta Snyder son básicamente dos: la doble ocupación -soviética y nazi- de Europa oriental, que conllevó la destrucción de varios Estados, y la colaboración de muchos ciudadanos soviéticos en las masacres. Este colaboracionismo socava el mito de una población soviética defendiendo su patria como un solo hombre contra el invasor fascista.



El genocidio judío comenzó pues en los territorios que fueron doblemente ocupados, por los soviéticos y por los nazis. Es decir, como señala Snyder, en los lugares en los que se produjo el colapso de ciertos Estados donde los judíos eran ciudadanos. Por otro lado, cientos de miles de ciudadanos soviéticos colaboraron con los nazis mientras duró el enfrentamiento entre Alemania y la URSS. La Unión Soviética fue el único país invadido por el Reich en el que este obtuvo una masa de colaboracionistas, no ya desde antes de concluir la invasión (cosa que nunca lograría), sino desde los primeros días del conflicto. La Unión Soviética fue además el lugar en que los alemanes reclutaron más extranjeros para vestir su uniforme -seguramente más de un millón-, y con mucha diferencia. En estos aspectos, la URSS fue excepcional. En su gran mayoría, esas personas no eran terratenientes ni de derechas, sino gente humilde que había sido educada bajo el régimen soviético. Muchas, de hecho, eran comunistas. No todas participaron en matanzas, pero sí apoyaron la causa hitleriana de una u otra forma.

En 1939 Alemania y la Unión Soviética firmaron una alianza por la que, entre otras cosas, se repartían zonas de influencia en Europa. A los soviéticos les tocó la mitad oriental de Polonia (que invadieron conjuntamente con los alemanes), Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia, Besarabia y el norte de Bucovina, lo que dio la oportunidad a Stalin de recuperar muchos territorios perdidos por el Imperio ruso tras la Primera Guerra Mundial. En el verano de 1940 la URSS se había anexionado ya todos esos territorios salvo Finlandia, de la que solo se pudo apropiar de algunas regiones orientales debido a la fuerte resistencia opuesta por los fineses durante la Guerra de Invierno. La cosa quedó como en el mapa de la derecha:



Un año más tarde, cuando Hitler se lanzó a su vez a invadir la Unión Soviética, los primeros territorios que fueron ocupados por los nazis y sus aliados fueron precisamente los que se había anexionado Stalin gracias a su pacto con Alemania. Y allí comenzaron las matanzas de judíos. En palabras de Snyder:

Al invadir la Unión Soviética en 1941, los alemanes encontraron un terreno donde podían hacer todo lo que quisieran, donde podían matar a judíos de forma masiva por primera vez. Fue en la zona de doble ocupación, donde el dominio soviético precedió al alemán, donde después de que los soviéticos destruyeran los Estados de entreguerras, los alemanes aniquilaron las instituciones soviéticas; fue en esa zona donde se perfiló la Solución Final. De los dos millones de judíos [polacos] que cayeron bajo el dominio alemán en 1939, prácticamente todos murieron. Lo mismo puede decirse de los dos millones de judíos que sufrieron la invasión soviética entre 1939 y 1940. De hecho, los judíos que cayeron incialmente bajo el dominio soviético fueron los primeros en ser asesinados en masa por los alemanes.

En la Polonia anterior a la guerra el antisemitismo estaba en auge, pero no por motivos raciales, sino políticos y económicos. El desempleo rural superaba el 50%, y los judíos empezaron a ser tomados como un "excedente de población". A partir de 1935, los judíos vieron recortados sus derechos en Polonia, y las autoridades polacas comenzaron a planear su salida del país. Nunca se pensó en asesinarlos ni en deportarlos a un lugar inhóspito, como querían hacer los nazis, sino en forzar su emigración a un Estado hebreo en Palestina (por entonces bajo control británico). De hecho, Polonia llegó a entrenar, financiar y armar a miembros del Irgún.

En 1939 los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) estaban dirigidos por regímenes autoritarios de derechas, pero no antisemitas. Baste decir que Lituania fue un importante refugio para los judíos: 23.000 de ellos se escaparon a aquel país entre 1938 y 1939, huyendo de los nazis o de los soviéticos. Uno de ellos, Raphael Lemkin, inventaría más tarde el término "genocidio".

Entre septiembre y octubre de 1939 se consumó la ocupación de Polonia por parte de Alemania y la URSS y dio comienzo la Segunda Guerra Mundial en Europa (el Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania pero no a la URSS, aunque el delito de ambas era el mismo). Nazis y soviéticos borraron literalmente del mapa al Estado polaco bajo la premisa de que su existencia no tenía sentido. Es más, para ellos en realidad Polonia nunca había existido.


Mapa adjunto adjunto al Tratado Germano-Soviético de Amistad, Cooperación y Demarcación (28 de septiembre de 1939), con las firmas de Stalin y Von Ribbentrop


Gran parte del oeste del país fue anexionada al Reich, mientras que Polonia central se transformó en una colonia alemana llamada Gobierno General. En la Polonia controlada por los nazis, los judíos perdieron de un plumazo sus derechos y comenzaron a ser encerrados en guetos, algo que hasta entonces no había ocurrido con los judíos alemanes. Al dejar de existir su Estado, los judíos polacos ya no eran ciudadanos de ningún lugar, eran apátridas. El principio de la ciudadanía fue sustituido por el principio de la raza. Entonces, los polacos que no eran judíos comenzaron a señalar a estos ante los nazis porque no querían que los trataran igual de mal. Los judíos perdieron todas sus posesiones que pasaron a manos de los alemanes... o de sus vecinos polacos. Mientras muchos judíos desaparecían, muchos polacos consideraron aceptable quedarse con sus propiedades. Este robo no los convertía en aliados de los nazis, pero sí los obligaba a tratar de justificarse por lo que habían hecho y a apoyar cualquier política que impidiese a los judíos recuperar lo que había sido suyo. Además, en el Gobierno General ayudar a los judíos estaba castigado con la pena de muerte.

En los guetos polacos, los judíos estaban sometidos a una farsa de autoridad hebrea instituida por los nazis llamada Judenrat, que se encargaba de ejecutar las órdenes alemanas. A su vez, los Judenräte controlaban una policía judía. Esta policía comenzó a detener a sus correligionarios en 1941 para deportarlos desde los guetos a los campos de trabajos forzados. Y en 1942, a campos de exterminio.

Si para Marx la historia se explicaba por la lucha de clases, para Hitler se explicaba por la lucha de razas. Las razas eran como las especies: competían entre sí y la ley de la selva era la única ley. "La naturaleza -escribió en Mi Lucha- no sabe de fronteras políticas: sitúa formas de vida sobre el globo terrestre y las libera para que jueguen por hacerse con el poder". En esa lucha, solo sobrevivirían las razas más fuertes. Este pensamiento no era tan extraño en aquel momento: desde finales del siglo XIX, la idea de la selección natural de Darwin, la competencia como un bien para la sociedad, llegó a influir en todas las principales formas de la política. Para los defensores teóricos del capitalismo, el mercado era como un ecosistema en el que sobrevivían los mejores y los más fuertes. Los marxistas, por su parte, también veían la lucha de clases como algo científico.

En la visión hitleriana del mundo, las razas competían por el control del espacio del que dependía su alimentación, es decir, su supervivencia. Era pues un espacio vital: en alemán, Lebensraum. A partir de ahí, según Hitler, los judíos no eran una raza inferior ni superior, sino una antirraza. Los judíos habían creado los mandamientos bíblicos que, según él, se oponían a las leyes de la naturaleza. Conceptos como el de la piedad para Hitler eran nefastos, porque daban alas a los débiles. Con su religiosidad, los judíos habían introducido la falsa distinción entre política y naturaleza, entre humanidad y lucha. Si el hombre solo puede sobrevivir a través de una matanza racial incontrolada, el triunfo del ideal judío únicamente podía significar el fin de la especie humana. El cacao de ideas religiosas y biológicas que tenía Hitler en la cabeza llegaba a su culmen cuando se reconciliaba con Dios, creador de esa vieja Tierra de razas y exterminio: "Por lo tanto, creo actuar de acuerdo con los deseos del Creador. En la medida en que domine a los judíos, estaré defendiendo la obra del Señor".

Siguiendo con las interpretaciones hitlerianas, los judíos no se conformaban con conquistar un determinado hábitat, como hacían otras razas, sino que buscaban dominar el conjunto del planeta. Para ello, inventaban ideas que alejaban a las razas de la lucha natural. Toda actitud no racista era judía, según Hitler, y toda idea universal, un mecanismo de dominio hebreo. Así, tanto el capitalismo como el comunismo, el pacifismo, el internacionalismo y la democracia, eran obra de los judíos: tretas para dominar el mundo. "Su meta final es la desnacionalización", escribió sobre los judíos, "la bastardía total de los otros pueblos, el rebajamiento del nivel racial de los superiores, así como el dominio sobre esa maraña de razas por medio del exterminio de las inteligencias nacionales y su sustitución por miembros de su propio pueblo". Y añadía: "Si el judío, con la ayuda de su credo marxista, triunfa sobre los pueblos de este mundo, su corona será la corona funeraria de la humanidad; entonces este planeta vagará por el éter vaciado de seres humanos como hace millones de años". A su vez, el comunismo era "hijo ilegítimo del cristianismo", ambos eran "invenciones de los judíos". Jesús era un enemigo de los judíos cuyas ideas habían sido pervertidas por Pablo para transformarse en otro falso universalismo judío: el de la piedad hacia los débiles. Por otro lado, la idea del Estado también era judía. "El objetivo supremo de los seres humanos", escribió, no era "la preservación de ningún Estado o gobierno dados, sino la preservación de su especie". Por tanto, las fronteras de los Estados carecían de importancia, ya que serían borradas por las fuerzas de la naturaleza en la lucha racial.

Queda claro que según la cosmovisón de Hitler, el problema del mundo eran los judíos, que manejaban a la humanidad con engaños y falsas promesas. De esa forma se habían hecho con el Imperio ruso: engañando a los eslavos, que eran una raza inferior y por tanto maleable, con la falsa idea del comunismo. Esta era la base del mito judeobolchevique: los judíos como artífices del comunismo y del régimen soviético. La solución era invadir la URSS y después segregar a los judíos y obligarlos a vivir en un lugar inhóspito y despoblado donde no podrían ya manipular a nadie y sucumbirían a la ley de la selva. Primero pensó en una isla lejana (Madagascar) y más tarde en las estepas siberianas. En el verano de 1941 comentó que le resultaba indiferente que se enviase a los judíos a un lugar o a otro. Poco después, sus hombres empezaron a fusilar a judíos por decenas de miles en las zonas ocupadas de la URSS.

Hitler estaba dispuesto a invadir el Estado soviético, que sería aplastado en pocas semanas, y entonces sus judíos, junto a otros grupos, podrían ser enviados a Siberia. Sabemos que se equivocaba en todo, pero es que errar formaba parte esencial del pensamiento nazi. El Führer jamás se equivocaba, solo el mundo se equivocaba, y cuando esto ocurría, los judíos cargaban con la culpa.

Aparte de los judíos, otra obsesión de Hitler era la del espacio vital y la alimentación, como ya hemos dicho. En la Primera Guerra Mundial, Alemania no solo perdió sus colonias, sino que además cientos de miles de sus ciudadanos murieron de hambre debido al bloqueo naval británico. Para evitar que algo así volviera a ocurrir, los alemanes necesitaban disponer de nuevo de un imperio colonial, igual que otras potencias, pero no en ultramar, sino en la misma Europa. De esa forma, Alemania tendría siempre a su alcance todos los alimentos que necesitase, sin ningún coste y sin depender de las vías marítimas controladas por los británicos. Hay que decir que el Führer no llegó a conocer los resultados del desarrollo agrícola, la llamada revolución verde, que habrían pulverizado todas sus teorías. En todo caso, desde la Revolución Industrial el bienestar de un territorio no depende de su tamaño, sino de su nivel tecnológico. De hecho, existen países pequeños y prósperos y otros inmensos y pobres. El pensamiento de Hitler en este aspecto era muy antiguo, estaba anclado en la era preindustrial. Pero en fin, para los imperialistas alemanes y para el propio Hitler, el modelo era Estados Unidos. La colonización de aquel país, despreciando completamente la vida de los indígenas, era el camino a seguir. El lugar a colonizar, el Lebensraum, serían los territorios al este de Alemania. Los indígenas, una raza inferior, eran el grupo cultural más grande de Europa: los eslavos. "Los eslavos nacen como una masa servil que clama a gritos a su amo", escribió Hitler. Le interesaba sobre todo Ucrania, el granero de Europa: "Necesito Ucrania para que nadie sea capaz de volver a matarnos de hambre, como en la última guerra". Según Hitler, los eslavos nunca se habían gobernado a sí mismos. El Imperio ruso había sido creado por "una clase alta y una intelligentsia básicamente alemanas". De no haber sido así, "los rusos seguirían viviendo como conejos". Esta visión hitleriana de los eslavos como un grupo a esclavizar no era nueva, sino heredera por un lado del pensamiento pangermanista de Houston Stewart Chamberlain, que a su vez había asimilado las ideas racistas de Gobineau. Por otra parte, la palabra "esclavo" deriva etimológicamente de "eslavo", e históricamente el término proviene de la Edad Media, cuando los eslavos eran capturados y esclavizados por los germanos y los sarracenos. Como los pueblos del sur de Europa, los eslavos eran el resultado de la degeneración de la raza aria por mezclarse con otros pueblos inferiores.

Tras la Guerra Civil Rusa, la mayoría de los territorios del Imperio ruso dieron lugar a la Unión Soviética. Recordemos que para Hitler el comunismo era un invento judío, de modo que la aparición de la URSS no era sino el resultado de que los eslavos hubieran aceptado como nuevos líderes a los judíos. La interpretación hitleriana de la Revolución bolchevique como proyecto judío -el mito judeobolchevique- tampoco era en absoluto insólita: Winston Churchill y Woodrow Wilson la entendían de forma similar. Otra cosa era la conclusión: que Alemania podría convertirse en superpotencia haciendo desaparecer a los judíos del este de Europa y derrocando el régimen soviético. El Volga era el límite más lejano del poder alemán que imaginaba Hitler. Si se ganaba la guerra, los judíos se eliminarían cuando conviniese. Si la guerra no iba bien, los judíos tendrían que atenerse a las consecuencias. En cualquier caso, la creación de un imperio racial tendría como resultado la erradicación judía.


El Lebensraum hitleriano


Una vez que los alemanes sustituyeran a los judíos como amos de las colonias, los alimentos procedentes de Ucrania podrían ser desviados desde las absurdas poblaciones soviéticas hacia las agradecidas ciudades germanas y hacia una Europa sumisa. Surgió así la idea nazi del Plan del Hambre, según el cual "muchas decenas de millones de personas en este territorio pasarán a ser innecesarias y morirán o tendrán que emigrar a Siberia".

Como ya hemos dicho, si la guerra no marchara según lo previsto, si los soviéticos se resistían a ser derrotados, los nazis tendrían que intensificar la lucha contra los judíos. Es decir, tendrían que exterminarlos por fases. Y así fue. No se empezó a asesinar a los judíos de toda Europa a la vez, primero fue a los soviéticos. Conforme la guerra se recrudecía y cambiaban las tornas, la matanza se desplazó hacia el oeste, a la Polonia ocupada. Y de ahí al resto de Europa.

Antes de 1917, la Rusia Imperial había sido tierra natal de muchos más judíos que ningún otro lugar del mundo, a la vez que un país con un antisemitismo muy activo fomentado por las autoridades. Al fin y al cabo, fue la policía secreta zarista quien creó Los Protocolos de los Sabios de Sion. Desde finales del siglo XIX, los pogromos eran cada vez más intensos y frecuentes. Durante la Primera Guerra Mundial se culpó a los judíos de las derrotas rusas, el Ejército imperial deportó a cientos de miles de ellos, y sus vecinos e incluso los propios soldados se quedaron con sus propiedades. Obviamente esta situación hizo que muchos judíos rusos emigraran, lo que provocó en el resto de Europa la sensación de que estaban por todas partes. Después de la Revolución de Febrero de 1917, mientras el Imperio ruso se transformaba en república, los judíos recuperaron sus derechos y se convirtieron en ciudadanos. Resulta curioso que Hitler los identificara con el triunfo de la Revolución bolchevique cuando fue Alemania quien la instigó para sacar a Rusia de la guerra. Efectivamente, en abril de 1917 los alemanes organizaron el traslado de Lenin desde Suiza a Petrogrado en un tren precintado. El triunfo de los bolcheviques unos meses más tarde se tomó como una gran victoria alemana.

En Moscú, muchos judíos refugiados se unieron a Lenin creyendo que les traería una vida mejor, aunque los primeros pogromos tras la revolución los llevó a cabo el Ejército Rojo. No obstante, en teoría los bolcheviques no eran antisemitas. Entre los blancos, en cambio, predominaba el antisemitismo, básicamente de origen cristiano. Ellos desarrollaron el mito judeobolchevique, muy influido por Los Protocolos de los Sabios de Sion. La idea del poder judío global permitía culpar a los hebreos de una doble catástrofe: la derrota militar y la revolución.


Cartel propagandístico de los rusos blancos que muestra a Trotsky como símbolo del judeobolchevismo


Alemania apoyó a los revolucionarios de octubre de 1917 para, no mucho después, estar del lado de los contrarrevolucionarios. Gracias al Tratado de Brest-Litovsk, firmado con los bolcheviques en marzo de 1918, los alemanes construyeron una cadena de Estados satélites entre el mar Báltico y el mar Negro. El más importante de todos era Ucrania.



Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Polonia, Besarabia y Ucrania. Curiosamente, en esos mismos territorios comenzaría el Holocausto veintitrés años más tarde.

El plan alemán en 1918 era retirar tropas del este para librar una batalla definitiva en el frente occidental y, a la vez, abastecer a los germanos con los cereales ucranianos. Lamentablemente para ellos esta situación solo duró unos meses, porque en noviembre Alemania firmó el armisticio. Entonces los bolcheviques trataron de recuperar los territorios perdidos, y los soldados alemanes se quedaron para luchar contra ellos. El Ejército Rojo de Trotsky reconquistó dos: Bielorrusia y Ucrania. En este último lugar hubo una complicada guerra civil en la que cientos de miles de judíos fueron asesinados a manos de todos los bandos.

La victoria bolchevique en la Guerra Civil Rusa provocó un exilio masivo. Cientos de miles de súbditos imperiales rusos inundaron Alemania. Algunos de ellos llevaban Los Protocolos de los Sabios de Sion, que fueron publicados en alemán en 1920. Y uno de los que los leyeron y asimilaron el mito judeobolchevique fue Adolf Hitler.

Por entonces, los bolcheviques se habían enzarzado en una guerra con Polonia. Las intenciones de Lenin y los suyos, además de recuperar Polonia, eran llevar la revolución a Alemania e incluso al resto de Europa. En agosto de 1920 avanzaban sobre Varsovia y parecía que iban a lograr sus propósitos, pero fueron derrotados de forma sorprendente y decisiva por los polacos. Uno de los líderes bolcheviques que participaron en aquella campaña fue Iósif Stalin, que no olvidaría aquel fracaso. Con el tiempo, se vengaría con sadismo de los polacos y también de algunos de sus camaradas de aquel momento, como Tujachevsky o Trotsky.


Un cartel de la época que muestra a los elfos polacos matando a los orcos bolcheviques


Durante la Segunda Guerra Mundial, la filósofa política Hannah Arendt, judía y alemana, interpretó perfectamente la ideología nazi: para erradicar al pueblo judío del planeta, primero había que separarlo del Estado. Como escribió más tarde, "tan solo con los apátridas puede uno hacer lo que quiera" (Eichmann en Jerusalén). Separar a las personas del Estado es privarlas de derechos: "el primer paso esencial en el camino de la dominación total es matar en el hombre a la persona jurídica". Arendt llegó a la conclusión de que los judíos "corrían más peligro que nadie ante el repentino hundimiento de los Estados nación" (Los orígenes del totalitarismo). Para la aparición del Holocausto no bastaban ni la guetización ni la proclamación de un sistema colonial. Hacía falta algo más: la doble destrucción de los Estados.

Los tres millones de soldados alemanes que en junio de 1941 se disponían a invadir la URSS desde Polonia estaban en medio de unos territorios que habían sido colonizados y en los que se había sembrado el terror. La Polonia ocupada por los germanos había sido completamente transformada: sus judíos, humillados y encerrados en guetos, y el resto de la población, sometida a un improvisado desgobierno de explotación. Cuando la Wehrmacht cruzó la frontera soviética, entraba en una zona muy especial: los territorios que Alemania le había concedido a la URSS casi dos años antes. La invasión nazi en realidad fue una "reinvasión" de territorios ya invadidos hacía poco. Ese ataque significaba la destrucción del aparato estatal soviético, después de que los soviéticos hubiesen destruido los aparatos estatatales de un conjunto de países que habían sido independientes en las décadas de los años veinte y treinta. Una doble destrucción de Estados, en definitiva.

Tras la ocupación de Polonia, en 1939, los Einsatzgruppen nazis se encargaron de eliminar a la intelligentsia polaca. Decenas de miles de polacos prominentes (altos funcionarios, terratenientes, miembros del clero, intelectuales) fueron asesinados o enviados a cárceles y campos de concentración. Entre las víctimas había judíos, pero estas acciones no iban específicamente contra ellos, sino que tenían como fin descabezar al Estado polaco. Los soviéticos, por su parte, hicieron algo similar en Polonia oriental, aunque sus criterios eran algo diferentes. Los nazis pensaban que las razas inferiores, como la polaca, no merecían una existencia política; los soviéticos, en cambio, opinaban que el Estado polaco había sido creado por las clases altas, que había que eliminar. En todo caso, el resultado de lo que hicieron unos y otros fue el mismo: terror y asesinatos en masa. Y se pusieron a ello con diligencia.



Alemanes y soviéticos juntos en Polonia, 1939. En la foto de arriba, el general alemán Heinz Guderian y el comandante de brigada soviético Semyon Moiseievich Krivoshein. Este último era judío.


Las motivaciones de Stalin contra los polacos no eran solo de clase, sino también étnicas. Recordemos que se la tenía jurada desde 1920. Entre 1937 y 1938, durante la Gran Purga, la NKVD ejecutó a cerca de 700.000 ciudadanos soviéticos. De estos, más de 100.000 fueron polacos étnicos o, al menos, "sospechosos" de ser agentes polacos. En el año que siguió a la invasión de Polonia, la mayor parte de todas las detenciones, encarcelamientos, deportaciones y ejecuciones que se llevaron a cabo en la URSS, fue contra los polacos. Contra los habitantes de la parte oriental de lo que había sido Polonia, un porcentaje minúsculo del territorio soviético. Más de 8.500 polacos fueron directamente condenados a muerte, y cientos de miles deportados al Gulag. De estos últimos, por cierto, algo más del 20% eran judíos, que a su vez representaban el 8% de la población total de Polonia.

Uno de los enviados al Gulag fue un joven escritor de Kielce, Gustaw Herling-Grudziński. Los soviéticos lo acusaban de haber tratado de huir a Lituania para luchar contra la URSS. El acusado pidió que modificaran sus cargos, pues en realidad había planeado huir de Polonia para luchar contra Alemania, pero sus interrogadores le aseguraron que resultaba indiferente. Tiempo después, Herling escribiría uno de los testimonios más desgarradores sobre la vida en los campos de concentración soviéticos.


Herling-Grudziński, preso de la NKVD


En cuestiones de represión, los tipos de la NKVD eran mucho más expertos que los miembros de los Einsatzgruppen, que asesinaban en masa por primera vez: los soviéticos llevaban años haciéndolo. No obstante, nazis y soviéticos no dudaron en coordinarse para decapitar a la sociedad polaca y combatir contra una posible resistencia. Para ello, organizaron entre 1939 y 1940 hasta cuatro conferencias conjuntas.

De entre los polacos deportados a la URSS, los más peligrosos para los soviéticos eran los oficiales del Ejército. En la primavera de 1940, casi 22.000 oficiales y civiles polacos fueron asesinados por la NKVD en el bosque de Katyn y otros puntos de la URSS. El crimen sería descubierto y denunciado por los nazis en 1943. Los soviéticos lo negaron y culparon a su vez a los alemanes, una situación que se mantendría hasta 1990, cuando la URSS admitió por fin su responsabilidad en la matanza.

Habría que mencionar ahora a Vasili Mijailovich Blojin, el principal verdugo de la NKVD. Durante la Gran Purga, ejecutó a miles de personas. Ejecutó personalmente, por ejemplo, a Tujachevsky, Mijail Koltsov, Isaak Bábel y Vsévolod Meyerhold. También a sus superiores Yagoda y Yezhov. Durante la masacre de Katyn, disparaba a 250 hombres cada noche, de modo que ejecutó a 7.000 en 28 días. Es el verdugo más prolífico de la historia.


Blojin


Entre los asesinados en Katyn había judíos. Henryk Strasman, miembro de Irgún, fue uno de ellos. Otro fue Wilhelm Engelkreis, médico y oficial de reserva. Como Hironim Brabdwajm, también médico; su mujer, Mira, murió dos años después en el Gueto de Varsovia sin saber qué le había sucedido a su marido. Mieczysław Proner era farmacéutico y químico, judío y polaco, oficial de reserva y combatiente; había luchado contra los alemanes, pero solo para ser capturado por los soviéticos, que terminarían asesinándolo. Su madre moriría años más tarde gaseada en Treblinka.



Igual que los judíos, muchos de los polacos asesinados aquella primavera tenían familia en la zona ocupada por Alemania. En el asunto de eliminar a la élite polaca, nazis y soviéticos se facilitaban la labor mutuamente.

En Estados Unidos y el Reino Unido se supo la verdad sobre la matanza de Katyn ya durante la guerra, pero sus dirigentes prefirieron ocultarla para no perjudicar a su, por entonces, aliado Stalin.

Los nazis excluyeron a los polacos de su nuevo orden, pero los soviéticos los obligaron a participar en el suyo. En Polonia oriental se instaló la igualdad en el sentido soviético: todos igual de mal. Los ciudadanos polacos aprendieron a desconfiar unos de otros por igual. Todo el mundo era un traidor en potencia. Además, se introdujo la versión soviética de la democracia, donde la participación era abierta, obligatoria y los votantes no tenían alternativas. El 22 de octubre de 1939 los habitantes de Polonia oriental fueron convocados a una farsa de elecciones cuyo resultado, favorable a las tesis soviéticas, claro está, sirvió para dar apariencia de legitimidad a la anexión del territorio a la URSS (en concreto a las Repúblicas Soviéticas de Bielorrusia y Ucrania).

La anexión soviética también significaba que los polacos orientales pasaban a ser ciudadanos soviéticos, algo que no tenía su equivalente en la parte ocupada por Alemania. Supuso asimismo la teórica liberación de las minorías ucraniana, bielorrusa y judía, así como de los comunistas. En realidad toda esa gente pasó a formar parte de un régimen dictatorial con prioridades propias, como por ejemplo mantener la alianza con los nazis. Así, los carniceros judíos dejaron de ser dueños de sus mataderos y, como empleados del Estado soviético, tuvieron que preparar carne para las tropas alemanas que luchaban contra las democracias. La URSS garantizaba a Alemania seguridad en el este, y los recursos necesarios para la guerra en el oeste: combustible, minerales y cereales.

La Unión Soviética no perseguía a los judíos como tales, sin embargo, las medidas anticapitalistas que se tomaron en Polonia oriental (colectivizaciones, deportaciones, ejecuciones) afectaron a los judíos más que a nadie. Antes de la guerra, los judíos eran aproximadamente el 10% de la población de Polonia, pero aportaban más de un tercio de los impuestos y sus empresas representaban casi la mitad del comercio exterior. Polonia oriental era un territorio bastante pobre, pero más próspero que la URSS, de modo que debía equilibrarse, y para ello los ricos debían ser despojados de sus bienes y deportados al Gulag. Ocurría que muchos de esos ricos eran judíos. La expropiación masiva de judíos por parte de los soviéticos hizo que no pocos de sus vecinos se quedaran con sus casas y tierras. Esto supuso una oportunidad inesperada para los nazis cuando invadieron la URSS: los no judíos pudieron reclamar la devolución de sus propiedades, pero los judíos obviamente no. De modo que con la llegada del poder alemán, las expropiaciones soviéticas se convirtieron en una cuestión racial.

En 1940, la situación de los judíos europeos se tornó muy difícil: en el este el poder soviético ampliaba sus fronteras, y en el oeste los nazis cada vez conquistaban más países. Como la emigración fuera del continente era impensable para la mayoría -Palestina y Estados Unidos estaban cerrados- solo tenían dos opciones: someterse a los nazis o a los soviéticos. En esas condiciones, no les quedaba más remedio que considerar la URSS como un mal menor.

La incorporación a la URSS vinculó a los polacos a un régimen de terror con el que tenían que colaborar, y la mayoría lo hizo por miedo. La línea para diferenciar colaboradores y víctimas quedaba muy difuminada, porque hubo personas que fueron ambas cosas. No obstante, esa línea quedaría definida con la llegada de los nazis, como ya veremos.

Las deportaciones, asesinatos, violaciones, expropiaciones, torturas e interrogatorios en masa que llevaron a cabo los soviéticos en los territorios que ocuparon entre los años 1939 y 1940 generaron sentimientos de rencor y venganza entre la población local. Los Estados que destruyeron los soviéticos -Polonia, Estonia, Letonia y Lituania- eran el hogar de decenas de millones de europeos. Lógicamente, muchos de sus habitantes vieron en aquellas anexiones una afrenta imposible de olvidar. Esto dio una ventaja tremenda a los alemanes cuando invadieron a su vez dichos territorios en 1941, ya que lograron por allí la colaboración de diversos grupos nacionalistas, cuyos miembros pensaban que la llegada de la Werhmacht permitiría recuperar la independencia perdida por sus respectivos países a manos de la URSS. Cierto es que los alemanes no podían hacerse pasar por liberadores de Polonia, ya que ellos también habían ocupado el país, pero sí contaron con la ayuda de muchos nacionalistas ucranianos que habían sido ciudadanos polacos y que perseguían la creación de una Ucrania independiente, algo que jamás sería posible mientras existiera la Unión Soviética. Entre mayo y junio de 1941 los soviéticos llevaron a cabo una nueva ola de deportaciones que afectó sobre todo a los ucranianos de Polonia oriental. Cuando los alemanes llegaron poco después, se encontraron los cadáveres de los que aún no habían sido deportados abandonados en las cárceles soviéticas.

En realidad, los nazis no tenían ninguna intención de facilitar la aparición de una Ucrania independiente, sino todo lo contrario: querían conquistar Ucrania. De ese modo, se aprovecharon de los deseos de los nacionalistas ucranianos permitiéndoles colaborar solo en la administración local o en la policía, donde no tenían poder ni autoridad política, y encarcelaron a los que proclamaron la independencia. El mensaje de los nazis a los que aspiraban colaborar con ellos fue que si había una liberación a la que podían contribuir, era a librarse de los judíos, y que cualquier cooperación política en el futuro dependería de su participación en dicho proyecto. Y así, desviaron sus aspiraciones políticas hacia el crimen racial, hacia el genocidio.

A diferencia de Polonia, los países bálticos fueron ocupados y destruidos solo por la URSS, de modo que en ellos los nazis encontrarían un porcentaje de colaboradores aún mayor que en Polonia. Y eso a pesar de que habían sido refugio para miles de judíos mientras eran independientes, ya que no tenían leyes antisemitas, como ya apuntamos. La ocupación soviética de Estonia, Letonia y Lituania se consumó hace 76 años, en junio de 1940, meses después de que miles de soldados del Ejército Rojo se hubieran instalado ya en su suelo. Lo primero que hicieron los soviéticos a partir de ese momento fue deportar al Gulag o asesinar a la mayoría de los dirigentes políticos que no habían huido aún. Así, el primer ministro lituano, Antanas Merkys, fue deportado con su familia a la URSS, donde murió en 1955. El presidente del país, Antanas Smetona, había logrado huir con su familia a Estados Unidos. El presidente de Letonia, Kārlis Ulmanis, fue deportado y murió dos años después en Turkmenistán. El presidente de Estonia, Konstantin Päts, fue deportado junto a su familia y murió en un hospital psiquiátrico soviético en 1956. El jefe del Ejército estonio, Johan Laidoner, fue deportado con su familia y murió en prisión en 1953. De los once miembros del último Gobierno de Estonia, diez fueron encarcelados y nueve asesinados (cuatro ejecutados y cinco murieron en campos soviéticos). La represión alcanzó también a antiguos dirigentes, a miembros de los parlamentos y a "elementos hostiles" en general. Miles de personas. Después comenzaron las expropiaciones, empezando por los judíos (por ricos, no por judíos). Y a continuación llegaron las deportaciones masivas. En junio de 1941, decenas de miles de personas fueron cargadas en vagones y muy pocas de ellas regresarías. A lo largo del año que va desde junio de 1940 a junio de 1941, en los países bálticos los soviéticos asesinaron, arrestaron o deportaron a cerca de 125.000 personas: hombres, mujeres y niños.




Continuará...


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