viernes, 16 de junio de 2017

Cuando Alemania la lió parda




Todos recordamos a aquella pobre socorrista reconociendo en la tele que había mezclado sin querer unos peligrosos compuestos químicos causando "una reacción que lo flipas". Pues bien, hoy voy a hablar de cuando hace un siglo Alemania hizo algo parecido pero más a lo bestia, porque las consecuencias de sus tejemanejes no afectaron solo a un barrio, sino al mundo entero.




Cartel de propaganda francés un tanto crítico con el káiser.


La Primera Guerra Mundial fue el resultado del choque entre los intereses de las potencias imperialistas de la época. Si ya de por sí dichas potencias la liaron bien gorda provocando una guerra mundial, Alemania, que era una de ellas, desarrolló además una estrategia para socavar el poder colonial e imperial de las otras consistente en enviar agentes por el mundo con la misión de sublevar a los pueblos que tenían sometidos. Obviamente la intención final de los dirigentes alemanes no era liberar a nadie, sino sustituir la supremacía extranjera por la germana, es decir, lograr la dominación mundial siguiendo la doctrina de la Weltpolitik. Pero el hecho es que, aunque fracasaron en sus objetivos y perdieron la guerra, sus acciones fueron el desencadenante de no pocas revoluciones, conflictos y movimientos anticoloniales.

Las operaciones subversivas germanas se extendieron por varios continentes: América, África, Europa y Asia. Se centraron sobre todo en Oriente Próximo y para ello contaron con la entusiasta participación del Imperio Otomano, aliado de Alemania.


AMÉRICA


En 1917 los alemanes trataron de que México se pusiera de su parte y atacara a Estados Unidos con el objeto de mantener a este país -cuya opinión pública andaba bastante mosqueada desde el hundimiento del Lusitania- fuera de la guerra en Europa. El premio para los mexicanos sería poder recuperar parte de los territorios perdidos frente a Estados Unidos en el siglo XIX (véase el mapa de abajo). Pero los criptógrafos británicos descubrieron el pastel y los germanos consiguieron justo lo contrario de lo que buscaban: Estados Unidos les declaró la guerra poco después.


Al sur de la línea roja los territorios perdidos por México en el Tratado de Guadalupe Hidalgo. En verde claro los que les prometieron los alemanes.


ÁFRICA Y ASIA

Ahora hay que ser implacables y poner en evidencia toda esta estructura y arrancar públicamente la máscara del pacifismo cristiano ... Nuestros cónsules en Turquía y en la India, nuestros agentes, etc., deben instar a la rebelión a todo el mundo musulmán contra esta nación de tenderos odiosos, mendaces y sin principios; si hemos de derramar nuestra sangre, Inglaterra tiene que perder por lo menos la India.

Guillermo II de Alemania, 30 de junio de 1914


En África, Alemania tenía una serie de colonias que quedaron rodeadas por territorios enemigos en cuanto estalló la guerra. Además, el dominio británico de los océanos las dejó aisladas por mar. En esas circunstancias, la única esperanza que quedaba a los alemanes era lograr que los africanos sometidos se rebelaran contra sus enemigos: Francia, el Reino Unido y, desde 1915, Italia. Así, Alemania y Turquía apoyaron y suministraron armas a los sanusíes que combatieron contra Italia, el Imperio Británico y Francia entre 1915 y 1917 en el Norte de África. Los sanusíes casi expulsaron de Libia a los italianos (quienes habían arrebatado el territorio a los turcos en 1911) y además ayudaron a su vez a los tuaregs, que se levantaron contra Francia en el norte del actual Níger entre 1916 y 1917 (el pueblo tuareg ha protagonizado varias rebeliones desde entonces, la última hace solo cinco años). Los sanusíes y los turcos promovieron también el levantamiento del último sultán de Darfur, Ali Dinar, en 1916. El sultán murió a manos de los británicos y Darfur pasó a formar parte de Sudán, por entonces un condominio anglo-egipcio. Desde aquel momento Darfur no ha dejado de ser una zona subdesarrollada y en permanente conflicto.

En Sudáfrica (por entonces Unión Sudafricana), en 1914, se produjo una rebelión bóer cuyos integrantes tenían la intención de unirse a los germanos en el África del Sudoeste Alemana, la actual Namibia (donde, por cierto, los alemanes habían llevado a cabo unos años antes el primer genocidio del siglo XX). A comienzos de 1915 la rebelión había fracasado.

En 1914, de los doscientos setenta millones de musulmanes que había por el mundo, solo unos treinta millones estaban gobernados por otros musulmanes. Casi cien millones eran súbditos británicos, veinte millones estaban bajo dominio francés, y otros veinte vivían en el Imperio Ruso. Ya he dicho que dentro de la estrategia alemana de debilitar a las potencias de la Entente atacándolas indirectamente a través de sus imperios, los mayores esfuerzos se pusieron en Oriente Próximo. El káiser Guillermo II quiso jugar la baza musulmana apoyando a los pueblos islámicos sometidos, aunque esto no era una novedad: en 1898 había visitado Jerusalén y Damasco, y en esta última ciudad había donado un sarcófago de mármol para el mausoleo de Saladino, el héroe islámico que había expulsado a los cruzados de Palestina (teniendo esto en cuenta no dejaba de ser contradictorio que el káiser liderara un Estado cuyo emblema militar era -y es- el de una orden católica que participó en las Cruzadas). En 1905 Guillermo II había provocado una crisis con Francia al visitar Marruecos y defender la independencia del país. En este contexto es lógico que el II Reich y las otras Potencias Centrales, Austria-Hungría y Bulgaria, terminaran aliándose con el Imperio Otomano, el Estado musulmán más importante de la época. Enfrascada en la guerra en Europa, Alemania no tenía tropas que enviar para ayudar a quienes se alzasen contra el dominio británico, francés o ruso, y aunque las tuviera el control británico de los océanos haría imposible tal empresa. De esa manera, el Imperio Turco podía ofrecer dos ventajas estratégicas a los teutones: su ejército proporcionaría las tropas necesarias para el despliegue en ultramar y su enorme territorio podría abrir las rutas terrestres hacia el Norte de África, Asia Central y la India.



En el siglo XVI el Imperio Otomano había llegado a extenderse desde el Golfo Pérsico hasta Polonia, y desde El Cairo hasta las puertas de Viena. En 1914 estaba menguando, de manera que a la Sublime Puerta le interesaba mucho la alianza con las Potencias Centrales para tratar de recuperar los territorios perdidos en la Primera Guerra Balcánica, aislar a Grecia y enfrentarse a Rusia. En 1908 se hicieron con el poder del Imperio Otomano los Jóvenes Turcos, un grupo nacionalista, reformista y aparentemente progresista (pero solo aparentemente ya que, entre otras cosas, llevaría a cabo el genocidio armenio unos años después). Los nuevos dirigentes depusieron al año siguiente al sultán Abdul Hamid II sustituyéndolo por Mehmed V, el cual no pasaría de ser una mera figura decorativa. Fueron estos dirigentes los que firmaron una alianza secreta con Alemania en agosto de 1914. En octubre, unos barcos alemanes al servicio de Turquía cañonearon ciudades costeras rusas del mar Negro metiendo así al Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial. El 14 de noviembre, el sultán otomano Mehmed V, en tanto que califa o cabeza del islam, declaró la yihad (guerra santa) contra Gran Bretaña, Francia, Rusia, Serbia y Montenegro. Para muchos el verdadero autor de aquella proclamación no fue el sultán otomano, sino el káiser Guillermo II.


Tarjeta postal alemana con los soberanos de las Potencias Centrales: de izquierda a derecha, el káiser Guillermo II, el sultán Mehmed V, el zar Fernando I de Bulgaria y el emperador Francisco José I de Austria.


Los agentes alemanes que trataron de alzar a los musulmanes contra las potencias de la Entente actuaron desde Afganistán hasta Marruecos, pasando por Yemen y Libia. No es casualidad, por ejemplo, que el líder rifeño Abd el-Krim -un personaje bastante conocido en la España de los años veinte-, fuera encarcelado por primera vez en 1916 tras ser detenido por la policía española como agente alemán. Entre 1920 y 1926 Abd el-Krim lideraría el levantamiento del norte de Marruecos contra España y Francia. Y hoy en día el Rif continúa siendo un foco de inestabilidad.


El agente alemán Abd el-Krim El Jatabi.


Quizá la mayor y más ambiciosa operación encubierta puesta en marcha por Alemania en la Primera Guerra Mundial fue la expedición enviada a Afganistán para que el país se uniera a las Potencias Centrales, atacara a la India y se la arrebatara a los británicos. Esta acción se encuadró dentro de la llamada conspiración indo-alemana, y a pesar del tiempo transcurrido continúa siendo muy desconocida.

A inicios del siglo XX Persia y Afganistán, aunque nominalmente independientes, se encontraban bajo la influencia de los imperios ruso y británico, que llevaban desde el siglo anterior disputándose la supremacía de Asia Central. Digamos que eran "Estados tapón" entre ambos imperios, los cuales en 1907 firmaron un acuerdo por el que Afganistán quedaba bajo influjo británico y Persia se dividía en tres zonas: dos de influencia -la septentrional para los rusos y la meridional para los británicos- y una neutral entre las otras dos. El acuerdo -cuya legitimidad no fue reconocida por el Gobierno persa, aunque eso no parecía importante- no tardó en dar sus frutos: en 1914, poco antes de la guerra, el Gobierno británico se aseguró el crudo persa al hacerse con el control de la Anglo-Persian Oil Company, antecesora de BP. Por supuesto tanto rusos como británicos instalaron fuerzas militares en Persia. Por otro lado, en la India existía un importante movimiento independentista desde mediados del siglo XIX, si bien el país contribuyó enormemente a la causa británica durante la Gran Guerra.

En diciembre de 1914 el ejército otomano penetró en el Azerbaiyán iraní con la esperanza de provocar una sublevación de la población local contra los rusos (fracasaría en su empeño). A la vez, comenzó a organizarse la expedición que marcharía a Afganistán. Constó de un centenar de hombres de varias nacionalidades y se formó en la ciudad persa de Isfahán, que tenía un consulado alemán desde el que se ejercía cierta influencia en el centro del país. Algunos de sus integrantes procedían de Europa, y habían llegado allí atravesando territorio turco. La expedición estaba dirigida en la práctica por dos oficiales alemanes: Werner Otto von Hentig y Oskar von Niedermayer. Digamos que el primero era el responsable político y el segundo el militar. Ambos tenían experiencia en combate y hablaban persa amén de otras lenguas de la zona. Además, justo antes de la guerra Von Niedermayer había estado viviendo durante dos años en Persia y la India recopilando información para la inteligencia alemana bajo la tapadera de estar llevando a cabo investigaciones geológicas y antropológicas (en aquel tiempo se convirtió en el primer europeo en atravesar el desierto de Lut), de manera que conocía el terreno: era el hombre perfecto para conducir la expedición. En el grupo iban también otros alemanes, junto a austrohúngaros, turcos, persas y algunos nacionalistas indios, como el príncipe Mahendra Pratap (teórico líder de la expedición) y el musulmán panislamista Maulana Barakatullah. Un tipo que debería haber formado parte también de la expedición fue Wilhelm Wassmuss, un agente alemán que estuvo en Persia (Wassmuss de Persia, lo llamaban) tratando de sublevar contra los británicos a las tribus del sur del país. Por desgracia para él y los alemanes, un día, escapando de los británicos, dejó olvidado su libro de códigos diplomáticos que cayó en manos enemigas. El libro les resultaría muy útil a los británicos -siempre tan aficionados a la criptografía-, por ejemplo para descifrar el famoso telegrama Zimmermann.


Von Hentig.



Aunque parezca la portada de un disco de los Muslim Kings, el del centro es Von Niedermayer disfrazado de persa.



Mahendra Pratap.



Maulana Barakatullah.



Wassmuss de Persia.


La expedición partió de Isfahán el 3 de julio de 1915. El camino hacia Afganistán no iba a ser fácil. Para recorrer los 1.500 kilómetros que los separaban de Kabul, los expedicionarios debían atravesar el Dasht-e-Kavir, el Gran Desierto Salado, un lugar bastante inhóspito en el que tendrían que hacer frente a las duras condiciones climatológicas, las enfermedades, los salteadores y las patrullas enemigas. La alternativa era rodear el desierto por el norte o por el sur, pero esas zonas estaban ocupadas por los rusos y los británicos respectivamente. Además, Lord Hardinge, virrey de la India, que por supuesto estaba al tanto de la expedición, había organizado junto a los rusos el llamado East Persia Cordon (Cordón Oriental Persa), una red de puestos militares y patrullas colocada delante de la frontera con Afganistán por si los expedicionarios lograban atravesar el desierto. Esto era una nueva violación flagrante de la neutralidad persa, pero a esas alturas ya daba igual. Finalmente, si los expedicionarios lograban superar el Gran Desierto Salado y el East Persia Cordon, en el interior de Afganistán deberían salvar una última prueba: el Hindú Kush, un macizo montañoso, la prolongación más occidental del Himalaya.


Kabul y el Hindú Kush al fondo.


La expedición atravesó el desierto persa en cuarenta noches, como Jesús. Después, Von Niedermayer demostró ser un brillante táctico logrando burlar a las numerosas fuerzas enemigas de la zona. Al cabo de siete semanas el grupo llegó exhausto a la frontera afgana después de haberse enfrentado a la naturaleza hostil, a emboscadas y deserciones. Ahora eran cerca de cincuenta hombres, la mitad de los que habían salido de Isfahán.

Los expedicionarios fueron recibidos con todos los honores por el gobernador de Herat, donde se quedaron unos días. A principios de octubre llegaron a Kabul donde fueron recibidos de forma hospitalaria, aunque un tanto fría, por el emir Habibulá Kan, el cual evitó reunirse con ellos durante semanas porque los consideraba como mercaderes. Accedió a verlos a finales de octubre, y desde entonces las reuniones se prolongaron durante meses sin que se llegara a ningún acuerdo. Los expedicionarios entregaron al emir cartas del káiser y del sultán turco, y le prometieron la gloria y enormes ganancias territoriales si declaraba la guerra al Imperio Británico. El emir hizo notar la complicada situación geográfica de Afganistán, casi rodeado de territorios controlados por los rusos o los británicos, y pidió a cambio grandes cantidades de armas, soldados y dinero. A la vez Habibulá estaba en contacto con los británicos, que se estaban poniendo bastante nerviosos con el asunto de que el emir tuviera alojado en su palacio a un grupo de alemanes, turcos y nacionalistas indios. El virrey de la India le pidió que detuviera a los expedicionarios, pero el emir se negó. Habibulá, como buen rey, era un tipo engreído que consideraba que gobernaba por derecho divino y que su país era de su propiedad. Controlaba el único periódico y la única farmacia de Afganistán, todos los automóviles que había en el país eran suyos (y eran todos Rolls-Royce) y, aunque estaba a sueldo de los británicos, vio en este momento una buena oportunidad para sacar partido y hacerse valer. El rey británico Jorge V le tuvo que enviar también una carta tratándolo de colega y prometiéndole un aumento de su subsidio a cambio de que no hiciera nada. Habibulá ofreció entonces garantías a los británicos de que permanecería neutral.


Von Niedermayer (el del centro) en Afganistán.



En primera fila y de izquierda a derecha, Kazim Özalp, Von Hentig, Mahendra Pratap, Von Niedermayer y Maulana Barakatullah, en Kabul.



Habibulá Kan.


En realidad, el taimado Habibulá estuvo poniendo en práctica una táctica dilatoria durante meses mientras observaba el desarrollo de la guerra antes de ponerse del lado de unos u otros. En mayo de 1916 Von Hentig y Von Niedermayer decidieron marcharse de Kabul. En diciembre de 1915 Mahendra Pratap, Barakatullah y otros nacionalistas indios habían creado un Gobierno Provisional de la India en el palacio de Habibulá, que debería hacerse cargo de su país una vez que la autoridad británica hubiera sido derrocada. Cuando al año siguiente los oficiales alemanes se dispusieron a abandonar Kabul, los nacionalistas indios optaron por quedarse con la vana esperanza de poder convencer finalmente al emir afgano. Más adelante Mahendra Pratap buscaría el apoyo para su causa de los bolcheviques y de Japón. Los británicos, que pusieron precio a su cabeza, le permitirían regresar a la India en 1946. En 1932 había sido propuesto para el Premio Nobel de la Paz.

Von Hentig regresó a través de Asia Central, China y Estados Unidos logrando llegar a Berlín en junio de 1917. Von Niedermayer en cambio decidió atravesar el Turquestán ruso, pasar a Persia y desde ahí alcanzar las líneas otomanas. Lo consiguió en el verano de 1916, pero el viaje de vuelta resultó ser bastante peor que el de ida: Von Niedermayer sufrió robos, fue herido y tuvo que vivir de la mendicidad hasta que llegó a territorio turco. A pesar de no haber triunfado fue condecorado por su misión en Afganistán. Tras la guerra Von Niedermayer permaneció en el ejército alemán (Reichswehr), y entre 1922 y 1932 cumplió otra misión clandestina: estuvo en Moscú coordinando la cooperación militar secreta entre la República de Weimar y la Unión Soviética (los dos Estados "parias" europeos frente a la hegemonía de los vencedores de la Gran Guerra), que resultó de la firma del Tratado de Rapallo. En los años treinta trabajó como profesor en la Universidad de Berlín. En 1939, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, volvió al servicio activo en el ejército, esta vez como oficial asignado al Alto Mando de la Wehrmacht (OKW). Debido a sus conocimientos sobre la cultura musulmana y la eslava, en mayo de 1942 a Von Niedermayer se le adjudicó el mando de la Legión del Turquestán, una unidad experimental formada en Ucrania en la que se empezaron a integrar prisioneros de guerra y refugiados procedentes del Cáucaso y Asia Central. Esta unidad adquiriría el rango de división un año después como la 162ª (Turquestán) División de Infantería, y sería el núcleo de las llamadas Legiones Orientales de la Wehrmacht (Ostlegionen), en las que se enrolaron voluntarios de distintas nacionalidades de la Unión Soviética (armenios, azeríes, pueblos del Cáucso septentrional, georgianos, tártaros del Volga y pueblos de Asia Central). Dichas unidades sin embargo casi no combatieron contra los soviéticos, sino que sirvieron sobre todo en retaguardia o fueron enviadas a luchar a los Países Bajos, Francia, Italia o los Balcanes debido a la desconfianza de Hitler hacia los pueblos del Este. De hecho la 162ª División de Von Niedermayer fue enviada primero a combatir contra los partisanos en Eslovenia y en marzo de 1944 a Italia. Von Niedermayer no estaba en absoluto de acuerdo con la política nazi hacia los pueblos orientales, de manera que en mayo de aquel año fue destituido y en agosto, tras el famoso atentado contra Hitler, fue detenido y encarcelado en Torgau por derrotismo. En 1945 fue liberado por los estadounidenses y a continuación detenido por los soviéticos que lo condenaron a 25 años de cárcel por su labor en la creación de las Legiones Orientales. Murió de tuberculosis en la prisión de Vladímir tres años después.


El general Von Niedermayer en la Segunda Guerra Mundial.


Pero volviendo a la Gran Guerra, el periodista e historiador británico Peter Hopkirk escribió la siguiente valoración sobre Von Niedermayer:

Si Niedermayer hubiera tenido éxito en su misión de arrastrar al Afganistán a la guerra santa, y hubiera sido capaz de lanzar toda la furia de las tropas del emir contra los británicos de la India, el resultado final de la Primera Guerra Mundial hubiera sido otro. En ese caso, su nombre, tal como ocurre hoy con Lawrence de Arabia, sería mundialmente famoso. Pero no fue así y este hombre debió pasar las mayores penalidades y correr los más grandes peligros solo para ver cómo su proyecto fracasaba.

La comparación con Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, es muy pertinente, ya que este se convirtió en una figura heroica gracias a la propaganda aunque la realidad histórica sea un tanto diferente. Si Von Niedermayer fue enviado a Afganistán para provocar una sublevación contra el Imperio Británico, el papel de Lawrence fue el de simple enlace entre los rebeldes árabes que se oponían a los turcos y los británicos, aunque su labor fue después exagerada y transformada en leyenda. El nacionalismo árabe, surgido a finales del siglo XIX, no se dejó embaucar por el llamamiento a la yihad del sultán turco (que en realidad convenció a muy pocos), sino que decidió aprovechar la Gran Guerra para levantarse contra el Imperio Otomano y crear un reino árabe. Animados por los británicos, los nacionalistas árabes iniciaron la rebelión contra los turcos en junio de 1916. A cambio de entrar en la guerra, los británicos les habían prometido un Estado que comprendía aproximadamente, además de Arabia, los actuales Líbano, Siria, Israel, los Territorios Palestinos, Jordania e Irak. Cuando Thomas E. Lawrence fue destinado como enlace al ejército árabe en noviembre de 1916, la revuelta ya llevaba meses en marcha. Y la mentira también: como es bien sabido las promesas británicas a los árabes se convirtieron en papel mojado, puesto que entre el Reino Unido y Francia ya se habían repartido los territorios del Imperio Otomano antes incluso de que comenzase la rebelión (cosa que el famoso Lawrence de Arabia sabía, por supuesto). El reparto de Oriente Próximo entre franceses y británicos dio lugar tras la guerra a las actuales fronteras de la región y de paso a todos los conflictos que se vienen sucediendo por allí desde entonces, porque a todo ese entuerto hay que añadir la famosa Declaración Balfour, aprobada en noviembre de 1917 -con el visto bueno de Estados Unidos-, por la que el Gobierno de su Majestad apoyaba la creación de un hogar nacional judío en Palestina para ganarse las simpatías de los sionistas, hasta el momento más proclives a Alemania. De todas formas ese hogar judío, que sería el Estado de Israel, no tomaría forma hasta más de treinta años después, tras el Holocausto. Y no lo haría de manera pacífica, precisamente.






Lawrence de Arabia.


Volviendo a los dos personajes de los que hablaba, digamos que Von Niedermayer fue alguien enviado a incitar una revuelta contra un imperio que fracasó, y Lawrence fue un tipo de escasa entidad histórica al que la propaganda convirtió en celebridad y héroe revolucionario, es decir, en lo que habría sido Von Niedermayer de haber tenido éxito. Eso sí, ambos sirvieron a los intereses de sus respectivos países, ninguno de los cuales tenía en realidad interés alguno en liberar a nadie, sino más bien en aprovecharse de las aspiraciones revolucionarias de los pueblos sometidos.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. La Primera Guerra Mundial terminó en noviembre de 1918 pero, como estamos viendo, aún hoy vivimos sus consecuencias. Volvamos a Afganistán. Ya he dicho que el emir Habibulá era un hombre un tanto endiosado, de manera que eso de empezar a recibir cartas del káiser, del sultán otomano y del emperador británico haciéndole la pelota le infló el ego aún más, hasta límites insospechados. Así, al acabar la guerra Habibulá decidió que los británicos tenían que agradecerle el haber permanecido neutral y exigió sentarse en la Conferencia de Paz de Versalles, pero los británicos le contestaron que nones, que en el evento solo había sitio precisamente para los países beligerantes. El emir se tomó mal el desplante, pero otros afganos se lo tomaron aún peor y comenzaron a exigir la completa soberanía de su país. La expedición a Afganistán de las Potencias Centrales había fracasado, pero eso no quería decir que sus integrantes no hubieran logrado sembrar la semilla de la sedición por allí. Y esa semilla empezó a dar sus frutos un poco tarde, pero los dio. Si Habibulá no se había dejado convencer por Von Hentig, Von Niedermayer y los demás, su hermano Nasrulá y su tercer hijo Amanulá se habían quedado completamente fascinados por las propuestas de los expedicionarios. En febrero de 1919 Habibulá fue asesinado y sucedido brevemente por su hermano Nasrulá. Pero Amanulá acusó a su tío del asesinato de su padre, lo hizo detener y se proclamó a su vez nuevo emir. Las humillaciones británicas y la lucha por el poder en Afganistán coincidieron con una reactivación del independentismo indio, sobre todo en la zona más próxima a la frontera afgana. De hecho, la situación empeoró aún más cuando en abril los británicos cometieron una horrible masacre en la ciudad india de Amritsar al disparar sin motivo y de forma indiscriminada contra una multitud de miles de personas: hubo cientos de muertos, hombres, mujeres y niños, y más de mil heridos. Hay que decir que en el siglo XIX Afganistán había sufrido hasta dos invasiones británicas, después de las cuales el Gobierno de su Graciosa Majestad había controlado la política exterior afgana a base de pagar cuantiosas cantidades de dinero al emir. Pero Amanulá vio ahora el momento propicio para seguir los consejos que había desoído su padre y desquitarse de los británicos: tras la masacre de Amritsar, Afganistán invadió la India dando lugar a lo que se conoce como Tercera Guerra Anglo-Afgana. Como la Gran Guerra ya había terminado, los británicos pudieron volcar bastante potencial militar sobre el ejército afgano, que no tenía ni aviación: la invasión fue repelida y la guerra acabó en agosto con la firma del Tratado de Rawalpindi, por el que el Reino Unido reconocía (por fin) la independencia de Afganistán.


Amanulá Kan.


Aunque las antipatías afganas hacia los británicos venían de más atrás, fue la expedición de las Potencias Centrales en aquel país durante la Gran Guerra la que lo incentivó a invadir la India. Hay que decir que si la acción de Amanulá hubiera ocurrido tres años antes, seguramente las cosas se habrían puesto bastante complicadas para el Imperio Británico.

La trascendencia de estos hechos fue que partir de 1919 Afganistán se acercaría a los soviéticos, los cuales terminarían por invadirlo en 1979 quedándose en aquel país durante una década. Desde entonces Afganistán no ha vivido un momento de paz.


EUROPA

La paz con Rusia (...) y la victoria de estos días contra los ingleses son como dos sonoros martillazos para el corazón de todos los alemanes. (...) Quienes tímidamente ponían en duda la victoria de Alemania, y quienes nunca creyeron en ella, ahora la ven ante sí como una posibilidad a nuestro alcance, y deben inclinarse ante la idea de la victoria.

Alfred Hugenberg a Paul von Hindenburg, 26 de marzo de 1918


Roger Casement fue un diplomático irlandés que sirvió durante un tiempo al Imperio Británico. Así, a finales del siglo XIX estuvo destinado en el Estado Libre del Congo, donde conoció al explorador Henry Morton Stanley y a Joseph Conrad. Allí fue también testigo de los brutales abusos cometidos por la administración colonial belga contra la población nativa, algo que denunció públicamente años más tarde. A comienzos del siglo XX fue enviado a Sudamérica, donde denunció las atrocidades cometidas contra los indígenas del Amazonas por la compañía cauchera Peruvian Amazon Company, de capital británico. En 1912 dimitió como cónsul británico y se convirtió en nacionalista irlandés. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial viajó a Alemania donde logró el apoyo del ministro de Exteriores Arthur Zimmermann (el autor del conocido telegrama al que pillaron con el carrito del helado) para la causa republicana irlandesa. Casement trató infructuosamente de organizar una brigada de voluntarios irlandeses que combatieran en el ejército alemán, pero su mayor éxito fue conseguir que Alemania ofreciera a los republicanos 20.000 fusiles, 10 ametralladoras y la munición pertinente para llevar a cabo una revolución en Irlanda contra la autoridad británica. El resultado fue el Alzamiento de Pascua, ocurrido en abril de 1916, aunque las armas jamás llegaron a su destino ya que el barco germano que las transportaba fue interceptado por los británicos.

La rebelión irlandesa fracasó y Casement, que había llegado a Irlanda en un submarino alemán, fue detenido y acusado de traición, sabotaje y espionaje contra la Corona. Además, el Gobierno británico filtró a la prensa supuestas pruebas sobre la homosexualidad de Casement para desacreditarlo ante la opinión pública de la época.


Casement.


Roger Casement fue ahorcado el 3 de agosto de 1916. La novela El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, versa sobre su vida.

Aunque el Alzamiento de Pascua se malogró, fue el primer paso hacia la independencia de Irlanda.

Además de tratar de enviar armas a los republicanos irlandeses, Alemania financió a los revolucionarios socialistas de países como Rumanía o Francia tratando así de derribar a sus respectivos gobiernos, pero no tuvo éxito. La única operación subversiva alemana que realmente alcanzó un triunfo absoluto tuvo lugar en Rusia.

Israel Lazarevich Gelfand, más conocido por su seudónimo Alexander "Parvus" ("pequeño"), fue un revolucionario socialista nacido en el Imperio Ruso, en la actual Bielorrusia, en 1867. Se marchó a estudiar a Suiza, abrazó el marxismo y se trasladó a Alemania donde se unió al Partido Socialdemócrata (SPD). Colaboró con Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky. Con este último defendió la teoría marxista de la "revolución permanente", que sería adoptada por Lenin en sus Tesis de abril.


Parvus con Trotsky y Lev Deych en 1906.


Parvus supo prever que Rusia perdería la Guerra Ruso-Japonesa y que eso daría lugar a una revolución, lo que le otorgó prestigio. Participó de hecho en la Revolución de 1905 por lo que fue detenido, aunque escapó en 1906. Después logró una fortuna millonaria dedicándose al tráfico de armas en los Balcanes, algo que le convirtió en un personaje influyente, sobre todo entre los alemanes. Cuando estalló la Gran Guerra se puso del lado de Alemania. Seguía aspirando a la revolución mundial y al socialismo, pero creía que tal objetivo solo se lograría con una victoria alemana. Su razonamiento era que Alemania se volvería socialista sin revolución alguna, ya que el SPD poco a poco iría cogiendo las riendas del país y que de hecho la victoria germana en la guerra sería la victoria del SPD. En cambio Rusia sí necesitaba una revolución y para ello debía ser derrotada primero. Obviamente estos argumentos les iban de perlas a los mandatarios germanos, aunque los objetivos últimos de Parvus fueran distintos a los suyos, de manera que se convirtió en el principal agente alemán para las cuestiones rusas. A través de él, el ministro de Exteriores alemán Zimmermann, tan aficionado a las conspiraciones, decidió apoyar y financiar a Lenin y los bolcheviques, así como a los diferentes nacionalismos separatistas del Imperio Ruso, con la idea de desmembrar el país, provocar la caída del zarismo y sacar a Rusia de la guerra.


Zimmermann, maestro de conspiradores.


En 1915 Lenin, que vivía exiliado en Suiza, rechazó la ayuda alemana porque para él tan despreciable era el zar como el káiser, pero en 1917, tras la Revolución de Febrero, cambió de parecer. Así, accedió a que los germanos le facilitaran su regreso a Rusia a través de Alemania y Suecia para tratar de hacerse con el poder y firmar la paz. Las intenciones de los caballeros que dirigían el Ministerio de Exteriores alemán eran que aquella paz permitiese a su país establecer una serie de Estados satélites desde el Báltico hasta Ucrania, y a la vez trasladar un buen número de divisiones al Frente Occidental, al no tener ya que combatir contra los rusos. El plan era que Lenin atravesara Alemania en tren desde Suiza hasta el Báltico y que luego viajara por Suecia y Finlandia hasta Petrogrado. Las autoridades germanas se encargarían de organizar la logística del todo el trayecto. Lenin puso como condición que los vagones utilizados por él y otros exiliados rusos para cruzar Alemania debían tener el estatus de entidad extraterritorial, es decir, que los alemanes no podrían acceder a ellos durante el viaje sin autorización. No habría control de pasaportes ni ningún pasajero podría ser obligado a abandonar el tren. Debía ser pues un tren sellado. De esa forma Lenin trataba de evitar que lo acusaran de ser un agente alemán, como efectivamente ocurriría más tarde.

Los alemanes accedieron a todas las condiciones que puso Lenin: estaban decididos a llevar adelante su plan y para ello no dudaban en hacer lo que fuera por ayudar a unos tipos, los bolcheviques, a los que consideraban unos chiflados y los peores criminales del mundo (que era la misma opinión que tenían los bolcheviques de ellos, claro). Así, el 9 de abril, domingo de Pascua, Lenin y una treintena de camaradas (entre los que se iban su mujer, Nadezhda Krupskaya, su amante, Inessa Armand, y al menos un dentista) subieron al primero de los ferrocarriles que iban a tomar hasta Petrogrado. El grupo atravesó Alemania en el tren sellado, después los revolucionarios tomaron un transbordador, recorrieron Suecia y Finlandia de nuevo en ferrocarril y llegaron a su destino el 16 de abril, donde fueron recibidos por una muchedumbre entusiasta que interpretaba La Marsellesa (aunque el líder bolchevique habría preferido La Internacional). Tras doce años de exilio, Lenin había vuelto a casa.

El 21, al día siguiente de que Lenin publicara sus Tesis de abril, el Ministerio de Exteriores germano recibía un telegrama que había sido enviado cuatro días antes por el jefe de la inteligencia alemana en Estocolmo y que decía lo siguiente:

"Entrada de Lenin en Rusia todo un éxito. Está trabajando exactamente como desearíamos."



Lenin presentando sus Tesis de abril ante el Sóviet de Petrogrado el 17 de abril de 1917 en el Palacio Táuride.


Lenin y sus bolcheviques se hicieron con el poder tras la toma del Palacio de Invierno en la Revolución de Octubre (en realidad el 7 de noviembre, según el calendario gregoriano) de 1917, instaurando un régimen dictatorial que más tarde sería conocido como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Aquella dictadura, que duraría más de siete décadas, sería el modelo para multitud de regímenes comunistas que irían surgiendo después por todo el mundo. La Revolución Bolchevique marcaría la historia del siglo XX.

En diciembre se firmó el armisticio entre el Gobierno bolchevique y las Potencias Centrales, y se iniciaron las reuniones para firmar un tratado de paz. Los bolcheviques esperaban que en cualquier momento estallara la revolución en Alemania y en el resto de Europa siguiendo el ejemplo de lo que había ocurrido en Rusia, y por ello trataron de prolongar lo más posible las conversaciones. Los alemanes en cambio tenían prisa por acabar, pues necesitaban alimentos procedentes de Ucrania (el bloqueo naval británico mató de hambre a 750.000 alemanes en la Primera Guerra Mundial) y trasladar tropas al oeste.


Firma del armisticio entre la Rusia soviética y los Imperios Centrales en Brest-Litovsk, diciembre de 1917. La mujer que está sentada a la derecha es Anastasiya Bitsenko, una socialrevolucionaria de izquierda que había asesinado a tiros a un exministro en 1905 por ser responsable de reprimir a los campesinos que protestaban. En la conferencia, Bitsenko relató con todo lujo de detalles cómo había cometido el atentado. Murió víctima de las purgas estalinistas en 1938.


Hay que recordar que los bolcheviques en teoría defendían el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero temían que si concedían la independencia a los distintos territorios del Imperio Ruso los alemanes aprovecharían para ocuparlos, como efectivamente ocurrió. Por eso mismo, a la vez que apoyaba a los bolcheviques, Alemania alentaba también los separatismos en Rusia. El 9 de febrero de 1918 las Potencias Centrales firmaron la Paz del pan con Ucrania, a la que reconocían como Estado independiente a cambio de poder disponer de su trigo. En la práctica esto supuso que Ucrania se convirtiese hasta el fin de la guerra en un Estado satélite alemán.



Esa situación creó discrepancias entre los bolcheviques. Trotsky, comisario de Relaciones Exteriores, se retiró de las negociaciones, pero entonces los alemanes continuaron invadiendo Rusia bajo el pretexto de querer "liberar del terror bolchevique" a los diferentes pueblos del país, algo que no dejaba de ser un tanto contradictorio teniendo en cuenta que ellos habían ayudado a los comunistas a hacerse con el poder, aunque esto importaba poco. Resultó que avanzaron en unos días más que en los tres años anteriores (fue entonces cuando la capital del país se trasladó de Petrogrado a Moscú, para alejarla de los teutones). La consecuencia fue la firma el 3 de marzo del Tratado de Brest-Litovsk, por el que Rusia renunciaba a Finlandia, los países bálticos, Polonia, Ucrania y Besarabia (que se uniría a Rumanía). Aprovechando la situación, Georgia, Armenia y Azerbaiyán se declararon independientes, aunque estaban ocupados por los turcos.


Trotsky en Brest-Litovsk rodeado de alemanes.




Y no quedó ahí la cosa. En agosto Rusia y Alemania firmaron un "tratado adicional" a la paz de Brest-Litovsk por el que el Gobierno bolchevique aceptaba pagar seis mil millones de marcos de la época por daños de guerra. A cambio, los alemanes se comprometían a ayudar militarmente a los bolcheviques en la guerra civil que ya había comenzado en Rusia. De hecho, firmar la paz con los germanos permitió a los comunistas centrarse en su enfrentamiento contra los rusos blancos y sus aliados extranjeros, los cuales enviaron decenas de miles de soldados a suelo ruso en aquel verano. La pega fue que los acuerdos alcanzados con Alemania resultaron muy impopulares en Rusia, lo que provocó, entre otras cosas, que los socialrevolucionarios (eseristas) de izquierda, hasta entonces aliados de los bolcheviques, se levantaran contra ellos en el verano de 1918. Los eseristas de izquierda asesinaron al embajador alemán en Moscú, el conde Wilhelm von Mirbach, y llegaron a atentar contra Lenin.

Las cosas no pintaban mal para Alemania en el este de Europa: había logrado construir una enorme cadena de Estados satélites entre el Báltico y el mar Negro. Lamentablemente para ella esta situación solo duró unos meses: en noviembre de 1918 firmó el armisticio, el Tratado de Brest-Litovsk quedó sin validez, y los diferentes Estados que los germanos habían arrebatado al Imperio Ruso se independizaron de verdad.

Los bolcheviques recuperarían Ucrania, Georgia, Armenia y Azerbaiyán durante la Guerra Civil Rusa. En 1939 Alemania y la Unión Soviética invadieron y se repartieron Polonia. En aquel invierno Stalin trató de recuperar infructuosamente Finlandia, y en 1940 los soviéticos se anexionaron los países bálticos y Besarabia. Solo Finlandia y Polonia conservaron su soberanía tras la Segunda Guerra Mundial, el resto de países no volverían a ser independientes hasta 1991, con la disolución de la URSS.

Por cierto, el káiser Guillermo II, que se había pasado la guerra fomentando revoluciones en multitud de países, acabó por probar su propia medicina: tras el estallido de la revolución en su país tuvo que abdicar y exiliarse. Hoy alguien diría que fue el karma.


CONCLUSIONES

La crisis mundial de 1914-1918 fue no solo una guerra, sino una revolución.

Élie Halévy

Si destruís a Alemania, haréis de la nación alemana la organizadora de la próxima guerra mundial.

Alexander Parvus, 1919


Hoy estamos acostumbrados a que se trate de destruir, debilitar o neutralizar países desde dentro, a base de organizar golpes de Estado, fomentar o financiar revueltas o -lo más actual- llevar a cabo ciberataques, pero hasta 1914 las grandes potencias europeas formaban desde siglos atrás una suerte de selecto club cuyos distinguidos miembros se respetaban unos a otros para poder mantener su orden mundial particular. De hecho algunas incluso tenían lazos familiares entre sí: sin ir más lejos, la zarina Alejandra de Rusia nació en Alemania y era nieta de la reina Victoria del Reino Unido y prima hermana del káiser Guillermo II (el zar Nicolás II y el káiser se llamaban entre sí respectivamente Nicky y Willy). De vez en cuando medían sus fuerzas en alguna guerra en función de cuyo resultado se restablecía la paz, pero ninguna de ellas había osado antes romper la baraja y minar el poder de las otras desde sus entrañas, y menos aún tratar de aniquilarlas. El fracaso de la ofensiva alemana hacia París, en septiembre de 1914, dio lugar a una sangrienta guerra de trincheras, estática e interminable, en el Frente Occidental. En esa situación Alemania, que combatía en dos frentes, se encontró transformada en una fortaleza sitiada y famélica capaz de repeler ataques sin cesar, pero no de romper el sitio. El objetivo inicial de los mandatarios germanos había sido debilitar a Francia para que dejase de ser una gran potencia y alejar la frontera rusa hacia el este lo más posible, es decir, convertir a Alemania en la única gran potencia del continente europeo. Pero en el otoño de 1914, con el país cercado, tal propósito no se podía lograr solo por la vía militar. Fue ahí donde entró en escena el juego político de alto riesgo, la guerra entre bambalinas. Así, Alemania abanderó el anticolonialismo y el antiimperialismo apoyando todo tipo de movimientos subversivos y revolucionarios en Asia, África y Europa para destruir a sus enemigos desde dentro. Las maniobras germanas eran de lo más hipócritas porque no había nada más colonialista ni imperialista que el Reich alemán, pero esto eran consideraciones éticas sin importancia. El hecho fue que Alemania hizo todo lo que pudo por sublevar a los pueblos oprimidos contra las otras potencias europeas: apoyó la yihad, estuvo del lado del independentismo indio, del nacionalismo persa y del afgano, de las tribus del Norte de África, de los republicanos irlandeses, de los pueblos no rusos sometidos al zar y de los bolcheviques. Incluso trató de provocar una guerra entre México y Estados Unidos para mantener a este país fuera de Europa. Finalmente fracasó porque perdió la guerra, pero eso no quiere decir que sus acciones no tuvieran consecuencias, algunas de las cuales aún perduran. Aparte, tradicionalmente se ha considerado Oriente Próximo como un frente secundario de la Gran Guerra, y sin embargo la trascendencia de lo que allí ocurrió ha sido tremenda. El interés británico por controlar el Golfo Pérsico y su petróleo hizo que sus agentes y representantes contaran un montón de milongas a árabes y sionistas con tal de lograr el apoyo de ambos para echar de allí a los turcos. Ese fue el origen de la permanente inestabilidad que se ha vivido en la zona desde entonces. No es casualidad que Irak se uniera al Eje en la Segunda Guerra Mundial, ni tampoco que el líder palestino y gran muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, hiciera campaña en favor de los nazis. Tampoco es de extrañar que durante la Guerra Fría el nacionalismo árabe diera lugar al socialismo árabe, ni que este se inclinara hacia el bando soviético. Y finalmente, uno de los objetivos declarados del Estado Islámico es revertir los efectos del Acuerdo Sykes-Picot: el planteamiento tiene su lógica, lo demencial, obviamente, es pretender llevarlo a cabo mediante el terror.


El líder palestino Amin al-Husayni y el iraquí Rashid Ali al-Gaylani en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial.


Ya he contado la historia de Afganistán, y en cuanto a Irán (nombre oficial de Persia desde 1935) fue invadido por soviéticos y británicos en 1941. Tras la Segunda Guerra Mundial la ambición de unos y otros por el petróleo iraní hizo que el país continuara bajo la influencia extranjera, hasta el punto de que el Reino Unido y Estados Unidos orquestaron allí un golpe de Estado en 1953. Esta situación se mantuvo hasta la Revolución Islámica de 1979.

Nada más lejos de mi ánimo que justificar el yihadismo o el terrorismo, pero es absurdo negar que ambos tienen siempre una agenda política. En el caso del islamismo radical, esa agenda se nutre básicamente de lo ocurrido en Oriente Próximo y Afganistán a lo largo del último siglo.

Para acabar, si Lenin y sus bolcheviques fueron la bomba atómica alemana en la Primera Guerra Mundial, su arma secreta y milagrosa, podemos decir también que sin la intervención germana la Revolución de Octubre no habría sido posible y la historia del último siglo habría resultado ser radicalmente distinta. Paradójicamente, la URSS debió su existencia a la ultraconsevadora e imperialista Alemania del káiser. No fue Lenin -un personaje desconocido fuera de los círculos socialistas a comienzos de 1917- quien eligió a los alemanes para que le ayudasen a alzarse con el poder, sino que ocurrió justo al revés: fueron los dirigentes alemanes los que lo escogieron para que hiciera la revolución en Rusia. Alemania no solo llevó a Lenin de vuelta desde el exilio a Rusia, también lo financió y además le dio la base para que pudiera cumplir la promesa de que su revolución traería consigo lo que no había logrado la de Febrero: la paz. Y no sería la última vez en que alemanes y bolcheviques colaborasen. De hecho, aunque en el periodo que va de una guerra mundial a la otra los dirigentes germanos y los soviéticos se encontrasen en las antípodas ideológicas, estuvieron casi todo ese tiempo colaborando. Ya me he referido al Tratado de Rapallo de 1922, en teoría un acuerdo de amistad y cooperación económica entre alemanes y soviéticos, pero que dio paso a una colaboración militar secreta que se prolongó durante una década y que permitió a la Reichswehr entrenarse con armas prohibidas por el Tratado de Versalles junto al Ejército Rojo. Así, Versalles prohibió a Alemania poseer entre otras cosas aviación militar, tanques y armas químicas. Sin embargo, los alemanes tuvieron a su disposición en territorio soviético una base aérea, una escuela de tanques y una escuela de guerra química. A cambio, los soviéticos se beneficiaban de los conocimientos germanos en cuestiones militares.


Fokker D.XII empleados por los alemanes en la base aérea soviética de Lipetsk.



Un Junkers F.13 junto a personal soviético.


La colaboración germano-soviética cesó en 1933 tras la llegada de los nazis al poder (que también la liarían parda, dicho de forma muy apropiada si tenemos en cuenta el color de los uniformes de su partido). Pero solo temporalmente, pues seis años más tarde se reanudó y con más ímpetu que nunca gracias al Pacto Ribbentrop-Molotov, por el que durante casi dos años, entre Hitler y Stalin, se repartieron media Europa.

Pero esa es otra historia.


Más información:

-Caballero Jurado, Carlos, "Von Niedermayer y las Legiones Orientales de la Wehrmacht", Galland Books, 2016.

-Gerwarth, Robert, "Los vencidos: Por qué la Primera Guerra Mundial no concluyó del todo", Galaxia Gutenberg, 2017.

-Haffner, Sebastian, "El pacto con el diablo: Las relaciones ruso-alemanas entre las dos guerras mundiales", Destino, 2007.

-Kinder, Hermann, Higemann, Werner y Hergt, Manfred, "Atlas histórico mundial (II): De la Revolución Francesa a nuestros días", Akal / Istmo, 2006.

-Merridale, Catherine, "El tren de Lenin", Crítica, 2017.

-Strachan, Hew, "La Primera Guerra Mundial", Crítica, 2004.




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