viernes, 20 de mayo de 2016

Sürgün




Déjate guiar por los gritos
de los ancianos, de las mujeres
y de los niños deportados
entre los que viajo...

Escucha sus lamentos en tártaro...

(...)

Los soldados de la NKVD dicen
que nos llevan a Uzbekistán...
pero no creo que podamos
llegar vivos hasta allí...

"Soy mi sueño", de Felipe Hernández Cava y Pablo Auladell


Confieso que el Festival de la Canción de Eurovisión siempre me ha parecido un evento hortera, cutre y aburrido pero, mira por dónde, me he enterado de que en su última edición ha servido para dar a conocer un triste acontecimiento con el que la historia está en deuda.

La canción que ganó el otro día, “1944”, de la cantante ucraniana Jamala, habla de la deportación de los tártaros de Crimea, más conocida como Sürgün.

Sürgün significa “exilio” en tártaro y en turco, y es como se denomina a la deportación en masa de los tártaros de Crimea ocurrida en mayo de 1944, hace ahora 72 años.

Al igual que otras nacionalidades existentes en la Unión Soviética, los tártaros de Crimea tenían su propia lengua, su propia cultura y sus propias costumbres. De origen túrquico, eran y son musulmanes. En los años treinta, sus líderes intelectuales y políticos habían sido purgados por las autoridades soviéticas.

Como ocurrió en otros lugares durante la ocupación alemana (y en especial en la URSS), unos 20.000 tártaros de Crimea colaboraron con los nazis, sobre todo encuadrados en la Legión Tártara de Crimea de la Wehrmacht, formada por batallones policiales auxiliares conocidos como Schutzmannschaft (o Schuma), que pasarían más tarde a integrar el Tataren-Gebirgsjäger-Regiment der SS,  transformado después en la Waffen-Gebirgs-Brigade der SS (tatarische Nr. 1), cuyos integrantes acabarían finalmente en la  Osttürkischen Waffen-Verbänd der SS.


Ahora bien, a la vez, decenas de miles de tártaros sirvieron con lealtad en el Ejército Rojo, ocho de los cuales alcanzaron la distinción de Héroes de la Unión Soviética.



En mayo de 1944, reconquistada Crimea, Stalin autorizó a Beria –jefe del NKVD- a deportar a los 200.000 tártaros que vivían allí. Toda la población tendría que pagar por las acciones de una minoría. La operación se preparó cuidadosamente  para poder arrestar a todo el pueblo tártaro en un solo día. En ella participaron cerca de 30.000 hombres del NKVD.

Al alba del 18 de mayo, los soldados del NKVD irrumpieron en las aldeas tártaras. Nikonor Perevalov, por entonces teniente del NKVD, tomó parte en la operación: «Cuando llamé a la puerta, vi encenderse la luz y oí preguntar. “¿Quién es?”». Él contestó que representaba al Estado soviético y que debían de abrir de inmediato. Una vez dentro, leyó a los habitantes de la casa el decreto por el que dictaba su deportación. «Y claro, todos se pusieron a dar alaridos. Sin embargo, aunque estaban aterrados, no trataron de agredirnos ni se resistieron. Nadie intentó siquiera huir. Nos recibieron con total obediencia». Perevalov se sintió “desgraciado” al contemplar a aquella familia tártara sumida en la desolación: «Sentí lástima al ver, por ejemplo, que sacaban en camilla a una anciana para llevarla al camión (…) Estaba tan débil que no articuló palabra; ni siquiera se movía. Era muy mayor». Evidentemente una viejecita enferma no podía ser una temible colaboradora de los nazis: «Aquella abuela no tenía culpa de nada. La mayoría no tenía culpa de nada, si he de ser sincero».

Kebire Ametova era todavía una niña cuando los tipos del NKVD llegaron para llevársela junto a su familia. Paradójicamente, su padre estaba en el Ejército Rojo luchando contra los alemanes, y ella había sido testigo de cómo su madre había ayudado a los partisanos soviéticos de la zona: «Hacíamos comida para los partisanos que pasaban por allí; yo les daba pasteles. En aquel tiempo no esperábamos la llegada de nadie; así que mi madre los invitaba a sentarse con nosotros a la mesa». Un día, vieron a unos alemanes que pasaban cerca, y la madre de Kebire escondió a los partisanos hasta que los germanos se marcharon. Estos la habrían matado si hubieran descubierto a los guerrilleros. Pero nada de esto importaba al NKVD. Lo único que había que tener en cuenta era que Kebire, su madre, sus tres hermanas y su hermano eran tártaros: «Llegaron dos soldados de mediana edad, nos dijeron que nos iban a expulsar de nuestra casa y nos dieron quince minutos para prepararnos». Su madre «comenzó a correr de un lado a otro llorando» tratando de reunir el mayor número posible de pertenencias. «La casa se vio invadida, claro, por los gritos y otros ruidos. Gritos, ruidos y dolor, y lágrimas amargas (…) Teníamos leche hervida en un trípode colocado en el suelo, y mi madre les pidió que esperasen a que pudiera dársela de beber a los pequeños; pero [uno de los soldados] la derribó con el pie y la derramó toda. Ni siquiera pensaba dejarnos beber leche».

Los hombres del NKVD registraron la casa en busca de oro ya que sabían que, por tradición, los tártaros conservaban las riquezas que poseían en forma de joyas de dicho metal que escondían en algún lugar de la casa o el jardín. Como no lograron dar con ellas, se llevaron la máquina de coser.

La gente fue trasladada a un cementerio musulmán. Dice Kebire: «El ruido y el griterío eran indescriptibles. En la aldea no se oía otra cosa que gritos. La gente perdía a sus hijas, sus hijos, sus esposos (…) La confusión era ensordecedora y aterraba de veras».

Las familias estuvieron encerradas en el cementerio casi todo el día. Los niños querían hacer sus necesidades, pero su fe les prohibía profanar así aquel lugar sagrado. Sin embargo, el NKVD no dejaba salir a nadie, así que se lo tenían que hacer encima: «Los niños no podíamos aguantar más, y nos lo hicimos en las bragas y en todo lo que pudimos encontrar».

Al final del día, los detenidos fueron trasladados en camiones a la estación, donde se les metió en vagones de ganado, llenos de paja, piojos y en los que había “un hedor indescriptible”. No se tuvo cuidado ni siquiera de que las familias fueran deportadas unidas: «Arrojaban las cosas en un vehículo y a las personas en otro. Lo desparramaron todo. Ponían a los niños en un vehículo y a los adultos en otro (…) Así que, cuando nos llevaron a la estación, todos corrían de un lado a otro como locos por encontrar a sus hijos (…) Mi madre no consintió que nosotros nos moviésemos de su lado; nos decía que estuviésemos quietos y ella, mientras, lo hacía todo. Para embarcarnos, nos cogían por el cogote (…) nos lanzaban como a mininos, nos agarraban del cuello, nos daban patadas… Nos trataban con toda la crueldad que les venía en gana: no se compadecieron ni de un solo niño (…) Era aterrador: una pesadilla».



Kebire Ametova no entendía nada: «No sabía qué habíamos hecho. Éramos niños; ¿qué íbamos a saber? Aún hoy en día seguimos sin saber por qué nos estaban castigando (…) nunca me he tenido por culpable. ¿De qué podía tener la culpa ninguno de aquellos ancianos y niños? ¿Qué habíamos hecho que justificara el que nos diesen quince minutos para abandonar nuestros hogares? ».

Hoy arde en deseos de venganza: «Si topase con aquel soldado [el que les hizo abandonar su casa], lo cortaría en pedacitos y lo colgaría (…) Le quitaría las medallas del pecho para metérselas por los ojos, porque hizo lo que no debía: tenía que estar luchando en el campo de batalla, y no desalojando a niños inocentes (…) Lo acuchillaría, y el que tenga la presión sanguínea a 220 no me lo va a impedir».

Musfera Muslimova fue otra de las niñas a las que metieron junto a su familia en un tren el 18 de mayo. Tenía once años: «Muchos decían: “Stalin no debe de saber nada; si lo supiera, esto no estaría pasando”; y durante el viaje comenzaron a correr rumores de que se había enterado y de que no íbamos a tardar en volver a casa (…) Como nos había liberado de los alemanes confiábamos en él».

Era una época en que muchos trenes recorrían Europa, cargados de soldados, de armas o de prisioneros.

Casi todos los tártaros fueron deportados a Uzbekistán. Los trenes tardaron varias semanas en llegar a su destino. Las condiciones de vida en los vagones en que iba encerrada la gente eran tan malas que muchos (sobre todo los más jóvenes y los más ancianos) murieron en el trayecto: se calcula que unos siete mil. Musfera Muslimova recuerda haber visto morir a un niño pequeño. «Para evitar que nos angustiásemos, los que hacían el viaje con  nosotros [dijeron]: “Niños, no miréis para allá” ». El cadáver fue abandonado al lado de la vía en una parada.

Una vez en Uzbekistán, los deportados sufrieron la hostilidad de sus habitantes. Musfera recuerda que «a los uzbekos les dijeron: “Los que van a venir son caníbales: se comen a la gente, y en especial a los niños. ¡No dejéis que vean a vuestros pequeños, porque les chuparán la sangre!”. Y ellos se lo creyeron. Ni ellos ni nosotros, los tártaros, habíamos estudiado mucho».

Nazlajan Asanova tenía catorce años cuando fue deportada: «A los uzbekos no les hacíamos mucha gracia. Decían siempre: “¡Por ahí van los traidores!”. Y en realidad, nosotros no éramos más que gente honrada (…) Resultaba de veras terrible, indescriptible. No existe en el mundo papel suficiente para expresarlo».

Para desgracia de los tártaros, a la antipatía de los uzbekos se unieron las condiciones climáticas del territorio al que habían sido deportados. Fueron trasladados de una de las regiones más fértiles de Europa –célebre por su clima templado y sus vinos- a una tierra seca y árida en la que poca cosa se podía cultivar. En verano, la temperatura podía subir de los cuarenta grados, y en invierno descendía por debajo de los veinte bajo cero.

Los tártaros fueron confinados en “alojamientos especiales” dispuestos por el NKVD. No había alambre de espino porque no hacía falta: la naturaleza del lugar y la constante presencia de guardias impedían que nadie pudiera salir de allí. Los deportados eran obligados a trabajar durante horas interminables en algodoneras de granjas colectivas o en fábricas. Las condiciones y la falta de alimentos y medicinas hicieron que muchos comenzaran a morir. Refat Muslimov tenía doce años en 1944: «Nos obligaban a trabajar diez horas, dedicadas a labores agrícolas nada livianas. Y no tardaron en aparecer las enfermedades. Una de las más temibles era la disentería, que iba asociada a las aguas sucias. También hubo quien murió de malaria. No teníamos medicamentos, ni médicos ni hospitales. La gente empezó a morir sin más. Mi abuelo pereció después de una semana, y la hermana de mi madre, mi tía preferida, sobrevivió una veintena de días antes de morir, un buen día, a causa del clima; por el calor, quiero decir (…) Cuando mi hermano [que tenía quince años] fue incapaz de seguir trabajando, comenzaron a golpearlo. Fuimos a quejarnos al comandante.

-¿Ha visto qué paliza le han dado? –le dijimos, y él respondió:

-No debían haberle pegado sin más: tenían que haberlo matado. ¡Os tendrían que matar a todos!

Mi prima se acercó a un uzbeko y le pidió pan. Él, que estaba casado, la obligó a entrar en su casa y, tras violarla, le dio un pastelillo. Ella no le dio importancia a semejante proceder, porque el hambre hacía que lo viera normal: habría estado dispuesta a hacer cualquier cosa».

La mayor parte de los tártaros deportados estaba constituida por mujeres y niños, que se convirtieron en las principales víctimas: los más pequeños por tener que trabajar, y las madres por tener que cuidar de sus hijos. Al cabo de poco tiempo, Kebire Ametova, su madre, sus tres hermanas y su hermano empezaron a pasar hambre. «Cuando una pasa una semana sin comer, puede tener la cabeza en su sitio, funcionando perfectamente; pero la lengua deja de movérsele».

Su madre vendió todo lo que tenía para poder comprar comida, pero al cabo de unos meses se había quedado sin nada que canjear. En consecuencia, Ziver, la hermana pequeña de Kebire, que sólo tenía dos años y medio cuando la deportaron, empezó a morir de inanición. «Estaba tan hinchada que, de no haber sido por el pelo, no habríamos sido capaces de decir dónde tenía la cara. Lo tenía todo inflado, y el cabello era lo único que permitía determinar cuál era la parte posterior de la cabeza y cuál la anterior». La niña murió con tres años. Su madre lavó el cadáver, lo envolvió en un paño, y toda la familia le ayudó a cavar una tumba en aquella dura tierra.

La madre de Kebire trató de ganar dinero plantando nabos en la granja colectiva, pero el frío le produjo congelación de una pierna, que se le ulceró. Desesperada, dijo a Kebire y su hermano que sólo sobrevivirían si la abandonaban, alcanzaban a pie la aldea más cercana y trataban de dar con alguien que se compadeciera de ellos. La niña solo tenía diez años cuando dejó a su madre para vagabundear. Los dos niños lograron burlar el puesto de vigilancia del NKVD y se internaron en el bosque. Allí toparon con un uzbeko que los llevó a su casa, les dio de comer y les dijo que, si querían subsistir, tendrían que mendigar. «Nos hizo saber lo que teníamos que decir: “Por el amor de Cristo, denos algo que comer: no tenemos padre, y nuestra madre está enferma”, y nos dijo adónde teníamos que ir. Nos dijo que lucháramos por salvarnos, sin sentir timidez: pedir no era robar, y no había pecado alguno en preguntar si alguien podía darnos comida (…) Así que empezamos a deambular mendigando en busca de algo que echarnos a la boca por el amor de Cristo. A veces, hasta mentíamos, diciendo que no teníamos padres, y nos daban comida (…) [Luego] le llevábamos a nuestra madre las patatas que hubiésemos conseguido o cualquier otra cosa que nos hubieran dado».

Cuando pedían limosna, Kebire y su hermano dormían al raso, salvo las veces que encontraban cobijo en alguna casa. «Cuando nos quitaban la ropa para ponerla sobre la estufa y hacer que se secara, estaba tan llena de piojos que [parecía] pesar más que nosotros mismos». Aunque sobrevivió, Kebire no recibió educación alguna y creció analfabeta. Según sus propias palabras, le robaron la infancia.

Al cabo de los años, todavía algunos tártaros continuaban creyendo que Stalin los había expulsado “por error” de Crimea. Dice Refat Muslimov que «pensábamos que al día siguiente nos volverían a meter en aquellos trenes para llevarnos de nuevo a nuestra patria (…) que alguien lo había llevado [al dirigente soviético] a hacer una cosa así o que no se había enterado. No le miento si le digo que había quien tenía preparado el equipaje y decía: “Nos vamos: por lo visto, ya han dado la orden. Stalin ha dado las instrucciones necesarias, y lo único que debemos hacer es esperar al tren” ».

Sin embargo, hoy los tártaros saben de sobra quién fue el principal responsable de aquella atrocidad: Iósif Stalin. Según Muslimov, «era un carnicero que llevó a la muerte a millones y millones de personas. Un carnicero de verdad. Deberían juzgarlo. El mundo se ha olvidado de él, pero por lo que hizo, merece que lo juzguen. ¡Exijo que lo pongan ante un tribunal! Por más que esté muerto, habría que enjuiciarlo, ¡y castigarlo!».

Según el NKVD, dieciocho meses después de su llegada a Uzbekistán había muerto más del 17 por ciento de los tártaros. Según algunas fuentes, las deportaciones acabaron con la vida de casi la mitad del pueblo exiliado. No obstante, aquel crimen no fue el único de tales características. A los millones de campesinos deportados por las autoridades soviéticas durante las colectivizaciones de inicios de los años treinta, se sumaron 30.000 finlandeses de Carelia en 1935. En 1937 172.000 coreanos sufrieron la misma suerte, siendo trasladados a Kazajistán y Uzbekistán. Allí fueron enviados también los Alemanes del Volga (casi un millón de personas) en 1941. Y entre 1939 y 1951 los países bálticos, Polonia oriental y Moldavia padecieron varias deportaciones selectivas (200.000 bálticos, entre 350.000 y 1.500.000 polacos y entre 200.000 y 400.000 moldavos).

Entre finales de 1943 y junio de 1944, los soviéticos se pusieron a deportar gente y fue un no parar: deportaron a seis pueblos enteros –los chechenos, los ingusetios, los tártaros de Crimea, los karacháis, los balkarios y los calmucos-, acusándoles a todos de colaborar con los nazis. Los lugares de destierro eran Siberia, Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán. A ellos se unieron, en la segunda mitad de 1944, los griegos, los búlgaros y los armenios de Crimea, junto a los turcos mesjetas, los kurdos y los hamshenis del Cáucaso. Entre esos dos años, se deportó a un número cercano a los dos millones de personas. Para Stalin, todos habían colaborado con los nazis. Para todos, fue una hecatombe.

De todas estas deportaciones, solo se hicieron públicas en vida de Stalin las de los chechenos y los tártaros. Aunque las deportaciones ocurrieron en 1944, se anunciaron en el periódico Izvestia como si hubieran tenido lugar en junio de 1946. Según lo publicado, ambos pueblos habían sido “reubicados en otras regiones de la URSS” por haberse unido “a las unidades de voluntarios organizadas por los alemanes”.

La inmensa mayor parte de los desterrados no podían ser, ni por asomo, sospechosos de haber colaborado con los alemanes. Alexei Badmaiev era un calmuco que había combatido en Stalingrado en las filas del Ejército Rojo y había sido condecorado por sus acciones de guerra. En enero de 1944 se recobraba de sus heridas en un hospital cuando recibió la orden de presentarse en la estación de ferrocarril. Desde allí, lo enviaron a un campo de trabajo en los Urales, donde vio morir por el hambre y las enfermedades a otros combatientes calmucos. Para Badmaiev, todo aquello era un disparate: «Yo sabía muy bien que en el frente andábamos escasos de soldados, y desterrar a toda aquella gente iba más allá de la estupidez. Además, deportar a una nación entera constituía un crimen. Ya lo es, de sobra, castigar a un inocente; pero sacar de su tierra todo un pueblo y condenarlo a la extinción… En fin, no sé con qué compararlo».

El motivo que llevó a Stalin y Beria a cometer estos crímenes fue un simple deseo de venganza, a la vez que continuar con la estrategia soviética de deportar a minorías étnicas como forma de reprimir posibles actos de disidencia. En el caso de los chechenos y los tártaros, seguramente Stalin quiso librarse de pueblos que habían mostrado en el pasado oposición al dominio ruso y la colectivización. Según dijo Vladimir Semichastni (quien fue jefe del KGB en los años sesenta), «si Stalin se hubiera puesto a tamizar y a descubrir quién era culpable y quién no, quién había luchado en el frente, quién trabajaba en las organizaciones del Partido Comunista y todo eso, habría necesitado veinte años. Pero estábamos en guerra, y si se hubiera puesto a investigar, aún no habríamos acabado. Esa era la forma que tenía él de resolver los problemas (…) Para él, desterrar a un millón de personas no era nada».

Lógicamente, los británicos y los estadounidenses tuvieron noticias de estos crímenes, pero no dijeron nada. Al fin y al cabo, Stalin les estaba ayudando a vencer en una guerra justa contra Hitler. Es más, una de las conferencias más célebres de la Segunda Guerra Mundial, la de Yalta, se celebraría en la misma región de la que se había sacado por la fuerza al pueblo tártaro unos meses antes.

Si el objetivo de la deportación de los tártaros de Crimea fue castigar a los culpables de haber colaborado con los nazis, la operación se saldó un fracaso, pues muchos de los colaboracionistas se retiraron junto a las unidades a las que pertenecían, dejando atrás a un cuantioso número de inocentes. Además, entre los desterrados por el NKVD hubo unos nueve mil tártaros que habían servido en las filas del Ejército Rojo, así como más de setecientos afiliados al Partido Comunista.

El exilio de los tártaros de Crimea se prolongó oficialmente hasta 1989. No pudieron volver a su lugar de origen hasta 1991. Hoy, en un momento de creciente rehabilitación del estalinismo en Rusia, y después de que este país se anexionara Crimea, en el marco de la crisis ucraniana, activistas tártaros luchan por que se considere el Sürgün un genocidio. Así lo hizo el pasado noviembre la Rada Suprema de Ucrania.

Periódicamente se conmemora el aniversario del Desembarco de Normandía, pero no se dice nada de la Operación Bagration, una batalla ocurrida en el frente del Este, también a mediados de 1944, que fue mucho más decisiva e importante en términos cuantitativos que el desembarco de los Aliados occidentales en Francia. Nos seguimos sobrecogiendo con los crímenes nazis, pero apenas se mencionan las deportaciones de millones de personas llevadas a cabo por los soviéticos mientras estos formaban parte del bando de los buenos. Como dice Anne Applebaum, “nadie quiere pensar que derrotamos a un asesino de masas con la ayuda de otro”.

En realidad son solo unos ejemplos de la visión terriblemente sesgada que continuamos teniendo de la Segunda Guerra Mundial.


Nacimiento en un vagón-prisión, por Yevfrosiniya Kersnovskaya (12 años en el Gulag)


En definitiva, la canción ganadora este año en Eurovisión me parece de lo más apropiada, más allá de su valoración artística, en la que no voy a entrar. Jamala nació en Kirguistán, donde su familia de origen tártaro y armenio había sido deportada por Stalin mientras su bisabuelo luchaba en las filas del Ejército Rojo. Tampoco me sorprende que Rusia haya orquestado una campaña de protesta, a la vez que la situación de los tártaros vuelve a ser preocupante.


Más información:
 
-Applebaum, Anne, “Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos”, Debate, 2004.

-Bruneteau, Bernard, “El siglo de los genocidios. Violencias, masacres y procesos genocidas desde Armenia a Ruanda”, Alianza, 2006.

-Courtois, Stéphane et al., “El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión”, Planeta/Espasa, 1998.

-Rees, Laurence, “A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial”, Crítica, 2009.






martes, 10 de mayo de 2016

La responsabilidad (feeling Stalin)




Los bolcheviques no nos conformamos con quitarles todo a los ricos, porque eso no cambiaría nada. Lo que hay que hacer es fusilarlos. A los ricos primero y a los pobres después: fusilarlos a todos.

De la peli "La flaqueza del bolchevique", basada en la novela homónima


Llevar un pequeño negocio -como una pequeña clínica dental- es una aventura que conlleva asumir mucha responsabilidad: la propia y la ajena. Conlleva por tanto -entre otros sinsabores- sufrir a menudo la irresponsabilidad ajena, en relación directamente proporcional a la desconfianza, la paranoia y la misantropía propias. Cuantos más irresponsables se encuentra uno, más tirria le va cogiendo a la gente. Y entonces se empieza a sentir un creciente deseo, no de mandar a la puta mierda a los susodichos, sino de enviarlos a un campo de concentración de por vida. De fusilarlos. De despellejarlos vivos. Aflora de pronto todo un universo de instintos criminales que permanecía oculto en el subconsciente. Las ganas de hacer honor a la fama de inhumanos que tenemos los dentistas.

Uno trata de tranquilizarse pensando en las cosas bonitas de la vida: el amor, la amistad, la música, el cine, los libros, las florecillas en primavera, las setas venenosas... y da gracias de no encontrarse en el lugar de Stalin, porque lo superaría en maldad y sadismo.